Llegó el correo á Nápoles, y Rodolfo con la golosina de gozar tan hermosa mujer como su padre le significaba, de allí á dos dias que recebió la carta, ofreciéndosele ocasion de cuatro galeras que estaban á punto de venir á España, se embarcó en ellas con sus dos camaradas, que aun no le habian dejado, y con próspero suceso en doce dias llegó á Barcelona, y de allí por la posta en otros siete se puso en Toledo, y entró en casa de su padre, tan galan y tan bizarro, que los estremos de la gala y de la bizarría estaban en él todos juntos.
Alegráronse sus padres con la salud y bienvenida de su hijo. Suspendióse Leocadia, que de parte escondida le miraba por no salir de la traza y órden que Doña Estefanía le habia dado. Los camaradas de Rodolfo quisieran irse á sus casas luego, pero no lo consintió Estefanía por haberlos menester para su designio. Estaba cerca la noche cuando Rodolfo llegó, y en tanto que se aderezaba la cena, Estefanía llamó aparte los camaradas de su hijo, creyendo sin duda alguna que ellos debian de ser los dos de los tres que Leocadia habia dicho que iban con Rodolfo la noche que la robaron, y con grandes ruegos les pidió le dijesen si se acordaban que su hijo habia robado á una mujer tal noche, tantos años habia; porque el saber la verdad desto importaba la honra y el sosiego de todos sus parientes: y con tales y tantos encarecimientos se lo supo rogar, y de tal manera les asegurar que de descubrir este robo no les podia suceder daño alguno, que ellos tuvieron por bien de confesar ser verdad que una noche de verano, yendo ellos dos y otro amigo con Rodolfo, robaron en la misma que ella señalaba á una muchacha, y que Rodolfo se habia venido con ella miéntras ellos detenian á la gente de su familia, que con voces la querian defender, y que otro dia les habia dicho Rodolfo que la habia llevado á su casa, y solo esto era lo que podian responder á lo que les preguntaban.
La confesion destos dos fué echar la llave á todas las dudas que en tal caso se podian ofrecer; y así determinó de llevar al cabo su buen pensamiento, que fué este. Poco ántes que se sentasen á cenar, se entró en un aposento á solas su madre con Rodolfo, y poniéndole un retrato en las manos, le dijo:
—Yo quiero, Rodolfo hijo, darte una gustosa cena con mostrarte á tu esposa; este es su verdadero retrato; pero quiérote advertir que lo que le falta de belleza le sobra de virtud: es noble y discreta, y medianamente rica, y pues tu padre y yo te la hemos escogido, asegúrote que es la que te conviene.
Atentamente miró Rodolfo el retrato, y dijo:
—Si los pintores que ordinariamente suelen ser pródigos de la hermosura con los rostros que retratan, lo han sido tambien con este, sin duda creo que el original debe de ser la misma fealdad; á la fe, señora y madre mia, justo es y bueno que los hijos obedezcan á sus padres en cuanto les mandaren, pero tambien es conveniente y mejor que los padres den á sus hijos el estado de que mas gustaren; y pues el del matrimonio es ñudo que no le desata sino la muerte, bien será que sus lazos sean iguales y de unos mismos hilos fabricados: la virtud, la nobleza, la discrecion y los bienes de la fortuna bien pueden alegrar el entendimiento de aquel á quien le cupieron en suerte con su esposa; pero que la fealdad della alegre los ojos del esposo, paréceme imposible: mozo soy, pero bien se me entiende que se compadece con el sacramento del matrimonio el justo y debido deleite que los casados gozan; que si él falta, cojea el matrimonio y desdice de su segunda intencion; pues pensar que un rostro feo, que se ha de tener á todas horas delante de los ojos en la sala, en la mesa y en la cama, pueda deleitar, otra vez digo que lo tengo por casi imposible: por vida de vuesa merced, madre mia, que me dé compañera que me entretenga y no enfade; porque sin torcer á una ó á otra parte, igualmente y por camino derecho llevemos ambos á dos el yugo donde el cielo nos pusiere; si esta señora es noble, discreta y rica, como vuesa merced dice, no le faltará esposo que sea de diferente humor que el mio: unos hay que buscan nobleza, otros discrecion, otros dineros, y otros hermosura, y yo soy destos últimos; porque nobleza, gracias al cielo y á mis pasados, y á mis padres, ellos me la dejaron por herencia; discrecion, como una mujer no sea necia, tonta ó boba, bástale que ni por aguda despunte ni por boba no aproveche; de las riquezas, tambien las de mis padres me hacen no estar temeroso de venir á ser pobre: la hermosura busco, la belleza quiero, no con otra dote que con la de la honestidad y buenas costumbres, que si esto trae mi esposa, yo serviré á Dios con gusto y daré buena vejez á mis padres.
Contentísima quedó su madre de las razones de Rodolfo, por haber conocido por ellas que iba saliendo bien con su designio: respondióle que ella procuraria casarle conforme su deseo, que no tuviese pena alguna, que era fácil deshacerse los conciertos que de casarle con aquella señora estaban hechos. Agradecióselo Rodolfo, y por ser llegada la hora de cenar se fueron á la mesa; y habiéndose ya sentado á ella el padre y la madre, Rodolfo y sus dos camaradas, dijo doña Estefanía al descuido:
—¡Pecadora de mí, y qué bien que trato á mi huéspeda! andad vos, dijo á un criado, decid á la señora Doña Leocadia que sin entrar en cuentas con su mucha honestidad, nos venga á honrar esta mesa, que los que á ella están todos son mis hijos y sus servidores.
Todo esto era traza suya, y de todo lo que habia de hacer estaba avisada y advertida Leocadia. Poco tardó en salir Leocadia, y dar de sí la improvisa y mas hermosa muestra que pudo dar jamas compuesta y natural hermosura.
Venia vestida, por ser invierno, de una saya entera de terciopelo negro, llovida de botones de oro y perlas, cintura y collar de diamantes; sus mismos cabellos, que eran luengos y no demasiadamente rubios, le servian de adorno y tocas, cuya invencion de lazos, y rizos, y vislumbres de diamantes que con ellos se entretejian, turbaban la luz de los ojos que los miraban. Era Leocadia de gentil disposicion y brio; traia de la mano á su hijo, y delante della venian dos doncellas, alumbrándola con dos velas de cera en dos candeleros de plata.