Besó las manos Ricaredo á la reina, estimando en mucho la merced que le hacia, y luego se fué á hincar de rodillas ante Isabela, y queriéndola hablar no pudo, porque se le puso un nudo en la garganta, que le ató la lengua, y las lágrimas acudieron á los ojos, y él acudió á disimularlas lo mas que le fué posible; pero con todo eso no se pudieron encubrir á los ojos de la reina, pues dijo:
—No os afrenteis, Ricaredo, de llorar, ni os tengais en ménos por haber dado en este trance tan tiernas muestras de vuestro corazon, que una cosa es pelear con los enemigos, y otra despedirse de quien bien se quiere: abrazad, Isabela, á Ricaredo, y dadle vuestra bendicion, que bien lo merece su sentimiento.
Isabela, que estaba suspensa y atónita de ver la humildad y dolor de Ricaredo, que como á su esposo le amaba, no entendió lo que la reina le mandaba, ántes comenzó á derramar lágrimas tan sin pensar lo que hacia, y tan ciega y tan sin movimiento alguno, que no parecia sino que lloraba una estatua de alabastro. Estos afectos de los dos amantes, tan tiernos y tan enamorados, hicieron verter lágrimas á muchos de los circunstantes, y sin hablar mas palabra Ricaredo y sin haberle hablado alguna á Isabela, haciendo Clotaldo y los que con él venian reverencia á la reina, se salieron de la sala, llenos de compasion, de despecho y de lágrimas.
Quedó Isabela como huérfana que acaba de enterrar sus padres, y con temor que la nueva señora quisiese que mudase las costumbres en que la primera la habia criado. En fin, se quedó, y de allí á dos dias Ricaredo se hizo á la vela, combatido entre otros muchos de dos pensamientos que le tenian fuera de sí: era el uno considerar que le convenia hacer hazañas que le hiciesen merecedor de Isabela, y el otro que no podia hacer ninguna, si habia de responder á su católico intento, que le impedia no desenvainar la espada contra católicos, y si no la desenvainaba, habia de ser notado de cristiano, ó de cobarde, y todo esto redundaba en perjuicio de su vida y en obstáculo de su pretension. Pero en fin, determinó de posponer al gusto de enamorado el que tenia de ser católico, y en su corazon pedia al cielo le deparase ocasiones, donde con ser valiente cumpliese con ser cristiano, dejando á su reina satisfecha y á Isabela merecida.
Seis dias navegaron los dos navíos con próspero viento, siguiendo la derrota de las islas Terceras, paraje donde nunca faltan ó naves portuguesas de las Indias orientales, ó algunas derrotadas de las occidentales. Y al cabo de los seis dias les dió de costado un recísimo viento que en el mar Océano tiene otro nombre que en el Mediterráneo, donde se llama mediodía, el cual viento fué tan durable y tan recio, que sin dejarles tomar las islas, les fué forzoso correr á España; y junto á su costa, á la boca del estrecho de Gibraltar, descubrieron tres navíos, uno poderoso y grande, y los dos pequeños: arribó la nave de Ricaredo á su capitana por saber de su general si queria embestir á los tres navíos que se descubrian; y ántes que á ella llegase, vió poner sobre la gavia mayor un estandarte negro, y llegándose mas cerca, oyó que tocaban en la nave clarines y trompetas roncas, señales claras ó que el general era muerto, ó alguna otra principal persona de la nave. Con este sobresalto llegaron á poderse hablar, que no lo habian hecho despues que salieron del puerto; dieron voces de la nave capitana diciendo que el capitan Ricaredo pasase á ella, porque el general la noche ántes habia muerto de una apoplejía. Todos se entristecieron, si no fué Ricaredo que se alegró, no por el daño de su general, sino por ver que quedaba él libre para mandar en los dos navíos; que así fué la órden de la reina, que faltando el general, lo fuese Ricaredo, el cual con presteza se pasó á la capitana, donde halló que unos lloraban por el general muerto, y otros se alegraban con el vivo: finalmente los unos y los otros le dieron luego la obediencia, y le aclamaron por su general con breves ceremonias, no dando lugar á otra cosa dos de los tres navíos que habian descubierto, los cuales desviándose del grande, á las dos naves se venian.
Luego conocieron ser galeras y turquescas, por las medias lunas que en las banderas traian, de que recebió gran gusto Ricaredo, pareciéndole que aquella presa, si el cielo se la concediese, seria de consideracion, sin haber ofendido á ningun católico. Las dos galeras turquescas llegaron á reconocer los navíos ingleses, los cuales no traian insignias de Ingalaterra, sino de España, por desmentir á quien llegase á reconocellos, y no los tuviesen por navíos de cosarios. Creyeron los turcos ser naves derrotadas de las Indias, y que con facilidad las rendirian. Fuéronse entrando poco á poco, y de industria los dejó llegar Ricaredo hasta tenerlos á gusto de su artillería, la cual mandó disparar á tan buen tiempo, que con cinco balas dió en la mitad de una de las galeras con tanta furia, que la abrió por medio toda; dió luego á la banda, y comenzó á irse á pique sin poderse remediar. La otra galera, viendo tan mal suceso, con mucha priesa le dió cabo, y le llevó á poner debajo del costado del gran navío; pero Ricaredo que tenia los suyos prestos y lijeros, que salian y entraban como si tuvieran remos, mandando cargar de nuevo la artillería, los fué siguiendo hasta la nave, lloviendo sobre ellos infinidad de balas.
Los de la galera abierta así como llegaron á la nave la desampararon, y con priesa y celeridad procuraban acogerse á la nave. Lo cual visto por Ricaredo, y que la galera sana se ocupaba con la rendida, cargó sobre ella con sus dos navíos, y sin dejarla rodear ni valerse de los remos, la puso en estrecho, que los turcos se aprovecharon ansimismo del refugio de acogerse á la nave, no para defenderse en ella, sino por escapar las vidas por entónces.
Los cristianos, de quien venian armadas las galeras, arrancando las branzas y rompiendo las cadenas, mezclados con los turcos, tambien se recogieron á la nave, y como iban subiendo por su costado, con la arcabucería de los navíos los iban tirando como al blanco; á los turcos no mas, que á los cristianos mandó Ricaredo que nadie los tirase. Desta manera casi todos los mas turcos fueron muertos, y los que en la nave entraron, por los cristianos que con ellos se mezclaron aprovechándose de sus mismas armas, fueron hechos pedazos; que la fuerza de los valientes cuando caen, se pasa á la flaqueza de los que se levantan: y así con el calor que les daba á los cristianos pensar que los navíos ingleses eran españoles, hicieron por su libertad maravillas. Finalmente, habiendo muerto casi todos los turcos, algunos españoles se pusieron á bordo del navío, y á grandes voces llamaron á los que pensaban ser españoles, entrasen á gozar el premio del vencimiento.
Preguntándoles Ricaredo en español que ¿qué navío era aquel? respondieron que era una nave que venia de la India de Portugal, cargada de especería, y con tantas perlas y diamantes, que valia mas de un millon de oro, y que con tormenta habia arribado á aquella parte, toda destruida y sin artillería, por haberla echado á la mar la gente enferma y casi muerta de sed y de hambre, y que aquellas dos galeras, que eran del cosario Arnaute Mamí, el dia ántes la habian rendido, sin haberse puesto en defensa, y que á lo que habian oido decir, por no poder pasar tanta riqueza á sus dos bajeles, la llevaban á jorro para meterla en el rio de Larache, que estaba allí cerca.
Ricaredo les respondió que si ellos pensaban que aquellos dos navíos eran españoles, se engañaban, que no eran sino de la señora reina de Ingalaterra, cuya nueva dió que pensar y que temer á los que la oyeron, pensando, como era razon que pensasen, que de un lazo habian caido en otro. Pero Ricaredo les dijo que no temiesen algun daño, y que estuviesen ciertos de su libertad, con tal que no se pusiesen en defensa.