—Ni es posible ponernos en ella, respondieron; porque, como se ha dicho, este navío no tiene artillería, ni nosotros armas: así que nos es forzoso acudir á la gentileza y liberalidad de vuestro general; pues será justo que quien nos ha librado del insufrible cautiverio de los turcos, lleve adelante tan gran merced y beneficio, pues le podrá hacer famoso en todas las partes, que serán infinitas, donde llegare la nueva desta memorable vitoria y de su liberalidad, mas de nosotros esperada que temida.
No le parecieron mal á Ricaredo las razones del español, y llamando á consejo los de su navío, les preguntó cómo haria para enviar todos los cristianos á España, sin ponerse á peligro de algun siniestro suceso, si el ser tantos les daba ánimo para levantarse. Pareceres hubo, que los hiciese pasar uno á uno á su navío, y así como fuesen entrando debajo de cubierta, matarles, y desta manera matarlos á todos, y llevar la gran nave á Lóndres sin temor ni cuidado alguno.
Á esto respondió Ricaredo:
—Pues que Dios nos ha hecho tan gran merced en darnos tanta riqueza, no quiero corresponderle con ánimo cruel y desagradecido, ni es bien que lo que puedo remediar con la industria, lo remedie con la espada; y así soy de parecer que ningun cristiano católico muera, no porque los quiero bien, sino porque me quiero á mí muy bien, y querria que esta hazaña de hoy ni á mí ni á vosotros, que en ella me habeis sido compañeros, nos diese, mezclado con el nombre de valientes, el renombre de crueles, porque nunca dijo bien la crueldad con la valentía: lo que se ha de hacer es que toda la artillería de un navío destos se ha de pasar á la gran nave portuguesa, sin dejar en el navío otras armas ni otra cosa mas del bastimento, y no alejando la nave de nuestra gente, la llevaremos á Ingalaterra, y los españoles se irán á España.
Nadie osó contradecir lo que Ricaredo habia propuesto, y algunos le tuvieron por valiente y magnánimo y de buen entendimiento; otros le juzgaron en sus corazones por mas católico que debia. Resuelto pues en esto Ricaredo, pasó con cincuenta arcabuceros á la nave portuguesa, todos alerta y con las cuerdas encendidas: halló en la nave casi trecientas personas, de las que habian escapado de las galeras: pidió luego el registro de la nave, y respondióle aquel mismo que desde el borde le habló la vez primera, que el registro le habia tomado el cosario de los bajeles, que con ellos se habia ahogado. Al instante puso el torno en órden, y acostando su segundo bajel á la gran nave, con maravillosa presteza y con fuerza de fortísimos cabestrantes, pasaron la artillería del pequeño bajel á la mayor nave: luego haciendo una breve plática á los cristianos, les mandó pasar al bajel desembarazado, donde hallaron bastimento en abundancia para mas de un mes y para mas gente; y así como se iban embarcando, dió á cada uno cuatro escudos de oro españoles, que hizo traer de su navío, para remediar en parte su necesidad cuando llegasen á tierra, que estaba tan cerca, que las altas montañas de Ávila y Calpe desde allí se parecian. Todos le dieron infinitas gracias por la merced que les hacia, y el último que se iba á embarcar fué aquel que por los demas habia hablado, el cual le dijo:
—Por mas ventura tuviera, valeroso caballero, que me llevaras contigo á Ingalaterra, que no que me enviaras á España, porque aunque es mi patria, y no habrá sino seis dias que della partí, no he de hallar en ella otra cosa que no sea de ocasiones de tristezas y soledades mias: sabrás, señor, que en la pérdida de Cádiz, que sucedió habrá quince años, perdí una hija que los ingleses debieron de llevar á Ingalaterra, y con ella perdí el descanso de mi vejez y la luz de mis ojos, que despues que no la vieron, nunca han visto cosa que de su gusto sea: el grave descontento en que me dejó su pérdida y la de la hacienda, que tambien me faltó, me pusieron de manera, que ni mas quise, ni mas pude ejercitar la mercancía, cuyo trato me habia puesto en opinion de ser el mas rico mercader de toda la ciudad: y así era la verdad, pues fuera del crédito, que pasaba de muchos centenares de millares de escudos, valia mi hacienda dentro de las puertas de mi casa mas de cincuenta mil ducados: todo lo perdí, y no hubiera perdido nada, como no hubiera perdido á mi hija: tras esta general desgracia, y tan particular mia, acudió la necesidad á fatigarme hasta tanto que no pudiéndola resistir, mi mujer y yo, que es aquella triste que allí está sentada, determinámos irnos á las Indias, comun refugio de los pobres generosos; y habiéndonos embarcado en un navío de aviso seis dias ha, á la salida de Cádiz dieron con el navío estos dos bajeles de cosarios, y nos cautivaron, donde se renovó nuestra desgracia y se confirmó nuestra desventura; y fuera mayor si los cosarios no hubieran tomado aquella nave portuguesa, que los entretuvo hasta haber sucedido lo que él habia visto.
Preguntóle Ricaredo cómo se llamaba su hija. Respondióle que Isabel. Con esto acabó de confirmarse Ricaredo en lo que ya habia sospechado, que era, que el que se lo contaba era el padre de su querida Isabela; y sin darle algunas nuevas della, le dijo que de muy buena gana llevaria á él y á su mujer á Lóndres, donde podria ser hallasen nuevas de la que deseaban: hízolos pasar luego á su capitana, poniendo marineros y guardas bastantes en la nao portuguesa. Aquella noche alzaron velas, y se dieron priesa á apartarse de las costas de España, porque el navío de los cautivos libres (entre los cuales tambien iban hasta veinte turcos, á quien tambien Ricaredo dió libertad, por mostrar que mas por su buena condicion y generoso ánimo se mostraba liberal, que por forzarle amor que á los católicos tuviese) rogó á los españoles que en la primera ocasion que se ofreciese, diesen entera libertad á los turcos, que ansimismo se le mostraron agradecidos.
El viento, que daba señales de ser próspero y largo, comenzó á calmar un tanto, cuya calma levantó gran tormenta de temor en los ingleses, que culpaban á Ricaredo y á su liberalidad, diciéndole que los libres podian dar aviso en España de aquel suceso, y que si acaso habia galeones de armada en el puerto, podian salir en su busca, y ponerlos en aprieto, y en término de perderse. Bien conocia Ricaredo que tenian razon; pero venciéndolos á todos con buenas razones, los sosegó; pero mas los quietó el viento que volvió á refrescar de modo, que dándole en todas las velas, sin tener necesidad de amainallas ni aun de templallas, dentro de nueve dias se hallaron á la vista de Lóndres, y cuando en él victoriosos volvieron, habria treinta que dél faltaban.
No quiso Ricaredo entrar en el puerto con muestras de alegría, por la muerte de su general, y así mezcló las señales alegres con las tristes: unas veces sonaban clarines regocijados, otras trompetas roncas: unas tocaban los atambores alegres y sobresaltadas armas, á quien con señas tristes y lamentables respondian los pífanos: de una gavia colgada puesta al reves una bandera de medias lunas sembrada: en otra se veia un luengo estandarte de tafetan negro, cuyas puntas besaban el agua. Finalmente, con estos tan contrarios estremos entró en el rio de Lóndres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese; y así se quedó en la mar á lo largo.
Estas tan contrarias muestras y señales tenian suspenso el infinito pueblo que desde la ribera les miraba: bien conocieron por algunas insignias que aquel navío menor era la capitana del baron de Lansac, mas no podian alcanzar cómo el otro navío se hubiese cambiado con aquella poderosa nave, que en la mar se quedaba; pero sacólos desta duda haber saltado en el esquife, armado de todas armas, ricas y resplandecientes, el valeroso Ricaredo, que á pié, sin esperar otro acompañamiento que aquel de un innumerable vulgo que le seguia, se fué á palacio, donde ya la reina puesta á unos corredores estaba esperando le trujesen la nueva de los navíos.