¿Preponderará con el tiempo algún espíritu especial de raza entre nosotros? ¿Los grandes e irresistibles medios de asimilación que posee el suelo americano, y en él el nuestro principalmente, concluirán por hacer del pueblo que habita la vasta región argentina, una sociedad homogénea, con caracteres étnicos propios? Todo parece indicarlo así; pero no está tampoco ahí el problema del porvenir.
No se puede hacer que los ríos remonten su corriente, y la vieja farmacopea es inútil ante la patología actual. Reformar nuestra constitución, en el sentido de hacer desaparecer sus aberraciones y arcaísmos, es como quitar la mancha de una mosca en el disco de un telescopio para ver más cercanos los astros. Agregarle, en forma preceptiva, las tres o cuatro aspiraciones socialistas formuladas en primer término, sería inhábil y peligroso: la concesión de una parte nunca satisfizo a los que piden el todo. Además, volvemos a lo mismo: la ineficacia de la ley escrita, buena o mala. Los ingleses, contentos y cómodos dentro de su caos institucional, comparaban a la constitución norteamericana con un aro de acero puesto a un tronco joven, y auguraban que impediría el crecimiento de éste. Los americanos contestaban que el aro se haría flexible y se ensancharía armoniosamente con el árbol. No, no es eso; el árbol crece porque sus raíces están en tierra fecunda, y el fenómeno del desenvolvimiento de ese pueblo responde a causas ajenas a la influencia de su constitución política.
No, no reformemos nuestra carta. Con ella vamos un poco a tropezones, pero vamos. Habría tanta justicia en atribuirle nuestras miserias, como nuestros éxitos. Los que sueñan con el régimen parlamentario como panacea, o los que desearían ver sancionado por la ley política el unitarismo imperante de hecho, me hacen el efecto de los que procuran resolver el problema de la aviación con cuerpos más ligeros que el aire, cuando la experiencia nos enseña que las aves pesan más que aquél.
¿Y el remedio, entonces? se nos dirá a los que arriesgamos pasar por pesimistas, al presentar sinceramente un cuadro de observaciones hechas serena y desapasionadamente. No vislumbramos sino uno: la cultura moral del individuo, que determinará la cultura y la inteligencia de la masa. El átomo caracteriza al cuerpo, y si el átomo es susceptible de perfeccionamiento, ahí está el remedio supremo. La esperanza y el honor de la raza humana, está en la noción innata del deber; ese es el átomo que hay que cultivar y perfeccionar. Su desenvolvimiento sano y vigoroso dará vida a las virtudes necesarias para la armonía y el progreso social.
Es vulgar y nimio, pero el hombre no ha inventado otra cosa. Tengamos siempre limpio el corazón, cultivemos siempre la inteligencia: al resplandor de esas luces, es difícil errar el buen camino. Nunca alcanzaremos la conciencia de marchar en él, pero es el único remedio de tener la de intentarlo.
[Ocaso]
París, Enero de 1902.
La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad, incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única, ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que, de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos fuera de su casa y de su patria—y que otrora no tenían más norte que París,—se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la impresión de decadencia.
Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.