Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitan de una escuadra de navíos, llevó á Lóndres una niña de edad de siete años, poco mas ó ménos, y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Essex, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela á sus padres, que ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que pues se contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen ellos tan desdichados, que ya que quedaban pobres quedasen sin su hija, que era la lumbre de sus ojos, y la mas hermosa criatura que habia en toda la ciudad.
Mandó el conde echar bando por toda su armada, que so pena de la vida volviese la niña, cualquiera que la tuviese; mas ningunas penas ni temores fueron bastantes á que Clotaldo la obedeciese, que la tenia escondida en su nave, aficionado, aunque cristianamente, á la incomparable hermosura de Isabela, que así se llamaba la niña. Finalmente, sus padres se quedaron sin ella, tristes y desconsolados, y Clotaldo alegre sobre modo llegó á Lóndres, y entregó por riquísimo despojo á su mujer á la hermosa niña.
Quiso la buena suerte que todos los de la casa de Clotaldo eran católicos secretos, aunque en lo público mostraban seguir la opinion de su reina. Tenia Clotaldo un hijo llamado Ricaredo, de edad de doce años, enseñado de sus padres á amar y temer á Dios, y á estar muy entero en las verdades de la fe católica. Catalina, la mujer de Clotaldo, noble, cristiana y prudente señora, tomó tanto amor á Isabela, que como si fuera su hija la criaba, regalaba é industriaba; y la niña era de tan buen natural, que con facilidad aprendia todo cuanto le enseñaban: con el tiempo y con los regalos fué olvidando los que sus padres verdaderos le habian hecho; pero no tanto que dejase de acordarse y de suspirar por ellos muchas veces; y aunque iba aprendiendo la lengua inglesa, no perdia la española, porque Clotaldo tenia cuidado de traerle á casa secretamente españoles que hablasen con ella; desta manera, sin olvidar la suya, como está dicho, hablaba la lengua inglesa como si hubiera nacido en Lóndres.
Despues de haberle enseñado todas las cosas de labor, que puede y debe saber una doncella bien nacida, la enseñaron á leer y escribir mas que medianamente; pero en lo que tuvo estremo fué en tañer todos los instrumentos que á una mujer son lícitos, y esto con toda perfeccion de música, acompañándola con una voz que le dió el cielo tan estremada, que encantaba cuando cantaba.
Todas estas gracias, adquiridas y puestas sobre la natural suya, poco á poco fueron encendiendo el pecho de Ricaredo, á quien ella como á hijo de su señor queria y servia: al principio le salteó amor con un modo de agradarse y complacerse de ver la singular belleza de Isabela, y de considerar sus infinitas virtudes y gracias, amándola como si fuera su hermana, sin que sus deseos saliesen de los términos honrados y virtuosos. Pero como fué creciendo Isabela, que ya cuando Ricaredo ardia, tenia doce años, aquella benevolencia primera, y aquella complacencia y agrado de mirarla, se volvió en ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla: no porque aspirase á esto por otros medios que por los de ser su esposo, pues de la incomparable honestidad de Isabela (que así la llamaban ellos) no se podia esperar otra cosa, ni aun él quisiera esperarla aunque pudiera; porque la noble condicion suya y la estimacion en que á Isabela tenia, no consentian que ningun mal pensamiento echase raíces en su alma.
Mil veces determinó manifestar su voluntad á sus padres, y otras tantas no aprobó su determinacion, porque él sabia que le tenian dedicado para ser esposo de una muy rica y principal doncella escocesa, asimismo secreta cristiana como ellos; y estaba claro, segun él decia, que no habian de querer dar á una esclava (si este nombre se podia dar á Isabela) lo que ya tenian concertado de dar á una señora: y así perplejo y pensativo, sin saber qué camino tomar para venir al fin de su buen deseo, pasaba una vida tal, que le puso á punto de perderla; pero pareciéndole ser gran cobardía dejarse morir sin intentar algun género de remedio á su dolencia, se animó y esforzó á declarar su intento á Isabela.
Andaban todos los de su casa tristes y alborotados por la enfermedad de Ricaredo, que de todos era querido, y de sus padres con el estremo posible, así por no tener otro, como porque lo merecia su mucha virtud y su gran valor y entendimiento: no le acertaban los médicos la enfermedad, ni él osaba ni queria descubrírsela. En fin, puesto en romper por las dificultades que él se imaginaba, un dia que entró Isabela á servirle, viéndola sola, con desmayada voz y lengua turbada le dijo:
—Hermosa Isabela, tu valor, tu mucha virtud y grande hermosura me tienen como me ves; si no quieres que deje la vida en manos de las mayores penas que pueden imaginarse, responda el tuyo á mi buen deseo, que no es otro que el de recebirte por mi esposa á hurto de mis padres, de los cuales temo que, por no conocer lo que yo conozco que mereces, me han de negar el bien que tanto me importa: si me das la palabra de ser mia, yo te la doy desde luego como verdadero y católico cristiano de ser tuyo; que puesto que no llegue á gozarte, como no llegaré hasta que con bendicion de la Iglesia y de mis padres sea, aquel imaginar que con seguridad eres mia, será bastante á darme salud y á mantenerme alegre y contento hasta que llegue el feliz punto que deseo.
En tanto que esto dijo Ricaredo, estuvo escuchándole Isabela los ojos bajos, mostrando en aquel punto que su honestidad se igualaba á su hermosura, y á su mucha discrecion su recato; y así viendo que Ricaredo callaba, honesta, hermosa y discreta le respondió desta suerte: