Estaba con la reina y con las otras damas Isabela vestida á la inglesa, y parecia tan bien como á la castellana: ántes que Ricaredo llegase, llegó otro que dió las nuevas á la reina de cómo Ricaredo venia. Alborotóse Isabela, oyendo el nombre de Ricaredo, y en aquel instante temió y esperó malos y buenos sucesos de su venida.

Era Ricaredo alto de cuerpo, gentil hombre y bien proporcionado: y como venia armado de peto, espaldar, gola y brazaletes, escarcelas, con unas armas milanesas de once vistas, grabadas y doradas, parecia en estremo bien á cuantos le miraban: no le cubria la cabeza morrion alguno, sino un sombrero de gran falda, de color leonado, con mucha diversidad de plumas terciadas á la valona: la espada ancha, los tiros ricos, las calzas á la esguízara. Con este adorno, y con el paso brioso que llevaba, algunos hubo que le compararon á Marte, dios de las batallas, y otros llevados de la hermosura de su rostro dicen que le compararon á Vénus, que para hacer alguna burla á Marte de aquel modo se habia disfrazado. En fin él llegó ante la reina. Puesto de rodillas le dijo:

—Alta Majestad, en fuerza de vuestra ventura y en consecucion de mi deseo, despues de haber muerto de una apoplejía el general de Lansac, quedando yo en su lugar, merced á la liberalidad vuestra, me deparó la suerte dos galeras turquescas que llevaban remolcando aquella gran nave que allí se parece: acometíla, pelearon vuestros soldados como siempre: echáronse á fondo los bajeles de los cosarios: en el uno de los nuestros en vuestro real nombre di libertad á los cristianos que del poder de los turcos escaparon: solo truje conmigo á un hombre y á una mujer, españoles, que por su gusto quisieron venir á ver la grandeza vuestra: aquella nave es de las que vienen de la India de Portugal, la cual por tormenta vino á dar en poder de los turcos, que con poco trabajo, por mejor decir sin ninguno, la rindieron, y segun dijeron algunos portugueses de los que en ella venian, pasa de un millon de oro el valor de la especería y otras mercancías de perlas y diamantes que en ella vienen: á ninguna cosa se ha tocado, ni los turcos habian llegado á ella; porque todo lo dedicó el cielo, y yo lo mandé guardar para vuestra Majestad, que con una joya sola que se me dé, quedaré en deuda de otras diez naves; la cual joya ya vuestra Majestad me la tiene prometida, que es á mi buena Isabela: con ella quedaré rico y premiado, no solo deste servicio, cual él sea, que á vuestra Majestad he hecho, sino de otros muchos que pienso hacer por pagar alguna parte del todo casi infinito que en esta joya vuestra Majestad me ofrece.

—Levantáos, Ricaredo, respondió la reina, y creedme que si por precio os hubiera de dar á Isabela, segun yo la estimo, no la pudiérades pagar ni con lo que trae esa nave, ni con lo que queda en las Indias: dóyosla porque os la prometí, y porque ella es digna de vos, y vos lo sois della: vuestro valor solo la merece; si vos habeis guardado las joyas de la nave para mí, yo os he guardado la joya vuestra para vos; y aunque os parezca que no hago mucho en volveros lo que es vuestro, yo sé que os hago mucha merced en ello; que las prendas que se compran á deseos y tienen su estimacion en el alma del comprador, aquello valen que vale una alma, que no hay precio en la tierra con que aprecialla: Isabela es vuestra, veisla allí; cuando quisiéredes podeis tomar su entera posesion, y creo será con su gusto, porque es discreta, y sabrá ponderar la amistad que le haceis, que no la quiero llamar merced, sino amistad; porque me quiero alzar con el nombre de que yo sola puedo hacerle mercedes: idos á descansar, y venidme á ver mañana, que quiero mas particularmente oir vuestras hazañas; y traedme esos dos que decís que de su voluntad han querido venir á verme, que se lo quiero agradecer.

Besóle las manos Ricaredo por las muchas mercedes que le hacia. Entróse la reina en una sala, y las damas rodearon á Ricaredo, y una dellas que habia tomado grande amistad con Isabela, llamada la señora Tansi, tenida por la mas discreta, desenvuelta y graciosa de todas, dijo á Ricaredo:

—¿Qué es esto, señor Ricaredo, qué armas son estas? ¿Pensábades por ventura que veníades á pelear con vuestros enemigos? Pues en verdad que aquí todas somos vuestras amigas, si no es la señora Isabela, que como española está obligada á no teneros buena voluntad.

—Acuérdese ella, señora Tansi, de tenerme alguna, que como yo esté en su memoria, dijo Ricaredo, yo sé que la voluntad será buena, pues no puede caber en su mucho valor y entendimiento y rara hermosura la fealdad de ser desagradecida.

Á lo cual respondió Isabela:

—Señor Ricaredo, pues he de ser vuestra, á vos está tomar de mí toda la satisfaccion que quisiéredes para recompensaros de las alabanzas que me habeis dado, y de las mercedes que pensais hacerme.

Estas y otras honestas razones pasó Ricaredo con Isabela y con las damas, entre las cuales habia una doncella de pequeña edad, la cual no hizo sino mirar á Ricaredo miéntras allí estuvo; alzábale las escarcelas, por ver qué traia debajo dellas, tentábale la espada, y con simplicidad de niña queria que las armas le sirviesen de espejo, llegándose á mirar de muy cerca en ellas; y cuando se hubo ido, volviéndose á las damas, dijo: