"Al despedirme de mi buen amigo el señor Montt, refiere Sarmiento, le decía yo con aquella modestia que me caracteriza: la llave de dos puertas llevo para penetrar en París, la recomendación oficial del gobierno de Chile y el "Facundo"; tengo fe en este libro. Llego, pues, a París y pruebo la segunda llave. ¡Nada! Ni para atrás, ni para adelante; no hace a ningún ojo. La desgracia había querido que se perdiese un envío de algunos ejemplares hecho de Valparaíso. Tenía yo uno, pero ¿cómo deshacerme de él? ¿Cómo darlo a todos los diarios, a todas las revistas a un tiempo? Yo quería decir a cada escritor que encontraba: anch'io! Pero mi libro estaba en mal español y el español es una lengua desconocida en París, donde creen los sabios que sólo se hablaba en tiempo de Lope de Vega o Calderón; después ha degenerado en dialecto inmanejable para las ideas; tengo, pues, que gastar cien francos para que algún orientalista me traduzca alguna parte."

Aquí empieza para Sarmiento la azarosa tribulación del autor novel que con su manuscrito debajo del brazo se presenta a los dispensadores de gloria. Por consejo de un amigo, ve a M. Buloz, el tuerto director de la Revista de Ambos Mundos y de la Opera Cómica, el hombre sobre quien se ejercitaba con más furia la acerba crítica de los escritores franceses, pero cuya perseverancia creó la revista tipo, que durante tan largos años ha mantenido su incontrastable autoridad sobre el mundo civilizado, hasta que muerto el cíclope, y refractaria a la penetración de las nuevas corrientes que debían refrescar y vivificar su sangre, vió crecer a su lado émulos que en otro tiempo habría despreciado y que le toman hoy una buena parte de su sitio al sol.

Nuestro pobre americano, consciente del valor de su trabajo, vuelve todas las semanas a conocer el destino que le espera. ¡Nada! No se ha leído aún: hasta el otro jueves. Sarmiento persiste, porque quiere conocer a los hombres de letras y desea ser introducido por su "Facundo", para que le traten de igual a igual. Por fin, un día, día radiante para él, "las puertas de la redacción se me abren de par en par. ¡Qué transformación! M. Buloz tiene dos ojos esta vez, el uno que mira dulce y respetuosamente, el otro que no mira, pero que pestañea y agasaja, como perrito que menea la cola. Me habla con efusión, me introduce, me presenta a cuatro redactores que esperan para solemnizar la recepción. Soy yo el autor del manuscrito.... (una reverencia).... el americano... (una reverencia), el estadista, el historiador... me saludan, me hacen reverencias. Se habla del libro. Hay un redactor encargado del Compte-rendu de los libros españoles, que quiere ver la obra entera para estudiar el asunto. M. Buloz me suplica que me encargue de la redacción de los artículos sobre la América. La Revista ha faltado a su título de Ambos Mundos, por falta de hombres competentes; podemos arreglarnos. Desgraciadamente, el artículo sobre mi libro no puede aparecer sino en dos meses. Están tomadas las columnas para muchos más; pero se hará una alteración."

Contento con esa recepción y esa esperanza (el artículo de la Revista apareció[23] cuando Sarmiento estaba en Barcelona, donde tanto por cartas de introducción como por el éxito de su trabajo, M. de Lesseps, el futuro hombre de Suez, cónsul de Francia entonces, le recibió muy cordialmente), animado ya, pues, Sarmiento ve a algunas notabilidades de las letras, a Ledru-Rollin, en casa de San Martín, de quien es vecino, a Jules Janín, en su escritorio, saliendo encantado de su trato familiar. Penetra en el salón de madame Tastu, "donde puede entrar la mano muy adentro de las llagas de la Francia". Allí ve a Cormenín, a Tissot, el diarista formidable que tanto contribuyó a dar en tierra con los Borbones. Por fin, sus estudios sobre educación primaria le ponen en contacto con sabios y hombres profesionales.

Sarmiento, que viene de un mundo semibárbaro aún, donde los restos de aquella civilidad estrecha y acompasada de la colonia se han refugiado en un núcleo social bien restringido, mientras la masa del pueblo, sumida en la anarquía, parece retrogradar al salvajismo, queda encantado ante la cultura de ese pueblo francés, que lleva de frente los más arduos trabajos de la inteligencia, las más delicadas creaciones del arte, sin decaer un punto de su virilidad ni en la energía con que defiende su patrimonio histórico...

Los bailes públicos de París, mucho más en voga entonces que medio siglo más tarde, pues la democracia ha penetrado hasta ellos y hoy se confunden allí no sólo todas las clases sociales, sino también todos los gremios, entretenían a Sarmiento lo que no es decible. Se asoma a ellos, dice, de vez en cuando, "para curarme del mal de la patria, que me incomoda. No tengo ni gusto ni dinero para engolfarme en las costosas frivolidades cuyo goce envidio a otros. ¡Ah! si tuviera cuarenta mil pesos nada más, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en mis recuerdos para la vejez! Pero soy sage y me contento con mirar, en lugar de pilquinear, como hacen otros".

¿Cómo es eso? ¿No pilquineamos porque no nos gusta o porque no tenemos cuarenta mil pesos? Tengo para mí que la segunda razón ha de haber influído más que la primera en la sagesse de Sarmiento, a estar a la complacencia con que describe el baile del Ranelagh, donde ha visto a Balzac, Jorge Sand y otras notabilidades literarias; el Chateau-Rouge, como iluminación, le fascina; Mabille, que ostenta las bailarinas más afamadas, la Chaumière, el edén del barrio latino, y a estar también al estilo inflamado con que describe las proezas coreográficas de la Rigolette, precursora ancestral de Grille d'Egout y la Goulue.

El Hipódromo le inspira una brillante descripción. En fin, va a todas partes, mira, observa, se mueve y va haciendo piel nueva dentro de esta atmósfera, sin acción para aquellos que han nacido refractarios a todo progreso interno, pero incomparable para acelerar el desenvolvimiento de todo germen de luz que brille vacilante en el fondo de una conciencia humana.

Sarmiento se pone en camino para España y en las duras e implacables páginas que consagra a la madre patria, y cuyo estudio sale de ese cuadro, parece dar la pauta a Buckle para su inexorable juicio. La Italia le atrae en seguida "para educarme y poder hablar de bellas artes." Promete volver a París después de estas correrías, pero sus cartas de viaje no mencionan una nueva permanencia en la capital francesa. Del otro lado del mar le esperan los Estados Unidos, cuya admirable naturaleza describe con la misma pluma que trazó en el Facundo el cuadro inmortal de nuestra tierra. En aquel mundo nuevo desaparece el viejo espíritu curioso; cuando Sarmiento abandone la patria de Washington, será el hombre de Estado llamado a tan altos destinos...

Bajo la impresión de mi respeto profundo por la memoria de ese hombre extraordinario y del afecto que siempre me inspiró, he querido recorrer de nuevo los sitios que él visitó en París. En el andar vertiginoso de nuestro siglo, cincuenta años son un espacio enorme. Todo ha cambiado en la faz del mundo, incluso la patria que Sarmiento amó con toda su alma y a la que consagró, con admirable esfuerzo de cerebro y corazón, su larga y soberbia vida...