Finalmente, sacaron á luz la verdad de todas sus sospechas los escalones que ella habia contado cuando la sacaron del aposento tapados los ojos, digo, los escalones que habia desde allí á la calle, que con advertencia discreta contó; y cuando volvió á su casa, dejando á su hijo, los volvió á contar y halló cabal el número; y confiriendo unas señales con otras, de todo punto certificó por verdadera su imaginacion, de lo cual dió por estenso cuenta á su madre, que como discreta se informó si el caballero donde su nieto estaba, habia tenido ó tenia algun hijo; y halló que el que llamamos Rodolfo lo era, y que estaba en Italia; tanteando el tiempo que le dijeron que habia faltado de España, vió que eran los mismos siete años que el nieto tenia.
Dió aviso de todo esto á su marido, y entre los dos y su hija acordaron de esperar lo que Dios hacia del herido, el cual dentro de quince dias estuvo fuera de peligro, y á los treinta se levantó, en todo el cual tiempo fué visitado de la madre y de la abuela, y regalado de los dueños de la casa como si fuera su mismo hijo; y algunas veces hablando con Leocadia Doña Estefanía, que así se llamaba la mujer del caballero, le decia que aquel niño se parecia tanto á un hijo suyo que estaba en Italia, que ninguna vez le miraba que no le pareciese ver á su hijo delante. Destas razones tomó ocasion de decirle una vez que se halló sola con ella, las que con acuerdo de sus padres habia determinado de decille, que fueron estas ú otras semejantes:
—El dia, señora, que mis padres oyeron decir que su sobrino estaba tan mal parado, creyeron y pensaron que se les habia cerrado el cielo y caido todo el mundo á cuestas: imaginaron que ya les faltaba la lumbre de sus ojos y el báculo de su vejez, faltándoles este sobrino á quien ellos quieren con amor de tal manera, que con muchas ventajas escede al que suelen tener otros padres á sus hijos; mas como decirse suele, que cuando Dios da la llaga da la medicina, la halló el niño en esta casa, y yo en ella el acuerdo de unas memorias que no las podré olvidar miéntras la vida me durare: yo, señora, soy noble, porque mis padres lo son, y lo han sido todos mis antepasados, que con una medianía de los bienes de fortuna han sustentado su honra felizmente donde quiera que han vivido.
Admirada y suspensa estaba Doña Estefanía escuchando las razones de Leocadia, y no podia creer, aunque lo veia, que tanta discrecion pudiese encerrarse en tan pocos años, puesto que á su parecer la juzgaba por de veinte, poco mas ó ménos; y sin decirle ni replicarle palabra, esperó todas las que quiso decirle, que fueron aquellas que bastaron para contarle la travesura de su hijo, la deshonra suya, el robo, el cubrirle los ojos, el traerla á aquel aposento, las señales en que habia conocido ser aquel mismo que sospechaba; para cuya confirmacion sacó del pecho la imágen del crucifijo, que habia llevado, á quien dijo:
—Tú, Señor, que fuiste testigo de la fuerza que se me hizo, sé juez de la enmienda que se me debe hacer: de encima de aquel escritorio te llevé con propósito de acordarte siempre mi agravio, no para pedirte venganza dél, que no la pretendo, sino para rogarte me dieses algun consuelo con que llevar en paciencia mi desgracia. Este niño, señora, con quien habeis mostrado el estremo de vuestra caridad, es vuestro verdadero nieto: permision fué del cielo el haberlo atropellado, para que trayéndole á vuestra casa, hallase yo en ella, como espero que he de hallar, si no el remedio que mejor convenga con mi desventura, á lo ménos el medio con que pueda sobrellevarla.
Diciendo esto, abrazada con el crucifijo, cayó desmayada en los brazos de Estefanía, la cual en fin, como mujer y noble, en quien la compasion y misericordia suele ser tan natural como la crueldad en el hombre, apénas vió el desmayo de Leocadia, cuando juntó su rostro con el suyo, derramando sobre él tantas lágrimas, que no fué menester esparcirle otra agua encima para que Leocadia en sí volviese.
Estando las dos desta manera, acertó á entrar el caballero, marido de Estefanía, que traia á Luisico de la mano, y viendo el llanto de Estefanía y el desmayo de Leocadia, preguntó á gran priesa le dijesen la causa de do procedia. El niño abrazaba á su madre por su prima y á su abuela por su bienhechora, y asimismo preguntaba por qué lloraban.
—Grandes cosas, señor, hay que deciros, respondió Estefanía á su marido, cuyo remate se acabará con deciros, que hagais cuenta que esta desmayada es hija vuestra y este niño vuestro nieto. Esta verdad que os digo me ha dicho esta niña, y la ha confirmado y confirma el rostro deste niño, en el cual entrambos habemos visto el de nuestro hijo.
—Si mas no os declarais, señora, yo no os entiendo, replicó el caballero.
En esto volvió en sí Leocadia, y abrazada del crucifijo, parecia estar convertida en un mar de llanto. Todo lo cual tenia puesto en gran confusion al caballero, de la cual salió contándole su mujer todo aquello que Leocadia le habia contado; y él lo creyó por divina permision del cielo, como si con muchos y verdaderos testigos se lo hubieran probado. Consoló y abrazó á Leocadia, besó á su nieto, y aquel mismo dia despacharon un correo á Nápoles, avisando á su hijo se viniese luego, porque le tenian concertado casamiento con una mujer hermosa sobremanera, y tal cual para él convenia. No consintieron que Leocadia ni su hijo volviesen mas á la casa de sus padres, los cuales contentísimos del buen suceso de su hija, daban infinitas gracias á Dios por ello.