—Ahora que está tan bien ensillado, mas de dos se atreverán á correrle.
En efecto, de aquella nueva honra que la reina hizo á Ricaredo, tomó ocasion la envidia para nacer en muchos pechos de aquellos que mirándole estaban; porque no hay merced que el príncipe haga á su privado, que no sea una lanza que atraviese el corazon del envidioso. Quiso la reina saber de Ricaredo menudamente cómo habia pasado la batalla con los bajeles de los cosarios: él la contó de nuevo, atribuyendo la victoria á Dios y á los brazos valerosos de sus soldados, encareciéndoles á todos juntos, y particularizando algunos hechos de algunos que mas que los otros se habian señalado, con que obligó á la reina á hacer á todos merced, y en particular á los particulares; y cuando llegó á decir la libertad que en nombre de su Majestad habia dado á los turcos y cristianos, dijo:
—Aquella mujer y aquel hombre que allí están (señalando á los padres de Isabela) son los que dije ayer á vuestra Majestad, que con deseo de ver vuestra grandeza, encarecidamente me pidieron los trujese conmigo: ellos son de Cádiz, y de lo que ellos me han contado, y de lo que en ellos he visto y notado, sé que son gente principal y de valor.
Mandóles la reina que se llegasen cerca: alzó los ojos Isabela á mirar los que decian ser españoles, y mas de Cádiz, con deseo de saber si por ventura conocian á sus padres. Ansí como Isabela alzó los ojos, los puso en ella su madre y detuvo el paso para mirarla mas atentamente, y en la memoria de Isabela se comenzaron á despertar unas confusas noticias, que le querian dar á entender que en otro tiempo ella habia visto aquella mujer que delante tenia. Su padre estaba en la misma confusion, sin osar determinarse á dar crédito á la verdad que sus ojos le mostraban. Ricaredo estaba atentísimo á ver los afectos y movimientos que hacian las tres dudosas y perplejas almas, que tan confusas estaban entre el sí y el no de conocerse. Conoció la reina la suspension de entrambos, y aun el desasosiego de Isabela, porque la vió trasudar, y levantar la mano muchas veces á componerse el cabello.
En esto deseaba Isabela que hablase la que pensaba ser su madre: quizá los oidos la sacarian de la duda en que sus ojos la habian puesto. La reina dijo á Isabela que en lengua española dijese á aquella mujer y á aquel hombre le dijesen qué causa les habia movido á no querer gozar de la libertad que Ricaredo les habia dado, siendo la libertad la cosa mas amada, no solo de la gente de razon, mas aun de los animales que carecen della.
Todo esto preguntó Isabela á su madre, la cual sin responderle palabra, desatentadamente y medio tropezando se llegó á Isabela, y sin mirar á respeto, temores ni miramientos cortesanos, alzó la mano á la oreja derecha de Isabela, y descubrió un lunar negro que allí tenia, la cual señal acabó de certificar su sospecha; y viendo claramente ser Isabela su hija, abrazándose con ella dió una gran voz, diciendo:
—¡Oh hija de mi corazon! ¡Oh prenda cara del alma mia!
Y sin poder pasar adelante, se cayó desmayada en los brazos de Isabela.
Su padre, no ménos tierno que prudente, dió muestras de su sentimiento, no con otras palabras que con derramar lágrimas, que sesgamente su venerable rostro y barbas le bañaron. Juntó Isabela su rostro con el de su madre, y volviendo los ojos á su padre, de tal manera le miró, que le dió á entender el gusto y el descontento que de verlos allí su alma tenia. La reina, admirada de tal suceso, dijo á Ricaredo:
—Yo pienso, Ricaredo, que con vuestra discrecion se han ordenado estas vistas, y no sé si os diga que han sido acertadas, pues sabemos que así suele matar una súbita alegría como mata una tristeza.