—Ahora, señoras, yo imagino que debe de ser cosa hermosísima la guerra, pues aun entre mujeres parecen bien los hombres armados.
—Y ¿cómo si parecen? respondió la señora Tansi; si no, mirad á Ricaredo, que no parece sino que el sol se ha bajado á la tierra, y en aquel hábito va caminando por la calle.
Rieron todas del dicho de la doncella y de la disparatada semejanza de Tansi; y no faltaron murmuradores que tuvieron por impertinencia el haber venido armado Ricaredo á palacio, puesto que halló disculpa en otros, que dijeron que como soldado lo pudo hacer para mostrar su gallarda bizarría.
Fué Ricaredo de sus padres, amigos, parientes y conocidos con muestras de entrañable amor recebido. Aquella noche se hicieron generales alegrías en Lóndres por su buen suceso.
Ya los padres de Isabela estaban en casa de Clotaldo, á quien Ricaredo habia dicho quién eran; pero que no les diesen nueva ninguna de Isabela hasta que él mismo se la diese. Este aviso tuvo la señora Catalina, su madre, y todos los criados y criadas de su casa. Aquella misma noche, con muchos bajeles, lanchas y barcos, y con no ménos ojos que lo miraban, se comenzó á descargar la gran nave, que en ocho dias no acabó de dar la mucha pimienta y otras riquísimas mercaderías que en su vientre encerradas tenia.
El dia que siguió á esta noche fué Ricaredo á palacio, llevando consigo al padre y madre de Isabela, vestidos de nuevo á la inglesa, diciéndoles que la reina queria verlos. Llegando todos donde la reina estaba en medio de sus damas, esperando á Ricaredo, á quien quiso lisonjear y favorecer con tener junto á sí á Isabela, vestida con aquel mismo vestido que llevó la vez primera, mostrándose no ménos hermosa ahora que entónces. Los padres de Isabela quedaron admirados y suspensos de ver tanta grandeza y bizarría junta. Pusieron los ojos en Isabela, y no la conocieron, aunque el corazon, presagio del bien que tan cerca tenian, les comenzó á saltar en el pecho, no con sobresalto que les entristeciese, sino con un no sé qué de gusto, que ellos no acertaban á entendelle. No consintió la reina que Ricaredo estuviese de rodillas ante ella: ántes le hizo levantar y sentar en una silla rasa, que para solo esto allí puesta tenian, inusitada merced para la altiva condicion de la reina, y alguno dijo á otro:
—Ricaredo no se sienta hoy sobre la silla que le han dado, sino sobre la pimienta que él trujo.
Otro acudió, y dijo:
—Ahora se verifica lo que comunmente se dice, que dádivas quebrantan peñas; pues las que ha traido Ricaredo han ablandado el duro corazon de nuestra reina.
Otro acudió, y dijo: