Sus padres le asieron y atentamente le miraron, y en resolucion conocieron ser Ricaredo el cautivo: el cual con lágrimas en los ojos, hincando las rodillas delante de Isabela, le suplicó que no impidiese la estrañeza del traje en que estaba su buen conocimiento, ni estorbase su baja fortuna, que ella no correspondiese á la palabra que entre los dos se habian dado. Isabela, á pesar de la impresion que en su memoria habia hecho la carta de la madre de Ricaredo, dándole nuevas de su muerte, quiso dar mas crédito á sus ojos y á la verdad que presente tenia; y así abrazándose con el cautivo, le dijo:
—Vos sin duda, señor mio, sois aquel que solo podrá impedir mi cristiana determinacion: vos, señor, sois sin duda la mitad de mi alma, pues sois mi verdadero esposo: estampado os tengo en mi memoria, y guardado en mi alma: las nuevas que de vuestra muerte me escribió mi señora y vuestra madre, ya que no me quitaron la vida, me hicieron escoger la de la religion, que en este punto queria entrar á vivir en ella; mas pues Dios con tan justo impedimento muestra querer otra cosa, ni podemos ni conviene que por mi parte se impida: venid, señor, á la casa de mis padres, que es vuestra, y allí os entregaré mi posesion por los términos que pido nuestra santa fe católica.
Todas estas razones oyeron los circunstantes, y el asistente, y vicario, y provisor del arzobispo, y de oirlas se admiraron y suspendieron, y quisieron que luego se les dijese qué historia era aquella, qué estranjero aquel, y de qué casamiento trataban. Á todo lo cual respondió el padre de Isabela, diciendo que aquella historia pedia otro lugar y algun término para decirse; y así suplicaba á todos aquellos que quisiesen saberla, diesen la vuelta á su casa, pues estaba tan cerca, que allí se la contarian de modo que con la verdad quedasen satisfechos, y con la grandeza y estrañeza de aquel suceso admirados. En esto, uno de los presentes alzó la voz, diciendo:
—Señores, este mancebo es un gran cosario inglés, que yo le conozco, y es aquel que habrá poco mas de dos años tomó á los cosarios de Argel la nave de Portugal que venia de las Indias: no hay duda sino que es él, que yo le conozco; porque él me dió libertad y dineros para venir á España, y no solo á mí, sino á otros trescientos cautivos.
Con estas razones se alborotó la gente, y se avivó el deseo que todos tenian de saber y ver la claridad de tan intricadas cosas. Finalmente, la gente mas principal con el asistente y aquellos dos señores eclesiásticos volvieron á acompañar á Isabela á su casa, dejando á las monjas tristes, confusas y llorando por lo que perdian en no tener en su compañía á la hermosa Isabela, la cual estando en su casa, en una gran sala della hizo que aquellos señores se sentasen; y aunque Ricaredo quiso tomar la mano en contar su historia, todavía le pareció que era mejor fiarlo de la lengua y discrecion de Isabela, y no de la suya, que no muy espertamente hablaba la lengua castellana.
Callaron todos los presentes, y teniendo las almas pendientes de las razones de Isabela, ella así comenzó su cuento: el cual le reduzco yo á que dijo todo aquello que, desde el dia que Clotaldo la robó de Cádiz hasta que entró y volvió á él, le habia sucedido, contando asimismo la batalla que Ricaredo habia tenido con los turcos: la liberalidad que habia usado con los cristianos: la palabra que entrambos á dos se habian dado de ser marido y mujer: la promesa de los dos años: las nuevas que habia tenido de su muerte, tan ciertas á su parecer, que la pusieron en el término que habian visto de ser religiosa: engrandeció la liberalidad de la reina: la cristiandad de Ricaredo y de sus padres; y acabó con decir que dijese Ricaredo lo que le habia sucedido despues que salió de Lóndres hasta el punto presente, donde le veian con hábito de cautivo, y con una señal de haber sido rescatado por limosna.
—Así es, dijo Ricaredo, y en breves razones sumaré los inmensos trabajos mios.
Despues que me partí de Lóndres por escusar el casamiento que no podia hacer con Clisterna, aquella doncella escocesa católica con quien ha dicho Isabela que mis padres me querian casar, llevando en mi compañía á Guillarte, aquel paje que mi madre escribe que llevó á Lóndres las nuevas de mi muerte, atravesando por Francia llegué á Roma, donde se alegró mi alma y se fortaleció mi fe: besé los piés al Sumo Pontífice, confesé mis pecados con el mayor penitenciero, absolvióme dellos, y dióme los recaudos necesarios que diesen fe de mi confesion y penitencia, y de la reduccion que habia hecho á nuestra universal madre la Iglesia. Hecho esto, visité los lugares tan santos como innumerables que hay en aquella ciudad santa, y de dos mil escudos que tenia en oro, di los mil y seiscientos á un cambio, que me los libró en esta ciudad sobre un tal Roqui, florentin: con los cuatrocientos que me quedaron, con intencion de venir á España me partí para Génova, donde habia tenido nuevas que estaban dos galeras de aquella señoría, de partida para España. Llegué con Guillarte mi criado á un lugar que se llama Aquapendente, que viniendo de Roma á Florencia es el último que tiene el Papa, y en una hostería ó posada donde me apeé, hallé al conde Arnesto, mi mortal enemigo, que con cuatro criados disfrazados, y encubierto, mas por ser curioso que por ser católico, entendí que iba á Roma; creí sin duda que no me habia conocido; encerréme en un aposento con mi criado, y estuve con cuidado y con determinacion de mudarme á otra posada en cerrando la noche: no lo hice ansí, porque el descuido grande que noté que tenian el conde y sus criados, me aseguró que no me habian conocido; cené en mi aposento, cerré la puerta, apercebí mi espada, encomendéme á Dios y no quise acostarme; durmióse mi criado, y yo sobre una silla me quedé medio dormido; mas poco despues de la media noche me despertaron para hacerme dormir el eterno sueño cuatro pistoletes que, como despues supe, dispararon contra mí el conde y sus criados, y dejándome por muerto, teniendo ya á punto los caballos se fueron, diciendo al huésped de la posada que me enterrase, porque era hombre principal.
Mi criado, segun dijo despues el huésped, despertó al ruido, y con el miedo se arrojó por una ventana que caia á un patio, y diciendo: ¡desventurado de mí, que han muerto á mi señor! se salió del meson; y debió de ser con tal miedo, que no debió de parar hasta Lóndres, pues él fué el que llevó las nuevas de mi muerte.
Subieron los de la hostería, y halláronme atravesado con cuatro balas, y con muchos perdigones; pero todos por partes, que de ninguna fué mortal la herida. Pedí confesion, y todos los sacramentos como católico cristiano; diéronmelos, curáronme, y no estuve para ponerme en camino en dos meses, al cabo de los cuales vine á Génova, donde no hallé otro pasaje, sino en dos falucas que fletamos yo y otros dos principales españoles, la una para que fuese delante descubriendo, y la otra donde nosotros fuésemos.