Á esto replicó el padre:

—Bien habias dicho, hija, si la malicia ordinaria no se opusiera á tu discreto discurso, pues está claro que esta imágen hoy en este dia se ha de echar ménos en el aposento que dices, y el dueño della ha de tener por cierto que la persona que con él estuvo se la llevó, y de llegar á su noticia que la tiene algun religioso, ántes ha de servir de conocer quién se la dió al tal que la tiene, que no de declarar el dueño que la perdió; porque puede hacer que venga por ella otra á quien el dueño haya dado las señas; y siendo esto ansí, ántes quedaremos confusos que informados, puesto que podamos usar del mismo artificio que sospechamos, dándola al religioso por tercera persona: lo que has de hacer, hija, es guardarla y encomendarte á ella, que pues ella fué testigo de tu desgracia, permitirá que haya juez que vuelva por tu justicia; y advierte, hija, que mas lastima una onza de deshonra pública, que una arroba de infamia secreta; y pues puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto: la verdadera deshonra está en el pecado, y la verdadera honra en la virtud: con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende á Dios; y pues tú ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido, tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamas te mire sino como verdadero padre tuyo.

Con estas prudentes razones consoló su padre á Leocadia; y abrazándola de nuevo su madre, procuró tambien consolarla: ella gimió y lloró de nuevo, y se redujo á cubrir la cabeza, como dicen, y á vivir recogidamente debajo del amparo de sus padres, con vestido tan honesto como pobre.

Rodolfo en tanto vuelto á su casa, echando ménos la imágen del crucifijo, imaginó quién podia haberla llevado; pero no se le dió nada, y como rico no hizo cuenta dello, ni sus padres se la pidieron, cuando de allí á tres dias que él partió á Italia, entregó por cuenta á una camarera de su madre todo lo que en el aposento dejaba.

Muchos dias habia que tenia Rodolfo determinado de pasar á Italia, y su padre, que habia estado en ella, se lo persuadia, diciéndole que no eran caballeros los que solamente lo eran en su patria, que era menester serlo tambien en las ajenas. Por estas y otras razones se dispuso la voluntad de Rodolfo de cumplir la de su padre, el cual le dió crédito de muchos dineros para Barcelona, Génova, Roma y Nápoles; y él con dos de sus camaradas se partió luego, goloso de lo que habia oido decir á algunos soldados de la abundancia de las hosterías de Italia y Francia, y de la libertad que en los alojamientos tenian los españoles. Sonábale bien aquel: Eco li buoni polastri, picioni, presuto et salcicie, con otros nombres deste jaez, de quien los soldados se acuerdan cuando de aquellas partes vienen á estas, y pasan por la estrecheza é incomodidades de las ventas y mesones de España. Finalmente, él se fué con tan poca memoria de lo que con Leocadia le habia sucedido, como si nunca hubiera pasado.

Ella en este entre tanto pasaba la vida en casa de sus padres con el recogimiento posible, sin dejar verse de persona alguna, temerosa que su desgracia se la habian de leer en la frente. Pero á pocos meses vió serle forzoso hacer por fuerza lo que hasta allí de grado hacia: vió que le convenia vivir retirada y escondida, porque se sintió preñada; suceso por el cual las en algun tanto olvidadas lágrimas volvieron á sus ojos, y los suspiros y lamentos comenzaron de nuevo á herir los vientos, sin ser parte la discrecion de su buena madre á consolalla. Voló el tiempo, y llegóse el punto del parto, y con tanto secreto, que aun no se osó fiar de la partera; usurpando este oficio la madre, dió á la luz del mundo un niño de los hermosos que pudieran imaginarse. Con el mismo recato y secreto que habia nacido le llevaron á una aldea, donde se crió cuatro años, al cabo de los cuales, con nombre de sobrino le trujo su abuelo á su casa, donde se criaba, si no muy rica, á lo ménos muy virtuosamente.

Era el niño (á quien pusieron nombre Luis, por llamarse así su abuelo) de rostro hermoso, de condicion mansa, de ingenio agudo, y en todas las acciones que en aquella edad tierna podia hacer, daba señales de ser de algun noble padre engendrado; y de tal manera su gracia, belleza y discrecion enamoraron á sus abuelos, que vinieron á tener por dicha la desdicha de su hija por haberles dado tal nieto. Cuando iba por la calle llovian sobre él millares de bendiciones: unos bendecian su hermosura, otros la madre que le habia parido, estos el padre que le engendró, aquellos á quien tan bien criado le criaba. Con este aplauso de los que le conocian y no conocian, llegó el niño á la edad de siete años, en la cual ya sabia leer latin y romance, y escribir formada y muy buena letra; porque la intencion de sus abuelos era hacerle virtuoso y sabio, ya que no le podian hacer rico: como si la sabiduría y la virtud no fuesen las riquezas sobre quien no tienen jurisdiccion los ladrones ni la que llaman fortuna.

Sucedió pues que un dia que el niño fué con un recaudo de su abuela á una parienta suya, acertó á pasar por una calle donde habia carrera de caballeros: púsose á mirar, y por mejorarse de puesto pasó de una parte á otra á tiempo que no pudo huir de ser atropellado de un caballo, á cuyo dueño no fué posible detenerle en la furia de su carrera: pasó por encima dél, y dejóle como muerto tendido en el suelo, derramando mucha sangre de la cabeza. Apénas esto hubo sucedido, cuando un caballero anciano que estaba mirando la carrera, con no vista lijereza se arrojó de su caballo, y fué donde estaba el niño, y quitándole de los brazos de uno que ya le tenia, le puso en los suyos, y sin tener cuenta con sus canas ni con su autoridad, que era mucha, á paso largo se fué á su casa, ordenando á sus criados que le dejasen y fuesen á buscar un cirujano que al niño curase. Muchos caballeros le siguieron lastimados de la desgracia de tan hermoso niño, porque luego salió la voz que el atropellado era Luisico, el sobrino del tal caballero, nombrando á su abuelo. Esta voz corrió de boca en boca hasta que llegó á los oidos de sus abuelos y de su encubierta madre, los cuales, certificados bien del caso, como desatinados y locos salieron á buscar á su querido; y por ser tan conocido y tan principal el caballero que le habia llevado, muchos de los que encontraron les dijeron su casa, á la cual llegaron á tiempo que ya estaba el niño en poder del cirujano.

El caballero y su mujer, dueños de la casa, pidieron á los que pensaron ser sus padres que no llorasen ni alzasen la voz á quejarse, porque no le seria al niño de ningun provecho. El cirujano, que era famoso, habiéndole curado con grandísimo tiento y maestría, dijo que no era tan mortal la herida como él al principio habia temido. En la mitad de la cura volvió Luis en su acuerdo, que hasta allí habia estado sin él, y alegróse en ver á sus tios, los cuales le preguntaron llorando que cómo se sentia. Respondió que bueno, sino que le dolia mucho el cuerpo y la cabeza. Mandó el médico que no hablasen con él, sino que le dejasen reposar: hízose ansí, y su abuelo comenzó á agradecer al señor de la casa la gran caridad que con su sobrino habia usado. Á lo cual respondió el caballero que no tenia que agradecelle; porque le hacia saber que cuando vió al niño caido y atropellado, le pareció que habia visto el rostro de un hijo suyo, á quien él queria tiernamente, y que esto le movió á tomarle en sus brazos y traerle á su casa, donde estaria todo el tiempo que la cura durase, con el regalo que fuese posible y necesario. Su mujer, que era una noble señora, dijo lo mismo, y hizo aun mas encarecidas promesas.

Admirados quedaron de tanta cristiandad los abuelos; pero la madre quedó mas admirada, porque habiendo con las nuevas del cirujano sosegádose algun tanto su alborotado espíritu, miró atentamente el aposento donde su hijo estaba, y claramente por muchas señales conoció que aquella era la estancia donde se habia dado fin á su honra y principio á su desventura; y aunque no estaba adornada de los damascos que entónces tenia, conoció la disposicion della, vió la ventana de la reja que caia al jardin, y por estar cerrada á causa del herido, preguntó si aquella ventana respondia á algun jardin. Y fuéle respondido que sí; pero lo que mas conoció fué que aquella era la misma cama que tenia por tumba de su sepultura; y mas que el propio escritorio, sobre el cual estaba la imágen que habia traido, se estaba en el mismo lugar.