Hace ya más de medio siglo que Tocqueville reveló a la Europa el curioso fenómeno de la democracia natural, que había encontrado en los Estados Unidos; y digo natural, porque a mis ojos el mérito extraordinario de ese pensador, hoy un tanto olvidado y a cuyas obras sólo falta la mortaja del pergamino, fué ver en la democracia americana un hecho social y no un hecho legal. Vió que ese organismo político había surgido del seno de ese pueblo, por causas tan lógicas como las que determinan el clima de una región, y auguró a la Europa, para época no lejana, el advenimiento de la democracia triunfante, así que las condiciones sociales que en ella predominaban, se fueran acercando, bajo la acción de los progresos, de la ciencia y de la educación popular, al estado en que se hallaba la sociedad norteamericana. Tocqueville fué más lejos aún, y en un capítulo admirable dió la voz de alerta contra los peligros que ese triunfo definitivo podría traer para el progreso humano. Como acción general, la palabra de Tocqueville cayó en el vacío; los Estados Unidos eran para la Europa una nebulosa, interesante, sin duda, pero extraña a su sistema; algo así como los canales de Venecia, que se admiran sin que por eso se le ocurra a nadie cavar y llenar de agua las calles de París o Viena.

Tocqueville estudiaba la marcha de la marea desde los orígenes de la historia moderna, y al determinar la ley de ascensión del número sobre las clases, en los organismos sociales, predecía, tal vez para una época más remota que la actual, el ascendiente irresistible de las masas. Más tarde, otro espíritu superior, tan noble y puro como el de Tocqueville, pero quizá más apasionado y menos sereno, Stuart Mill, llegaba, por el estudio del desenvolvimiento humano, al que había aplicado las reglas de una lógica por él dotada de nueva vida y vigor, a ese socialismo vago, indeterminado y temeroso, en el que caen los espíritus sinceros que en la tensión especulativa, pierden el contacto moderador de la tierra. Stuart Mill no cayó bajo aquella desesperanza triste y profunda que invadió el alma de Tocqueville, el día del golpe de Estado del 2 de Diciembre; pero la sorda irritación de su espíritu, ante la lentitud de las reformas que reclamaba como indispensables para la sociedad política de Inglaterra, le minaba sordamente. Era inglés y conocía a su patria; sabía que si ésta se había salvado de los horrores del 93, si no debía temerlos para lo futuro, como los temía Heine para la Alemania, era precisamente por ese andar pausado de la historia inglesa, ese respeto profundo a lo pasado, ese fetiquismo de lo existente, que sólo se rinde a la innovación cuando ésta ha penetrado ya en las costumbres. Nacía, la prisa de Mill, de que sentía rugir sordamente la ola; comprendía que nada ni nadie podría resistirla y juzgaba que, de no allanarle el camino, arrasaría todo.

Y bien, el hecho se ha producido, antes de la época predicha, y hoy nos encontramos con la democracia triunfante en las ideas, en las costumbres y en las leyes. Veamos si la sociedad humana se va acercando al ideal, al objetivo lógico de todo organismo, colectivo o individual, esto es, a su bienestar y su perfeccionamiento.

III

Es indudable que las condiciones de la vida humana en el presente son infinitamente superiores a las del pasado. Por un fenómeno curioso, a medida que el sentimiento religioso se ha ido debilitando en la conciencia de los hombres, aquella piedad que él proclamaba como elemento de salvación y regla normal de la existencia, ha venido desarrollándose, ya sea por las exigencias de la defensa social, ya porque la cultura del espíritu determine un sentimiento de solidaridad, desconocido para aquellos que vivieron petrificados en la legitimidad de la división por castas. En todos los pueblos civilizados la caridad se ha organizado y a más de los donativos espontáneos, una buena parte de la renta pública está destinada a la manutención y abrigo de los desheredados. Hace cien años cada cama de hospital era, más que lecho, tumba de tres o más enfermos. Las gentes del campo esperaban como una bendición el retorno de la primavera, para alimentarse de las yerbas, a la par de los animales que custodiaban. Las leyes penales, de una crueldad inexcusable, castigaban los delitos del proletario con más rigor que los crímenes del grande. Las jurisdicciones especiales eran la regla, y la justicia era un mito que la imaginación popular, sumida en la desesperanza, colocaba en el pasado. Hoy, es tal la condición material del obrero, del agricultor, del vago mismo, que habría sido un sueño ahora un siglo. Aquel obrero que en su furia instintiva arrojó al Ródano la máquina de tejer inventada por Jacquard, sin comprender que no hay ahorro de fuerza que no aproveche a la humanidad entera, fué el último representante de su tiempo. Con su grito de cólera se hundió para siempre la esclavitud del hombre y surgió el imperio de la ciencia sobre la naturaleza. La Revolución francesa, con sus declaraciones, sus derechos políticos, sus sacudimientos, sus grandezas y sus horrores, habría sido estéril para la humanidad, como lo fueron las de 1640 y 1688 de Inglaterra, si no hubiera precedido por pocos años aquel esfuerzo de la inteligencia humana que, con la física, la química y la mecánica, iba a transformar la faz del universo.

No es, pues, a las instituciones políticas que corresponde el honor del mejoramiento incontestable en las condiciones de la vida humana. La rapidez en el transporte de los cuerpos, en la transmisión de las ideas y de la palabra, no es mayor en Suiza que en Rusia; los descubrimientos de Claudio Bernard, de Chevreul y de Pasteur son la base de la industria así en Austria como en Bélgica. Bajo el punto de vista del bienestar humano, pues, ¿qué diferencia esencial hay entre los pueblos que gozan de instituciones democráticas y aquellos que se mantienen aún bajo el régimen monárquico? Confieso que no la veo; diferencia la hay, indudablemente, pero responde a causas completamente ajenas a este orden de ideas. Sería tan absurdo atribuir la potencia industrial de la Francia a su sistema actual de gobierno, como responsabilizar a la reyecía portuguesa de la decadencia de ese pueblo.

Por lo demás, la fuerza del sentimiento democrático no radica en su incorporación a las leyes positivas, sino en su mayor o menor difusión en un pueblo y en su imperio en las costumbres. Si se da a la democracia su sentido general, que es algo más que el gobierno de todos para todos, que es la igualdad de derechos, la conciencia de la dignidad individual, sería absurdo suponer que un ciudadano argentino o francés, es más demócrata que un inglés. El hecho de ser nosotros o los franceses gobernados por un presidente electo, y los ingleses por un monarca hereditario, es tan insignificante para el desenvolvimiento de la sociabilidad humana como las tempestades de la atmósfera terrestre para la marcha del astro en el espacio. La monarquía hizo la Francia, la aristocracia hizo la Inglaterra, la oligarquía ha hecho a Chile, la democracia ha creado los Estados Unidos; he ahí hechos históricos incontestables. Pero ¿quién puede negar que la monarquía mató a la España, la aristocracia a la Polonia, la oligarquía a Venecia y la democracia a la vieja Italia? La historia se ríe ante la virtud mirífica de las instituciones; imitarlas, adaptarlas, todo es inútil. Se puede retardar el desarrollo de un pueblo con tanta fuerza, dándole una constitución liberal, como sujetándolo a un régimen absolutista. Las causas del progreso son más hondas y complicadas; las palabras, por más solemnemente que se escriban, no cambian ni modifican los hechos. España tiene hoy el juicio por jurados, el matrimonio civil, el sufragio universal, códigos civil y penal que son modelos del género; todas las conquistas de la democracia, en fin, incorporadas a la legislación positiva. En Inglaterra, el sufragio es restringido; la legislación política, civil y criminal es un caos, en el que los mismos jurisconsultos se pierden. Sin embargo, medid el camino andado por los dos pueblos!

IV

Entonces, si el régimen de gobierno es un factor despreciable en el problema de la felicidad humana, ¿por qué esas luchas incesantes de los pueblos, esos esfuerzos constantes por conquistar la libertad bajo todas sus formas? ¿Es un error general de la especie, y después de tantos siglos vamos a tener que constatar que toda esa enorme fuerza ha sido inútilmente gastada? No; lo único que el hombre comprueba es su absoluta incapacidad para explicar las causas últimas; el día en que se me revele la razón del organismo social de las hormigas, me será permitido creer que la ciencia positiva llegará en algún momento a explicar la historia humana. Uno de los espíritus más luminosos que han surgido en la humanidad, nos acaba de dejar su testamento filosófico. Renan piensa que Dios está en formación; que todo este gigante esfuerzo de lo creado, desde el átomo que existe dentro de la piedra hasta la iniciativa genial del hombre, desde el movimiento solemne de los mundos desconocidos, hasta el crecimiento misterioso de la yerba de los campos, todos estos fenómenos múltiples del Universo, son notas aisladas que un día llegarán a formar la armonía colosal e inconcebible a la que da el nombre de Dios. Voltaire había propuesto ya inventarlo; tanto vale lo uno como lo otro.