Confuso dejaron las razones de Leocadia á Rodolfo, y como mozo poco esperimentado, ni sabia qué decir, ni qué hacer, cuyo silencio admiraba mas á Leocadia, la cual con las manos procuraba desengañarse si era fantasma ó sombra el que con ella estaba; pero como tocaba cuerpo y se le acordaba de la fuerza que se le habia hecho viniendo con sus padres, caia en la verdad del cuento de su desgracia; y con este pensamiento tornó á añudar las razones que los muchos sollozos y suspiros habian interrumpido, diciendo:
—Atrevido mancebo, que de poca edad hacen tus hechos que te juzgue, yo te perdono la ofensa que me has hecho, con solo que me prometas y jures que como la has cubierto con esta escuridad, la cubrirás con perpetuo silencio sin decirla á nadie: poca recompensa te pido de tan grande agravio; pero para mí será la mayor que yo sabré pedirte, ni tú querrás darme: advierte en que yo nunca he visto tu rostro, ni quiero verle, porque ya que se me acuerde de mi ofensa, no quiero acordarme de mi ofensor, ni guardar en la memoria la imágen del autor de mi daño: entre mí y el cielo pasarán mis quejas, sin querer que las oiga el mundo, el cual no juzga por los sucesos las cosas, sino conforme á él se asienta en la estimacion: no sé cómo te digo estas verdades, que se suelen fundar en la esperiencia de muchos casos y en el discurso de muchos años, no llegando los mios á diez y siete; por do me doy á entender que el dolor de una misma manera ata y desata la lengua del afligido, unas veces exagerando su mal para que se le crean, otras veces no diciéndole porque no se le remedien: de cualquier manera, que yo calle ó hable, creo que he de moverte á que me creas, ó que me remedies, pues el no creerme será ignorancia, y el remediarme imposible de tener algun alivio: no quiero desesperarme, porque te costará poco el dármele, y es este: mira, no aguardes ni confíes que el discurso del tiempo temple la justa saña que contra tí tengo, ni quieras amontonar los agravios: miéntras ménos me gozares, y habiéndome ya gozado, ménos se encenderán tus malos deseos: haz cuenta que me ofendiste por accidente, sin dar lugar á ningun buen discurso; yo la haré de que no nací en el mundo, ó que si nací fué para ser desdichada: ponme luego en la calle, ó á lo ménos junto á la iglesia mayor, porque desde allí bien sabré volverme á mi casa; pero tambien has de jurar de no seguirme, ni saberla, ni preguntarme el nombre de mis padres, ni el mio, ni el de mis parientes; que á ser tan ricos como nobles, no fueran en mí tan desdichados: respóndeme á esto, y si temes que te pueda conocer con la habla, hágote saber, que fuera de mi padre y de mi confesor, no he hablado con hombre alguno en mi vida, y á pocos he oido hablar en tanta comunicacion, que pueda distinguirles por el sonido de la habla.
La respuesta que dió Rodolfo á las discretas razones de la lastimada Leocadia, no fué otra que abrazarla, dando muestras que queria volver á confirmar en él su gusto, y en ella su deshonra. Lo cual visto por Leocadia, con mas fuerzas de las que su tierna edad prometia, se defendió con los piés, con las manos, con los dientes y con la lengua, diciéndole:
—Haz cuenta, traidor y desalmado hombre, quien quiera que seas, que los despojos que de mí has llevado, son los que pudiste tomar de un tronco ó de una coluna sin sentido, cuyo vencimiento y triunfo ha de redundar en tu infamia y menosprecio; pero el que ahora pretendes no le has de alcanzar sino con mi muerte: desmayada me pisaste y aniquilaste, mas ahora que tengo brios, ántes podrás matarme: que si ahora despierta sin resistencia concediese con tan abominable gusto, podrias imaginar que mi desmayo fué fingido, cuando te atreviste á destruirme.
Finalmente, tan gallarda y porfiadamente se resistió Leocadia, que las fuerzas y los deseos de Rodolfo se enflaquecieron; y como la insolencia que con Leocadia habia usado no tuvo otro principio que de un ímpetu lascivo, del cual nunca nace el verdadero amor que permanece, en lugar del ímpetu que se pasa, queda, si no el arrepentimiento, á lo ménos una tibia voluntad de segundalle. Frio pues y cansado Rodolfo, sin hablar palabra alguna, dejó á Leocadia en su cama, en su casa, y cerrando el aposento, se fué á buscar á sus camaradas para aconsejarse con ellos de lo que hacer debia.
Sintió Leocadia que quedaba sola y encerrada, y levantándose del lecho, anduvo todo el aposento, tentando las paredes con las manos, por ver si hallaba puerta por do irse, ó ventana por do arrojarse: halló la puerta, pero bien cerrada, y topó una ventana que pudo abrir, por donde entró el resplandor de la luna, tan clara, que pudo distinguir Leocadia las colores de unos damascos que el aposento adornaban: vió que era dorada la cama, y tan ricamente compuesta, que mas parecia lecho de príncipe, que de algun particular caballero: contó las sillas y los escritorios: notó la parte donde la puerta estaba, y aunque vió pendientes de las paredes algunas tablas, no pudo alcanzar á ver las pinturas que contenian: la ventana era grande, guarnecida y guardada de una gruesa reja; la vista caia á un jardin que tambien se cerraba con paredes altas: dificultades que se opusieron á la intencion que de arrojarse á la calle tenia: todo lo que vió y notó de la capacidad y ricos adornos de aquella estancia, le dió á entender que el dueño della debia de ser hombre principal y rico, y no como quiera, sino aventajadamente: en un escritorio que estaba junto á la ventana, vió un crucifijo pequeño todo de plata, el cual tomó, y se le puso en la manga de la ropa, no por devocion ni por hurto, sino llevada de un discreto designio suyo: hecho esto, cerró la ventana como ántes estaba, y volvióse al lecho, esperando qué fin tendria el mal principio de su suceso.
No habria pasado á su parecer media hora, cuando sintió abrir la puerta del aposento, y que á ella se llegó una persona, y sin hablar palabra, con un pañuelo le vendó los ojos, y tomándola del brazo la sacó fuera de la estancia, y sintió que volvia á cerrar la puerta. Esta persona era Rodolfo, el cual, aunque habia ido á buscar á sus camaradas, no quiso hallarlos, pareciéndole que no le estaba bien hacerlos testigos de lo que con aquella doncella habia pasado; ántes se resolvió en decirles que arrepentido del mal hecho y movido de sus lágrimas, la habia dejado en la mitad del camino. Con este acuerdo volvió tan presto á poner á Leocadia junto á la iglesia mayor, como ella se lo habia pedido, ántes que amaneciese y el dia le estorbase de echalla y le forzase á tenerla en su aposento hasta la noche venidera, en el cual espacio de tiempo, ni él queria volver á usar de sus fuerzas, ni dar ocasion á ser conocido.
Llevóla pues hasta la plaza que llaman de Ayuntamiento, y allí en voz trocada y en lengua medio portuguesa y castellana, le dijo que seguramente podia irse á su casa, porque de nadie seria seguida; y ántes que ella tuviese lugar de quitarse el pañuelo, ya él se habia puesto en parte donde no pudiese ser visto.
Quedó sola Leocadia, quitóse la venda, reconoció el lugar donde la dejaron, miró á todas partes, no vió á persona; pero sospechosa que desde léjos la siguiesen, á cada paso se detenia, dándolos hácia su casa, que no muy léjos de allí estaba: y por desmentir las espías, si acaso le seguian, se entró en una casa que halló abierta, y de allí á poco se fué á la suya, donde halló á sus padres atónitos y sin desnudarse, y aun sin tener pensamiento de tomar descanso alguno.
Cuando la vieron corrieron á ella con los brazos abiertos, y con lágrimas en los ojos la recebieron. Leocadia, llena de sobresalto y alborozo, hizo á sus padres que se retirasen con ella aparte, como lo hicieron, y allí en breves palabras les dió cuenta de todo su desastrado suceso, con todas las circunstancias dél, y de la ninguna noticia que traia del salteador y robador de su honra: díjoles lo que habia visto en el teatro donde se representó la tragedia de su desventura: la ventana, el jardin, la reja, los escritorios, la cama, los damascos, y á lo último les mostró el crucifijo que habia traido, ante cuya imágen se renovaron las lágrimas, se hicieron deprecaciones, se pidieron venganzas y desearon milagrosos castigos: dijo ansimismo, que aunque ella no deseaba venir en conocimiento de su ofensor, que si á sus padres les parecia ser bien conocelle, que por medio de aquella imágen podrian, haciendo que los sacristanes dijesen en los púlpitos de todas las parroquias de la ciudad, que el que hubiese perdido tal imágen la hallaria en poder del religioso que ellos señalasen; y que ansí, sabiendo el dueño de la imágen, se sabria la casa y aun la persona de su enemigo.