Luego imaginó Isabela que el haber dejado Ricaredo á Ingalaterra, seria para venirla á buscar á España; y alentada con esta esperanza vivia la mas contenta del mundo, y procuraba vivir de manera que cuando Ricaredo llegase á Sevilla, ántes le diese en los oidos la fama de sus virtudes, que el conocimiento de su casa. Pocas ó ninguna vez salia de su casa sino para el monasterio: no ganaba otros jubileos que aquellos que en el monasterio se ganaban. Desde su casa y desde su oratorio andaba con el pensamiento los viérnes de cuaresma la santísima estacion de la cruz, y los siete venideros del Espíritu Santo: jamas visitó el rio, ni pasó á Triana, ni vió el comun regocijo en el campo de Tablada y puerta de Jerez el dia, si le hace claro, de San Sebastian, celebrado de tanta gente que apénas se puede reducir á número: finalmente, no vió regocijo público, ni otra fiesta en Sevilla: todo lo libraba en su recogimiento, y en sus oraciones y buenos deseos, esperando á Ricaredo. Este su grande retraimiento tenia abrasados y encendidos los deseos, no solo de los pisaverdes del barrio, sino de todos aquellos que una vez la hubiesen visto: de aquí nacieron músicas de noche en su calle, y carreras de dia. Deste no dejar verse y desearlo muchos, crecieron las alhajas de las terceras, que prometieron mostrarse primas y únicas en solicitar á Isabela, y no faltó quien se quiso aprovechar de lo que llaman hechizos, que no son sino embustes y disparates; pero á todo esto estaba Isabela como roca en mitad de la mar, que la tocan, pero no la mueven las olas ni los vientos.

Año y medio era ya pasado, cuando la esperanza propincua de los dos años por Ricaredo prometidos, comenzó con mas ahinco que hasta allí á fatigar el corazon de Isabela; y cuando ya le parecia que su esposo llegaba, y que le tenia ante los ojos, y le preguntaba qué impedimentos le habian detenido tanto; cuando ya llegaban á sus oidos las disculpas de su esposo, y cuando ya ella le perdonaba y le abrazaba, y como á mitad de su alma le recebia, llegó á sus manos una carta de la señora Catalina, fecha en Lóndres cincuenta dias habia: venia en lengua inglesa; pero leyéndola en español, vió que así decia:

«Hija de mi alma: Bien conociste á Guillarte el paje de Ricaredo: este se fué con él al viaje, que por otra te avisé que Ricaredo á Francia y á otras partes habia hecho el segundo dia de tu partida; pues este mismo Guillarte, á cabo de diez y seis meses que no habíamos sabido de mi hijo, entró ayer por nuestra puerta con nuevas que el conde Arnesto habia muerto á traicion en Francia á Ricaredo. Considera, hija, cuál quedaríamos su padre y yo, y su esposa con tales nuevas: tales digo, que aun no nos dejaron poner en duda nuestra desventura. Lo que Clotaldo y yo te rogamos otra vez, hija de mi alma, es que encomiendes muy de veras á Dios la de Ricaredo, que bien merece este beneficio el que tanto te quiso como tú sabes: tambien pedirás á nuestro Señor nos dé á nosotros paciencia y buena muerte, á quien nosotros tambien pediremos y suplicaremos te dé á tí y á tus padres largos años de vida.»

Por la letra y por la firma no le quedó que dudar á Isabela para no creer la muerte de su esposo: conocia muy bien al paje Guillarte, y sabia que era verdadero, y que de suyo no habria querido ni tenia para qué fingir aquella muerte, ni ménos su madre la señora Catalina la habria fingido, por no importarle nada enviarle nuevas de tanta tristeza: finalmente, ningun discurso que hizo, ninguna cosa que imaginó le pudo quitar del pensamiento no ser verdadera la nueva de su desventura.

Acabada de leer la carta, sin derramar lágrimas, ni dar señales de doloroso sentimiento, con sesgo rostro y al parecer con sosegado pecho se levantó de un estrado donde estaba sentada, y se entró en un oratorio, y hincándose de rodillas ante la imágen de un devoto crucifijo, hizo voto de ser monja, pues lo podia ser teniéndose por viuda. Sus padres disimularon y encubrieron con discrecion la pena que les habia dado la triste nueva, por poder consolar á Isabela en la amarga que sentia; la cual, casi como satisfecha de su dolor, templándole con la santa y cristiana resolucion que habia tomado, ella consolaba á sus padres, á los cuales descubrió su intento, y ellos le aconsejaron que no le pusiese en ejecucion hasta que pasasen los dos años que Ricaredo habia puesto por término á su venida, que con esto se confirmaria la verdad de la muerte de Ricaredo, y ella con mas seguridad podia mudar de estado. Ansí lo hizo Isabela, y los seis meses y medio que quedaban para cumplirse los dos años, los pasó en ejercicios de religiosa, y en concertar la entrada del monasterio, habiendo elegido el de Santa Paula, donde estaba su prima.

Pasóse el término de los dos años, y llegóse el dia de tomar el hábito, cuya nueva se estendió por la ciudad, y de los que conocian de vista á Isabela, y de aquellos que por sola su fama, se llenó el monasterio y la poca distancia que dél á la casa de Isabela habia; y convidando su padre á sus amigos, y aquellos á otros, hicieron á Isabela uno de los mas honrados acompañamientos que en semejantes actos se habian visto en Sevilla. Hallóse en él el asistente, y el provisor de la Iglesia, y vicario del arzobispo, con todas las señoras y señores de título que habia en la ciudad: tal era el deseo que en todos habia de ver el sol de la hermosura de Isabela, que tantos meses se les habia eclipsado: y como es costumbre de las doncellas que van á tomar el hábito ir lo posible galanas y bien compuestas, como quien en aquel punto echa el resto de la bizarría y se descarta della, quiso Isabela ponerse lo mas bizarra que fué posible; y así se vistió con aquel vestido mismo que llevó cuando fué á ver á la reina de Ingalaterra, que ya se ha dicho cuán rico y cuán vistoso era: salieron á luz las perlas y el famoso diamante, con el collar y cintura, que asimismo era de mucho valor. Con este adorno y con su gallardía, dando ocasion para que todos alabasen á Dios en ella, salió Isabela de su casa á pié, que el estar tan cerca el monasterio escusó los coches y carrozas: el concurso de la gente fué tanto, que les pesó de no haber entrado en los coches, porque no les daban lugar de llegar al monasterio: unos bendecian á sus padres, otros al cielo que de tanta hermosura la habia dotado: unos se empinaban por verla; otros, habiéndola visto una vez, corrian adelante por verla otra: y el que mas solícito se mostró en esto, y tanto que muchos echaron de ver en ello, fué un hombre vestido en hábito de los que vienen rescatados de cautivos, con una insignia de la Trinidad en el pecho en señal que han sido rescatados por la limosna de sus redentores. Este cautivo pues, al tiempo que ya Isabela tenia un pié dentro de la portería del convento, donde habian salido á recebirla, como es uso, la priora y las monjas con la cruz, á grandes voces dijo:

—Detente, Isabela, detente, que miéntras yo fuere vivo no puedes tu ser religiosa.

Á estas voces Isabela y sus padres volvieron los ojos, y vieron que hendiendo por toda la gente hácia ellos venia aquel cautivo, que habiéndosele caido un bonete azul redondo que en la cabeza traia, descubrió una confusa madeja de cabellos de oro ensortijados, y un rostro como el carmin y como la nieve, colorado y blanco, señales que luego le hicieron conocer y juzgar por estranjero de todos. En efecto, cayendo y levantando llegó donde Isabela estaba, y asiéndola de la mano, le dijo:

—¿Conócesme, Isabela? mira que yo soy Ricaredo, tu esposo.

—Sí conozco, dijo Isabela, si ya no eres fantasma que viene á turbar mi reposo.