Levantáronse todos á hacerla reverencia, como si fuera alguna cosa del cielo que allí milagrosamente se habia aparecido. Ninguno de los que allí estaban embebecidos mirándola, parece que de atónitos no acertaron á decirle palabra. Leocadia con airosa gracia y discreta crianza se humilló á todos, y tomándola de la mano Estefanía, la sentó junto á sí frontero de Rodolfo. Al niño sentaron junto á su abuelo.

Rodolfo, que desde mas cerca miraba la incomparable belleza de Leocadia, decia entre sí:

«Si la mitad desta hermosura tuviera la que mi madre me tiene escogida por esposa, tuviérame yo por el mas dichoso hombre del mundo. ¡Válame Dios! ¡qué es esto que veo! ¿es por ventura algun ángel humano el que estoy mirando?»

Y en esto se le iba entrando por los ojos á tomar posesion de su alma la hermosa imágen de Leocadia, la cual, en tanto que la cena venia, viendo tambien tan cerca de sí al que ya queria mas que á la luz de los ojos con que alguna vez á hurto le miraba, comenzó á revolver en su imaginacion lo que con Rodolfo habia pasado: comenzaron á enflaquecerse en su alma las esperanzas que de ser su esposo su madre le habia dado, temiendo que á la cortedad de su ventura habian de corresponder las promesas de su madre; consideraba cuán cerca estaba de ser dichosa ó sin dicha para siempre; y fué la consideracion tan intensa y los pensamientos tan revueltos, que le apretaron el corazon de manera, que comenzó á sudar y á perderse de color en un punto, sobreviniéndole un desmayo, que le forzó á reclinar la cabeza en los brazos de Doña Estefanía, que como ansí la vió, con turbacion la recebió en ellos.

Sobresaltáronse todos, y dejando la mesa, acudieron á remediarla. Pero el que dió mas muestras de sentirlo, fué Rodolfo, pues por llegar presto á ella tropezó y cayó dos veces. Ni por desabrocharla ni echarla agua en el rostro volvia en sí, ántes el levantado pecho y el pulso, que no se le hallaban, iban dando precisas señales de su muerte; y las criadas y criados de casa, como ménos considerados, dieron voces y la publicaron por muerta. Estas amargas nuevas llegaron á los oidos de los padres de Leocadia, que para mas gustosa ocasion los tenia Doña Estefanía escondidos. Los cuales con el cura de la parroquia, que ansimismo con ellos estaba, rompiendo el órden de Estefanía, salieron á la sala.

Llegó el cura presto, por ver si por algunas señales daba indicios de arrepentirse de sus pecados para absolverla dellos; y donde pensó hallar un desmayado, halló dos, porque ya estaba Rodolfo puesto el rostro sobre el pecho de Leocadia. Dióle su madre lugar que á ella llegase como á cosa que habia de ser suya; pero cuando vió que tambien estaba sin sentido, estuvo á pique de perder el suyo, y le perdiera, si no viera que Rodolfo tornaba en sí, como volvió, corrido de que le hubiesen visto hacer tan estremados estremos; pero su madre, casi como adivina de lo que su hijo sentia, le dijo:

—No te corras, hijo, de los estremos que has hecho, sino córrete de los que no hicieres, cuando sepas lo que no quiero tenerte mas encubierto, puesto que pensaba dejarlo hasta mas alegre coyuntura: has de saber, hijo de mi alma, que esta desmayada que en los brazos tengo, es tu verdadera esposa; llamo verdadera, porque yo y tu padre te la teníamos escogida, que la del retrato es falsa.

Cuando esto oyó Rodolfo, llevado de su amoroso y encendido deseo, y quitándole el nombre de esposo todos los estorbos que la honestidad y decencia del lugar le podian poner, se abalanzó al rostro de Leocadia, y juntando su boca con la della, estaba como esperando que se le saliese el alma para darle acogida en la suya. Pero cuando mas las lágrimas de todos por lástima crecian, y por dolor las voces se aumentaban, y los cabellos y barbas de la madre y padre de Leocadia arrancados venian á ménos, y los gritos de su hijo penetraban los cielos, volvió en sí Leocadia, y con su vuelta volvió la alegría y el contento que de los pechos de los circunstantes se habia ausentado.

Hallóse Leocadia entre los brazos de Rodolfo, y quisiera con honesta fuerza desasirse dellos; pero él le dijo:

—No, señora, no ha de ser ansí, no es bien que pugneis por apartaros de los brazos de aquel que os tiene en el alma.