(Éntrase Cristina.)

BRÍGIDA.

Señor don Solórzano, ¿no tendrá usted por ahí algun mondadientes para mí? que en verdad no soy para desechar, y que tengo yo tan buenas entradas y salidas en mi casa, como la señora doña Cristina: que á no temer que nos oyera alguna, le dijera yo al señor Solórzano mas de cuatro tachas suyas: que sepa que tiene los pechos como dos alforjas vacías y que no le huele muy bien el aliento, porque se afeita mucho; y con todo eso la buscan, solicitan y quieren: que estoy por arañarme esta cara, mas de rabia, que de envidia, porque no hay quien me dé la mano, entre tantos que me dan del pie: en fin, la ventura de las feas.

SOLÓRZANO.

No se desespere usted, que si yo vivo, otro gallo cantará en su gallinero.

Vuelve á entrar Cristina.

CRISTINA.

Hé aquí, señor don Esteban, los diez escudos, y la cena se aderezará esta noche como para un príncipe.

SOLÓRZANO.

Pues nuestro burro está á la puerta de la calle, quiero ir por él: usted me le acaricie aunque sea como quien toma una píldora.