Y diciendo esto, se volvió á Isabela, y la apartó de su madre, la cual, habiéndole echado agua en el rostro, volvió en sí, y estando un poco mas en su acuerdo, puesta de rodillas delante de la reina, le dijo:
—Perdone vuestra Majestad mi atrevimiento, que no es mucho perder los sentidos con la alegría del hallazgo desta amada prenda.
Respondióle la reina que tenia razon, sirviéndole de intérprete, para que lo entendiese, Isabela, la cual de la manera que se ha contado conoció á sus padres, y sus padres á ella, á los cuales mandó la reina quedar en palacio, para que despacio pudiesen ver y hablar á su hija, y regocijarse con ella; de lo cual Ricaredo se holgó mucho, y de nuevo pidió á la reina le cumpliese la palabra que le habia dado de dársela, si es que acaso la merecia; y de no merecerla, le suplicaba desde luego le mandase ocupar en cosas que le hiciesen digno de alcanzar lo que deseaba. Bien entendió la reina que estaba Ricaredo satisfecho de sí mismo y de su mucho valor, que no habia necesidad de nuevas pruebas para calificarle; y así le dijo que de allí á cuatro dias le entregaria á Isabela, haciendo á los dos la honra que á ella fuese posible.
Con esto se despidió Ricaredo contentísimo con la esperanza propincua que llevaba de tener en su poder á Isabela, sin sobresalto de perderla, que es el último deseo de los amantes.
Corrió el tiempo, y no con la lijereza que él quisiera; que los que viven con esperanzas de promesas venideras, siempre imaginan que no vuela el tiempo, sino que anda sobre los piés de la pereza misma. Pero en fin llegó el dia, no donde pensó Ricaredo poner fin á sus deseos, sino de hallar en Isabela gracias nuevas que le moviesen á quererla mas, si mas pudiese. Mas en aquel breve tiempo, donde él pensaba que la nave de su buena fortuna corria con próspero viento hácia el deseado puerto, la contraria suerte levantó en su mar tal tormenta, que mil veces temió anegarse.
Es pues el caso que la camarera mayor de la reina, á cuyo cargo estaba Isabela, tenia un hijo de edad de veinte y dos años, llamado el conde Arnesto. Hacíanle la grandeza de su estado, la alteza de su sangre, el mucho favor que su madre con la reina tenia; hacíanle, digo, estas cosas mas de lo justo arrogante, altivo y confiado. Este Arnesto pues se enamoró de Isabela tan encendidamente, que en la luz de los ojos de Isabela tenia abrasada el alma; y aunque en el tiempo que Ricaredo habia estado ausente, con algunas señales le habia descubierto su deseo, nunca de Isabela fué admitido; y puesto que la repugnancia y los desdenes en los principios de los amores suelen hacer desistir de la empresa á los enamorados, en Arnesto obraron lo contrario los muchos y conocidos desdenes que le dió Isabela, porque con sus celos ardia y con su honestidad se abrasaba: y como vió que Ricaredo, segun el parecer de la reina, tenia merecida á Isabela, y que en tan poco tiempo se le habia de entregar por mujer, quiso desesperarse; pero ántes que llegase á tan infame y tan cobarde remedio, habló á su madre, diciéndole pidiese á la reina le diese á Isabela por esposa, donde no, que pensase que la muerte estaba llamando á las puertas de su vida. Quedó la camarera admirada de las razones de su hijo, y como conocia la aspereza de su arrojada condicion, y la tenacidad con que se le pegaban los deseos en el alma, temió que sus amores habian de parar en algun infelice suceso. Con todo eso, como madre á quien es natural desear y procurar el bien de sus hijos, prometió al suyo de hablar á la reina, no con esperanza de alcanzar della el imposible de romper su palabra, sino por no dejar de intentar cómo no salir desahuciada de los últimos remedios.
Y estando aquella mañana Isabela vestida por órden de la reina tan ricamente, que no se atreve la pluma á contarlo, y habiéndole echado la misma reina al cuello una sarta de perlas de las mejores que traia la nave, que las apreciaron en veinte mil ducados, y puéstole un anillo de un diamante, que se apreció en seis mil escudos, y estando alborozadas las damas por la fiesta que esperaban del cercano desposorio, entró la camarera mayor á la reina, y de rodillas le suplicó suspendiese el desposorio de Isabela por otros dos dias, que con esta merced sola que su Majestad le hiciese, se tendria por satisfecha y pagada de todas las mercedes que por sus servicios merecia y esperaba.
Quiso saber la reina primero por qué le pedia con tanto ahinco aquella suspension, que tan derechamente iba contra la palabra que tenia dada á Ricaredo; pero no se la quiso dar la camarera hasta que le hubo otorgado que haria lo que le pedia: tanto deseo tenia la reina de saber la causa de aquella demanda. Y así despues que la camarera alcanzó lo que por entónces deseaba, contó á la reina los amores de su hijo, y cómo temia que si no le daban por mujer á Isabela, ó se habia de desesperar, ó hacer algun hecho escandaloso; y que si habia pedido aquellos dos dias, era por dar lugar á que su Majestad pensase qué medio seria á propósito y conveniente para dar á su hijo remedio.
La reina respondió que si su real palabra no estuviera de por medio, que ella hallara salida á tan cerrado laberinto, pero que no la quebrantaria ni defraudaria las esperanzas de Ricaredo por todo el interes del mundo. Esta respuesta dió la camarera á su hijo, el cual sin detenerse un punto, ardiendo en amor y en celos, se armó de todas armas, y sobre un fuerte y hermoso caballo se presentó ante la casa de Clotaldo, y á grandes voces pidió que se asomase Ricaredo á la ventana, el cual á aquella sazon estaba vestido de galas de desposado, y á punto para ir á palacio con el acompañamiento que tal acto requeria; mas habiendo oido las voces, y siéndole dicho quién las daba, y del modo que venia, con algun sobresalto se asomó á una ventana, y como le vió Arnesto, dijo:
—Ricaredo, estáme atento á lo que decirte quiero: la reina mi señora te mandó fueses á servirla, y á hacer hazañas que te hiciesen merecedor de la sin par Isabela: tú fuiste, y volviste cargadas las naves de oro, con el cual piensas haber comprado y merecido á Isabela; y aunque la reina mi señora te la ha prometido, ha sido creyendo que no hay ninguno en su corte que mejor que tú la sirva, ni quien con mejor título merezca á Isabela, y en esto bien podrá ser se haya engañado: y así llegándome á esta opinion que yo tengo por verdad averiguada, digo que ni tú has hecho cosas tales que te hagan merecer á Isabela, ni ninguna podrás hacer que á tanto bien te levante; y en razon de que no la mereces, si quisieres contradecirme, te desafío á todo trance de muerte.