¿Pues no? ya los tengo avisados; y ellos están tan en ello, que esta tarde enviaron con la lavandera nuestra secretaria, como que eran paños, una canasta de colar, llena de mil regalos, y de cosas de comer, que no parece sino uno de los serones que da el rey el jueves santo á sus pobres, sino que la canasta es de pascua; porque hay en ella empanadas, fiambreras, manjar blanco, y dos capones, que aun no están acabados de pelar, y todo género de fruta de la que hay ahora; y sobre todo, una bota de hasta una arroba de vino, de lo de una oreja[52], que huele que trasciende.
LEONARDA.
Es muy cumplido y lo fue siempre mi Reponce, sacristan de las telas de mis entrañas.
CRISTINA.
¿Pues qué le falta á mi maese Nicolás? Barbero de mis hígados, y navaja de mis pesadumbres, que asi me las rapa y quita cuando le veo, como si nunca las hubiera tenido.
LEONARDA.
¿Pusiste la canasta en cobro?
CRISTINA.
En la cocina la tengo, cubierta con un cernadero, por el disimulo.
Llama á la puerta el estudiante carraolano, y en llamando, sin esperar que le correspondan, entra.