Calló el conde, y desta manera le respondió Ricaredo:

—En ninguna manera me toca salir á vuestro desafío, señor conde, porque yo confieso, no solo que no merezco á Isabela, sino que no la merece ninguno de los que hoy viven en el mundo; así que contestando yo lo que vos decís, otra vez digo que no me toca vuestro desafío; pero yo le acepto por el atrevimiento que habeis tenido en desafiarme.

Con esto se quitó de la ventana, y pidió apriesa sus armas. Alborotáronse sus parientes, y todos aquellos que para ir á palacio habian venido á acompañarle. De la mucha gente que habia visto al conde Arnesto armado, y le habia oido las voces del desafío, no faltó quien lo fué á contar á la reina, la cual mandó al capitan de su guarda que fuese á prender al conde. El capitan se dió tanta priesa, que llegó á tiempo que ya Ricaredo salia de su casa, armado con las armas con que se habia desembarcado, puesto sobre un hermoso caballo.

Cuando el conde vió al capitan, luego imaginó á lo que venia, y determinó de no dejar prenderse, y alzando la voz contra Ricaredo, dijo:

—Ya ves, Ricaredo, el impedimento que nos viene; si tuvieres ganas de castigarme, tú me buscarás; y por la que yo tengo de castigarte, tambien te buscaré; y pues dos que se buscan fácilmente se hallan, dejemos para entónces la ejecucion de nuestros deseos.

—Soy contento, respondió Ricaredo.

En esto llegó el capitan con toda su guarda, y dijo al conde que fuese preso en nombre de su Majestad. Respondió el conde que sí quedaba; pero no para que lo llevasen á otra parte que á la presencia de la reina. Contentóse con esto el capitan, y cogiéndole en medio de la guarda le llevó á palacio ante la reina, la cual ya de su camarera estaba informada del amor grande que su hijo tenia á Isabela, y con lágrimas habia suplicado á la reina perdonase al conde, que como mozo y enamorado á mayores yerros estaba sujeto.

Llegó Arnesto ante la reina, la cual sin entrar con él en razones, le mandó quitar la espada, y llevar preso á una torre.

Todas estas cosas atormentaban el corazon de Isabela y de sus padres, que tan presto veian turbado el mar de su sosiego. Aconsejó la camarera á la reina que para sosegar el mal que podia suceder entre su parentela y la de Ricaredo, que se quitase la causa de por medio, que era Isabela, enviándola á España, y así cesarian los efectos que debian de temerse: añadiendo á estas razones decir que Isabela era católica, y tan cristiana que ninguna de sus persuasiones, que habian sido muchas, la habian podido torcer en nada de su católico intento. Á lo cual respondió la reina que por eso la estimaba en mas, pues tan bien sabia guardar la ley que sus padres la habian enseñado, y que en lo de enviarla á España no tratase, porque su hermosa presencia y sus muchas gracias y virtudes le daban mucho gusto, y que sin duda, si no aquel dia, otro se la habia de dar por esposa á Ricaredo, como se lo tenia prometido.

Con esta resolucion de la reina quedó la camarera tan desconsolada, que no le replicó palabra, y pareciéndole lo que ya le habia parecido, que si no era quitando á Isabela de por medio, no habia de haber medio alguno que la rigurosa condicion de su hijo ablandase ni redujese á tener paz con Ricaredo, determinó de hacer una de las mayores crueldades que pudo caber jamas en pensamiento de mujer principal, y tanto como ella lo era; y fué su determinacion matar con tósigo á Isabela: y como por la mayor parte sea la condicion de las mujeres ser prestas y determinadas, aquella misma tarde atosigó á Isabela en una conserva que le dió, forzándola que la tomase por ser buena contra las ansias de corazon que sentia.