—Despues que quiso el rigor ó la clemencia del cielo (que no sé á cuál destos estremos lo atribuya) quitarme á mis padres, señor Ricaredo, y darme á los vuestros, agradecida á las infinitas mercedes que me han hecho, determiné que jamas mi voluntad saliese de la suya, y así sin ella tendria no por buena, sino por mala fortuna la inestimable merced que quereis hacerme; si con su sabiduría fuere yo tan venturosa que os merezca, desde aquí os ofrezco la voluntad que ellos me dieren, y en tanto que esto se dilate, ó no fuere, entretenga vuestros deseos saber que los mios serán eternos y limpios en desearos el bien que el cielo puede daros.
Aquí puso silencio Isabela á sus honestas y discretas razones, y allí comenzó la salud de Ricaredo, y comenzaron á revivir las esperanzas de sus padres, que en su enfermedad muertas estaban.
Despidiéronse los dos cortésmente: él con lágrimas en los ojos, ella con admiracion en el alma de ver tan rendida á su amor la de Ricaredo; el cual levantado del lecho, al parecer de sus padres por milagro, no quiso tenerles mas tiempo ocultos sus pensamientos; y así un dia se los manifestó á su madre, diciéndole en el fin de su plática, que fué larga, que si no le casaban con Isabela, que el negársela y darle la muerte era todo una misma cosa: con tales encarecimientos subió al cielo las virtudes de Isabela Ricaredo, que le pareció á su madre que Isabela era la engañada en llevar á su hijo por esposo. Dió buenas esperanzas á su hijo de disponer á su padre á que con gusto viniese en lo que ya ella tambien venia; y así fué, que diciendo á su marido las mismas razones que á ella habia dicho su hijo, con facilidad le movió á querer lo que tanto su hijo deseaba, fabricando escusas que impidiesen el casamiento que casi tenia concertado con la doncella de Escocia.
Á esta sazon tenia Isabela catorce, y Ricaredo veinte años, y en esta tan verde y tan florida edad su mucha discrecion y conocida prudencia los hacia ancianos.
Cuatro dias faltaban para llegarse aquel en el cual los padres de Ricaredo querian que su hijo inclinase el cuello al yugo santo del matrimonio, teniéndose por prudentes y dichosísimos de haber escogido á su prisionera por su hija, teniendo en mas la dote de sus virtudes que la mucha riqueza que con la escocesa se les ofrecia: las galas estaban ya á punto, los parientes y los amigos convidados, y no faltaba otra cosa sino hacer á la reina sabedora de aquel concierto, porque sin su voluntad y consentimiento entre los de ilustre sangre no se efectúa casamiento alguno; pero no dudaron de la licencia, y así se detuvieron en pedirla. Digo pues que estando todo en este estado, cuando faltaban los cuatro dias hasta el de la boda, una tarde turbó todo su regocijo un ministro de la reina, que dió un recaudo á Clotaldo, que su Majestad mandaba que otro dia por la mañana llevasen á su presencia á su prisionera la española de Cádiz. Respondióle Clotaldo que de muy buena gana haria lo que su Majestad le mandaba. Fuése el ministro, y dejó llenos los pechos de todos de turbacion, de sobresalto y miedo.
—¡Ay, decia la señora Catalina, si sabe la reina que yo he criado á esta niña á lo católico, de aquí viene á inferir que todos los desta casa somos cristianos! pues si la reina le pregunta qué es lo que ha aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder la cuitada que no nos condene, por mas discrecion que tenga?
Oyendo lo cual Isabela, le dijo:
—No le dé pena alguna, señora mia, ese temor, que yo confío en el cielo, que me ha de dar palabras en aquel instante por su divina misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho vuestro.
Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algun mal suceso. Clotaldo buscaba modos que pudiesen dar ánimo á su mucho temor, y no los hallaba sino en la mucha confianza que en Dios tenia y en la prudencia de Isabela, á quien encomendó mucho que por todas las vias que pudiese escusase el condenallos por católicos; que puesto que estaban prontos con el espíritu á recebir martirio, todavía la carne enferma rehusaba su amarga carrera. Una y muchas veces les aseguró Isabela estuviesen seguros que por su causa no sucederia lo que temian y sospechaban; porque aunque ella entónces no sabia lo que habia de responder á las preguntas que en tal caso le hiciesen, tenia viva y cierta esperanza que habia de responder de modo que, como otra vez habia dicho, sus respuestas les sirviesen de abono.
Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente en que si la reina supiera que eran católicos, no les enviaria recaudo tan manso, por donde se podia inferir que solo queria ver á Isabela, cuya sin igual hermosura y habilidades habrian llegado á sus oidos como á todos los de la ciudad; pero ya en no habérsela presentado se hallaban culpados, de la cual culpa hallaron seria bien disculparse con decir, que desde el punto que entró en su poder la escogieron y señalaron para esposa de su hijo Ricaredo; pero tambien en esto se culpaban, por haber hecho el casamiento sin licencia de la reina, aunque esta culpa no les pareció digna de gran castigo.