París, Octubre, 1896.

[ [23] He tenido la curiosidad de leer el artículo que la "Revista de Ambos Mundos" dedicó al "Facundo". Está en el número del 15 de Noviembre de 1846, bajo el título "De l'Americanisme et des républiques du Sud—La société argentine. Quiroga et Rosas". Luego el título completo del libro de Sarmiento y el de un folleto, "Cuestiones americanas", del mismo. Es un buen trabajo de M. Charles de Mazade, un análisis completo de "Civilización y barbarie". Se ve que el crítico ha aprendido el asunto en el libro que analiza y que ha leído con conciencia. Las "Cuestiones americanas" le han ayudado mucho para darse cuenta del estado de los países del Plata, que a la verdad no debía ser muy fácil de entender para un francés de 1846. Hablando de Montevideo, dice M. de Mazade: "se ha comparado Montevideo a Coblentz; Coblentz si se quiere, pero es allí que se refugió la inteligencia argentina". Sobre el libro, escribe: "obra nueva y llena de atractivo, instructiva como la historia, interesante como una novela, brillante de imágenes y de color".

"El libro del Sr. Sarmiento, agrega, es una de las obras excepcionales de la nueva América, en el que brilla alguna originalidad; es un estudio hecho sobre lo vivo, enérgico, profundo, de todos los fenómenos de la sociedad americana y particularmente de la sociedad argentina. El esplendor del estilo está a la altura del vigor del pensamiento".

"El "americanismo", dice más adelante, representa la holgazanería, la indisciplina, la pereza, la puerilidad salvaje, todas las inclinaciones estacionarias, todas las pasiones hostiles a la civilización; la ignorancia, la degeneración física de las razas, así como su corrupción moral..... Obligando a las potencias europeas a emplear las armas contra él, el americanismo ha puesto en claro un hecho que resume las relaciones de ambos mundos: es que la Europa se verá fatalmente empujada a hacer la conquista material de la América, si no hace pacíficamente su conquista moral".

El segundo término del vaticinio se va cumpliendo, pero ¡cuán lentamente!

[Nuevos rumbos humanos]

I

También yo, como la mayor parte de los que estas líneas lean, he atravesado la edad soberana por excelencia, aquella en la que se profesan ideas claras, netas y precisas sobre todas las cuestiones capitales de la vida humana, en la que poco se duda, todo se afirma, y en la que la voz de la experiencia suena como nota falsa en los oídos habituados a la rotundidad sonora de las afirmaciones absolutas. Es un fenómeno que ocurre allá por los veinte años y que dura más o menos tiempo, según la previa posición individual para resistir, dentro del ideal, a los rudos y repetidos golpes de la vida positiva. Entre esas convicciones profundas, tan numerosas como los deliciosos fenómenos de la naturaleza al venir la primavera, abrigaba una que, en materia de sociología política, formaba un credo definitivo y sobre el que nunca pensé, no diré cambiar de criterio, pero ni aún dudar. No concebía, no podía concebir otra forma legítima de gobierno, para las sociedades humanas, que el gobierno republicano y representativo. A lo sumo, allá en mis cavilosidades filosóficas sobre la materia, admitía que se pudiera disentir sobre las ventajas de la federación, y encontraba puesto en razón que hubiera gentes que sostuvieran la superioridad del régimen unitario. Pero, admitir la legitimidad, menos aún, la conveniencia, en nombre de intereses más o menos graves, de la institución monárquica, me parecía tan absurdo entonces como no profesar el libre cambio o sostener la necesidad de reglamentar la libertad de la prensa. Todo argumento adverso a mi absolutismo democrático, se estrellaba contra la idea de la dignidad humana, en tal forma arraigada en mi conciencia, que no encontraba modus vivendi honorable entre ella y el privilegio antinatural de una familia sobre el resto del pueblo. Más tarde, procuraba explicarme esa preocupación, de la que participan todos los argentinos que viven exclusivamente dentro de la conciencia nacional, recordando los antecedentes políticos peculiares de nuestro país: aquel monarca español, viviendo eternamente en el limbo para nosotros; sus representantes aquí, insignificantes cuando no ridículos, nulos en los momentos de acción histórica; nuestra lenta y democrática formación colonial, y, por fin, la forma republicana de gobierno, surgiendo impetuosa en el suelo argentino, imponiéndose a los patriotas inconscientes de su fuerza irresistible, y arrastrando como hojarasca todas las combinaciones de la política y los cálculos de la diplomacia. Así procuraba explicarme, repito, ese sentimiento de repulsión que continuaba dominándome; y fué armado de esa inflexibilidad moral, de ese convencimiento recio e inabordable, que eché a rodar mi cuerpo y mi espíritu por esos mundos de Dios, movido por un impulso que creí durara un año y que me mantuvo casi tres, lustros lejos de mi patria. Fué durante ese tiempo y bajo la acción de los medios en que vivía, que mis ideas sobre el gobierno de los hombres, empezaron a recibir los primeros choques, a perder su austeridad, por decirlo así, y a moverse de tal suerte, que aun hoy las siento crujir, presintiendo vagamente que he de llegar al término de mi jornada sin encontrar los medios de resolver el conflicto.

Ocúrreseme, pues, exponer sinceramente las fases de esa crisis, augurando a mis jóvenes lectores argentinos que, cual más, cual menos, pasarán todos por la misma, por poco que la proyección de su pensamiento alcance a la región de las ideas generales.

II