Dejemos, dejemos de lado ese problema de las causas finales, arrojado a la curiosidad del espíritu como un freno contra su infatuación. Pensemos, sí, con reposo, que todo va a alguna parte, constatemos el movimiento sin pretender averiguar el objetivo y volvamos modestamente los ojos a la tierra.
V
Y, pues que de movimiento hablamos, si no es para la conquista de regímenes de gobierno determinados, ¿qué causas y qué fin tiene ese sacudimiento pavoroso, extendido hoy por todo el mundo civilizado, esa protesta violenta contra el orden existente, que empieza a cubrir de sombras el porvenir?
La revolución social está en todas partes. A los sueños de los enciclopedistas, a las pastorales del abate de Pradt, a los organismos teatrales de Saint-Simon y a los sofismas elocuentes de Proudhon, ha sucedido un período de acción que, echando a un lado las especulaciones, entra resueltamente al combate y ataca de frente al enemigo que la experiencia ha demostrado ser el único, si bien terrible en la defensa y poderoso. Ese enemigo es precisamente la base, la piedra angular de nuestro organismo social, es la idea madre sobre la que hemos levantado este palacio maravilloso de las convenciones humanas: idea tan fuerte y extraordinaria que, a partir del momento en que el hombre cesó de ser una fiera salvaje, ha impuesto a los millones de individuos de la especie que no tienen pan, el respeto por las vituallas de los que se hartan; y que, extendiéndose con la ayuda de las convenciones morales, ha permitido que las mujeres hermosas sólo tengan, algunas veces, un solo dueño. Esa idea es la de la propiedad, y es contra ella que se ejercita el empuje del movimiento de reacción que se observa en el mundo actual. Revelaría un candor y una inocencia incomparables, aquel que creyera que van en busca de reformas políticas los nihilistas rusos, los anarquistas franceses, los socialistas alemanes, los fasci italianos, los huelguistas de Inglaterra y Norte América, los cantonales españoles, todos los descontentos que, bajo las mil denominaciones que las circunstancias locales les imponen, trabajan con una unidad de acción quizá inconsciente, como instrumentos fatales, a la destrucción de lo existente. ¿Pensáis que ese esfuerzo patente, profundo, como que arranca de las entrañas mismas de la masa humana, va tras el ideal del régimen representativo, el cual empieza a tomar los contornos de una superstición vetusta, o tras el sufragio universal, más ilógico y absurdo, como criterio de gobierno, que el viejo derecho divino que suplantó por una aberración de que el mundo moderno empieza a darse cuenta? No: si el nihilista ruso busca la muerte del zar, es porque la autócrata representa la propiedad y es la encarnación del orden social establecido. El anarquista francés se ríe de la democracia imperante, de la libertad electoral o de las garantías individuales de que goza, como el inglés, el italiano o el español.
Es tal el progreso del espíritu humano en este siglo y tan enorme la suma de datos reunidos y clasificados, tanto en el orden científico como en el orden moral, que el razonamiento general que autoriza la previsión, empieza a ejercitarse sobre materias que se confundían, hace cien años, con los misterios impenetrables de las causas finales. Un geólogo os dirá hoy cuánto tiempo durará la provisión terrestre de hulla; un demógrafo la población probable de una ciudad dentro de un siglo; un filósofo la época, quizá próxima, en la que se extinguirán para siempre esas luces vagas y vacilantes de los últimos dogmas sagrados, que fueron el sustento del alma de nuestros mayores. Hace cincuenta años se predecía el triunfo de la democracia para el fin de esta centuria, y ya, para decenas de millones de hombres, las instituciones democráticas parecen vetustas y anticuadas. Puede, pues, preverse, no ya el triunfo de las nuevas ideas, sino la ruina de las actuales. Porque el rasgo esencial de toda revolución general y profunda en la historia, es precisamente su carácter destructor y su incapacidad absoluta para definir y precisar el ideal nuevo que encarna. Atila marchaba ciegamente sobre el mundo romano, como la piedra de una honda lanzada por una mano providencial. La Europa se echaba sobre el Asia en las Cruzadas, realizadas con un pretexto pueril, y cuatro siglos más tarde sobre la América, entre sueños de oro y de proselitismo. ¿Pensaba Alarico, pensaban Godofredo o Ricardo, Pizarro o Cortés, en lo que iban a levantar sobre las ruinas de lo que destruían? Directores de hombres o movimientos colectivos inconscientes, todos son instrumentos fatales, que aparecen en el momento necesario, bajo la acción de leyes desconocidas, pero reales.
VI
Ante ese problema pavoroso de una transformación social, profunda e inminente, el espíritu no puede ya apasionarse por las fútiles combinaciones de la política ni por las excelencias de un sistema de gobierno sobre otro. ¿Qué significado pueden tener esas palabras mismas: qué puede entenderse por gobierno, libertad, orden, familia, derecho, patria, el día que desaparezca el suelo que les da vida: esa idea de la propiedad que sustenta y sostiene todo nuestro mecanismo social? Ese desapasionamiento, esa serena contemplación de las corrientes generales que arrastran a la especie humana en busca de nuevos ideales, es altamente saludable. Enseña a creer y esperar, enseña a restringir el horizonte del esfuerzo intelectual y moral, a mejorarnos para ser más útiles en la tarea transitoria que nos ha sido departida. Al correr de los tiempos, cuando los últimos baluartes de la sociedad actual hayan cedido; dentro de dos o tres mil años, cuando se hable de la propiedad como nosotros hablamos del feudalismo, que no hace aún quinientos años fué una institución salvadora, tan fuerte que parecía perdurable, ¿qué nuevos organismos imperarán sobre los escombros de lo que hoy existe? La insolubilidad del problema no debe inquietarnos, firmes en nuestra fe inalterable en el destino de la especie, el cual es ir siempre adelante, al mejoramiento y a la perfección. Si a la milésima generación de nuestros descendientes se le acaba el carbón, ya encontrarán cómo mover sus máquinas y defenderse contra el frío; aun queda bastante grasa sobre la tierra y no la usamos ya para alumbrarnos[24]. Aun esconden los cerros en sus entrañas bastante oro y ya lo hemos reemplazado con tiras de papel, más o menos oscilantes en su significación, pero que, por el momento, constituyen pura y simplemente la base de nuestra organización. Si los hombres del siglo 50 estudian nuestros códigos civiles, como nosotros estudiamos la legislación de los vedas, que fué tan positiva en su época como nuestra reglamentación edilicia actual, opongamos de antemano, a la sonrisa de conmiseración que nos dedicarán, el asombro con que constatarán el atraso de ellos mismos, sus propios descendientes, allá por el siglo 150 o 200.
Si somos razonables, si admitimos que ese movimiento de reacción general obedece a leyes desconocidas, pero ineludibles, es lógico que nuestros adversarios, los obreros ciegos del porvenir, reconozcan a su vez la existencia de leyes en virtud de las cuales nos oponemos a su tendencia. Ellos sostienen que la propiedad es un anacronismo y una injusticia monstruosa: nosotros pensamos que sin ella no se habría organizado en sociedad la raza humana, y que andaríamos aún, como en la edad primitiva, a dentelladas y trancazo limpio. Ellos nos suprimen por la dinamita, nosotros los suprimimos por la ley. Debe ser necesario, para los objetivos finales, ese carácter un tanto agrio de la controversia. Si las instituciones sociales pudieran modificarse tan fácilmente como las políticas, bastaría con dos o tres jornadas gloriosas, como las de julio, para que un Ravachol durmiera en el Eliseo o en Windsor. Por el momento, no teniendo el honor de vivir en el siglo 50 y juzgando que ese incidente no sería favorable a la felicidad de los hombres, nos oponemos a él con todas nuestras fuerzas y nos defendemos con todas nuestras armas.