Á esta razon acabó de todo en todo de cobrar Leocadia sus sentidos, y acabó Doña Estefanía de no llevar mas adelante su determinacion primera, diciendo al cura que luego desposase á su hijo con Leocadia; él lo hizo ansí, que por haber sucedido este caso en tiempo cuando con sola la voluntad de los contrayentes, sin las diligencias y prevenciones justas y santas que ahora se usan, quedaba hecho el matrimonio, no hubo dificultad que impidiese el desposorio.

El cual hecho, déjese á otra pluma y á otro ingenio mas delicado que el mio el contar la alegría universal de todos los que en él se hallaron; los abrazos que los padres de Leocadia dieron á Rodolfo; las gracias que dieron al cielo y á sus padres; los ofrecimientos de las partes; la admiracion de los camaradas de Rodolfo, que tan impensadamente vieron la misma noche de su llegada tan hermoso desposorio, y mas cuando supieron, por contarlo delante de todos Doña Estefanía, que Leocadia era la doncella que en su compañía su hijo habia robado, de que no ménos suspenso quedó Rodolfo; y por certificarse mas de aquella verdad, preguntó á Leocadia le dijese alguna señal por donde viniese en conocimiento entero de lo que no dudaba, por parecerle que sus padres lo tendrian bien averiguado.

Ella respondió:

—Cuando yo recordé y volví en mí de otro desmayo, me hallé, señor, en vuestros brazos sin honra; pero yo lo doy por bien empleado, pues al volver del que ahora he tenido, ansimismo me hallé en los brazos del de entónces, pero honrada; y si esta señal no basta, baste la de una imágen de un crucifijo, que nadie os la pudo hurtar sino yo: si es que por la mañana le echastes ménos, y si es el mismo que tiene mi señora...

—Vos lo sois de mi alma, y lo seréis los años que Dios ordenare, bien mio.

Y abrazándola de nuevo volvieron las bendiciones y parabienes que les dieron.

Vino la cena, y vinieron músicos que para esto estaban prevenidos. Vióse Rodolfo á sí mismo en el espejo del rostro de su hijo; lloraron sus cuatro abuelos de gusto; no quedó rincon en toda la casa que no fuese visitado del júbilo, del contento y de la alegría; y aunque la noche volaba con sus lijeras y negras alas, le parecia á Rodolfo que iba y caminaba no con alas, sino con muletas: tan grande era el deseo de verse á solas con su querida esposa.

Llegóse en fin la hora deseada, porque no hay fin que no le tenga. Fuéronse á acostar todos, quedó toda la casa sepultada en silencio, en el cual no quedará la verdad deste cuento, pues no lo consentirán los muchos hijos y la ilustre descendencia que en Toledo dejaron, y agora viven, estos dos venturosos desposados, que muchos y felices años gozaron de sí mismos, de sus hijos y de sus nietos, permitido todo por el cielo y por La Fuerza de la Sangre, que vió derramada en el suelo el valeroso, ilustre y cristiano abuelo de Luisico.


EL CELOSO ESTREMEÑO.