LORENZA.
Y aun con esos y otros semejantes villancicos ó refranes me engañaron á mí: que malditos sean sus dineros, fuera de las cruces, malditas sus joyas, malditas sus galas, y maldito todo cuanto me da y promete. ¿De qué me sirve á mí todo aquesto, si en mitad de la riqueza estoy pobre, y en medio de la abundancia con hambre?
CRISTINA.
En verdad, señora tia, que tienes razon: que mas quisiera yo andar con un trapo atrás y otro adelante, y tener un marido mozo, que verme casada y enlodada con ese viejo podrido, que tomaste por esposo.
LORENZA.
¿Yo le tomé, sobrina? Á la fe diómele quien pudo; y yo, como muchacha, fui mas presta al obedecer, que al contradecir; pero si yo tuviera tanta esperiencia de estas cosas, antes me tarazara la lengua con los dientes, que pronunciar aquel sí, que se pronuncia con dos letras, y da que llorar dos mil años: pero yo imagino que no fue otra cosa, sino que habia de ser esta; y que las que han de suceder forzosamente, no hay prevencion ni diligencia humana que las prevenga.
CRISTINA.
Jesus, y del mal viejo: toda la noche daca el orinal, toma el orinal: levántate, Cristinica, y caliéntame unos paños, que me muero de la hijada: dame aquellos juncos, que me fatiga la piedra: con mas ungüentos y medicinas en el aposento, que si fuera una botica: y yo, que apenas sé vestirme, tengo de servirle de enfermera: pux, pux, pux, viejo clueco, tan potroso como zeloso, y el mas zeloso del mundo.
LORENZA.
Dice la verdad mi sobrina.