Con esta seguridad nos embarcamos, navegando tierra á tierra con intencion de no engolfarnos; pero llegando á un paraje que llaman las Tres Marías, que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluca descubriendo, á deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos á embestir en ella nos cortaron el camino, y nos cautivaron: en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes: despojaron las falucas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en tierra sin echarlas á fondo, diciendo que aquellas les servirian otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos á los despojos que de los cristianos toman: bien se me podrá creer, si digo que sentí en el alma mi cautiverio, y sobre todo la pérdida de los recaudos de Roma, donde en una caja de lata los traia, con la cédula de los mil y seiscientos ducados; mas la buena suerte quiso que viniese á manos de un cristiano cautivo español, que los guardó; que si viniera á poder de los turcos, por lo ménos habia de dar por mi rescate lo que rezaba la cédula, que ellos averiguarian cuya era.
Trujéronnos á Argel, donde hallé que estaban rescatando los padres de la Santísima Trinidad: hablélos, díjeles quién era, y movidos de caridad, aunque yo era estranjero, me rescataron en esta forma: que dieron por mí trescientos ducados, los ciento luego, y los doscientos cuando volviese el bajel de la limosna á rescatar al padre de la redencion, que se quedaba en Argel empeñado en cuatro mil ducados, que habia gastado mas de los que traia; porque á toda esta misericordia y liberalidad se estiende la caridad destos padres, que dan su libertad por la ajena, y se quedan cautivos por rescatar los cautivos. Por añadidura del bien de mi libertad hallé la caja perdida, con los recaudos y la cédula: mostrésela al bendito padre que me habia rescatado, y ofrecíle quinientos ducados mas de los de mi rescate para ayuda de su empeño. Casi un año se tardó en volver la nave de la limosna; y lo que en este año me pasó, á poderlo contar ahora, fuera otra nueva historia: solo diré que fuí conocido de uno de los veinte turcos, que di libertad con los demas cristianos ya referidos, y fué tan agradecido y tan hombre de bien, que no quiso descubrirme; porque á conocerme los turcos por aquel que habia echado á fondo sus dos bajeles, y quitádoles de las manos la gran nave de India, ó me presentaran al Gran Turco, ó me quitaran la vida; y de presentarme al Gran Señor redundara no tener libertad en mi vida. Finalmente, el padre redentor vino á España conmigo, y con otros cincuenta cristianos rescatados. En Valencia hicimos la procesion general, y desde allí cada uno se partió donde mas le plugo, con las insignias de su libertad, que son estos hábitos: hoy llegué á esta ciudad con tanto deseo de ver á Isabela mi esposa, que sin detenerme á otra cosa, pregunté por este monasterio, donde me habian de dar nuevas de mi esposa: lo que en él me ha sucedido ya se ha visto: lo que queda por ver son estos recaudos, para que se pueda tener por verdadera mi historia, que tiene tanto de milagrosa como de verdadera.
Y luego en diciendo esto, sacó de una caja de lata los recaudos que decia, y se los puso en las manos del provisor, que los vió junto con el señor asistente, y no halló en ellos cosa que le hiciese dudar de la verdad que Ricaredo habia contado. Y para mas confirmacion della, ordenó el cielo que se hallase presente á todo esto el mercader florentin, sobre quien venia la cédula de los mil y seiscientos ducados, el cual pidió que le mostrasen la cédula, y mostrándosela la reconoció, y la aceptó para luego, porque él muchos meses habia que tenia aviso desta partida: todo esto fué añadir admiracion á admiracion y espanto á espanto. Ricaredo dijo que de nuevo ofrecia los quinientos ducados que habia prometido. Abrazó el asistente á Ricaredo y á los padres de Isabela, y á ella, ofreciéndoseles á todos con corteses razones. Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y rogaron á Isabela que pusiese toda aquella historia por escrito, para que la leyese su señor al arzobispo, y ella lo prometió.
El grande silencio que todos los circunstantes habian tenido, escuchando el estraño caso, se rompió en dar alabanzas á Dios por sus grandes maravillas, y dando desde el mayor hasta el mas pequeño el parabien á Isabela, á Ricaredo y á sus padres, los dejaron: y ellos suplicaron al asistente honrase sus bodas, que de allí á ocho dias pensaban hacerlas. Holgó de hacerlo así el asistente, y de allí á ocho dias, acompañado de los mas principales de la ciudad, se halló en ellas.
Por estos rodeos y por estas circunstancias, los padres de Isabela cobraron su hija y restauraron su hacienda, y ella favorecida del cielo y ayudada de sus muchas virtudes, á despecho de tantos inconvenientes halló marido tan principal como Ricaredo, en cuya compañía se piensa que aun hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa Paula, que despues las compraron de los herederos de un hidalgo burgales, que se llamaba Hernando de Cifuentes.
Esta novela nos podria enseñar cuánto puede la virtud y cuánto la hermosura, pues son bastante juntas y cada una de por sí á enamorar aun hasta los mismos enemigos, y de cómo sabe el cielo sacar de las mayores adversidades nuestras, nuestros mayores provechos.
EL LICENCIADO VIDRIERA.
Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes, hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir tambien.