Rogáronle que hiciese de suerte que ellas le viesen, y que no le dejase ir en quince dias de casa, que ellas le regalarian muy bien, y darian cuanto hubiese menester. Preguntáronle qué modo habia tenido para meterle en casa. Á esto no les respondió palabra: á lo demas dijo que para poderle ver hiciesen un agujero pequeño en el torno, que despues lo taparian con cera, y que á lo de tenerle en casa, que él lo procuraria.
Hablólas tambien Loaysa, ofreciéndoseles á su servicio con tan buenas razones, que ellas echaron de ver que no salian de ingenio de pobre mendigante: rogáronle que otra noche viniese al mismo puesto, que ellas harian con su señora que bajase á escucharle á pesar del lijero sueño de su señor, cuya lijereza no nacia de sus años, sino de sus muchos celos. Á lo cual dijo Loaysa, que si ellas gustaban de oirle sin sobresalto del viejo, que él les daria unos polvos que le echasen en el vino, que le harian dormir con pesado sueño mas tiempo del ordinario.
—¡Jesus, valme, dijo una de las doncellas; y si eso fuese verdad, qué buenaventura se nos habia entrado por las puertas sin sentillo y sin merecello! No serian ellos polvos de sueño para él, sino polvos de vida para todas nosotras y para la pobre de mi señora Leonora, su mujer, que no la deja á sol ni á sombra, ni la pierde de vista un solo momento: ¡ay, señor mio de mi alma! traiga esos polvos, así Dios le dé todo el bien que desea: vaya, y no tarde, tráigalos, señor mio, que yo me ofrezco á mezclarlos en el vino y á ser la escanciadora; y pluguiese á Dios que durmiese el viejo tres dias con sus noches, que otros tantos tendríamos nosotras de gloria.
—Pues yo les traeré, dijo Loaysa, y son tales que no hacen otro mal ni daño á quien los toma, sino es provocarle á sueño pesadísimo.
Todas le rogaron que los trujese con brevedad, y quedando de hacer otra noche con una barrena el agujero en el torno, y de traer á su señora para que le viese y oyese, se despidieron; y el negro, aunque era casi el alba, quiso tomar licion, la cual le dió Loaysa, y lo hizo entender que no habia mejor oido que el suyo en cuantos discípulos tenia, y no sabia el pobre negro ni lo supo jamas hacer un cruzado.
Tenian los amigos de Loaysa cuidado de venir de noche á escuchar por entre las puertas de la calle, y ver si su amigo les decia algo ó si habia menester alguna cosa, y haciendo una señal que dejaron concertada, conoció Loaysa que estaban á la puerta, y por el agujero del quicio les dió breve cuenta del buen término en que estaba su negocio, pidiéndoles encarecidamente buscasen alguna cosa que provocase á sueño para dárselo á Carrizales, que él habia oido decir que habia unos polvos para este efeto: dijéronle que tenian un médico amigo que les daria el mejor remedio que supiese, si es que le habia, y animándole á proseguir la empresa, y prometiéndole de volver la noche siguiente con todo recaudo, apriesa se despidieron.
Vino la noche, y la banda de las palomas acudió al reclamo de la guitarra: con ellas vino la simple Leonora, temerosa y temblando de que no despertase su marido, que aunque ella vencida deste temor no habia querido venir, tantas cosas le dijeron sus criadas, especialmente la dueña, de la suavidad de la música y de la gallarda disposicion del músico pobre, que sin haberle visto le alababa y le subia sobre Absalon y sobre Orfeo, que la pobre señora convencida y persuadida dellas, hubo de hacer lo que no tenia ni tuviera jamas en voluntad. Lo primero que hicieron fué barrenar el torno para ver al músico, el cual no estaba ya en hábitos de pobre, sino con unos calzones grandes de tafetan leonado, anchos á la marineresca, un jubon de lo mismo con trencillas de oro, y una montera de raso de la misma color, con cuello almidonado con grandes puntas y encaje, que de todo vino proveido en las alforjas, imaginando que se habia de ver en ocasion que le conviniese mudar de traje.
Era mozo y de gentil disposicion y buen parecer, y como habia tanto tiempo que todas tenian hecha la vista á mirar al viejo de su amo, parecióles que miraban á un ángel. Poníase una al agujero para verle, y luego otra; y porque le pudiesen ver mejor, andaba el negro paseándole el cuerpo de arriba abajo con el torzal de cera encendido: y despues que todas le hubieron visto, hasta las negras bozales, tomó Loaysa la guitarra, y cantó aquella noche tan estremadamente, que las acabó de dejar suspensas y atónitas á todas, así á la vieja como á las mozas, y todas rogaron á Luis diese órden y traza como el señor su maestro entrase allá dentro, para oirle y verle de mas cerca, y no tan por brújula como por el agujero, y sin el sobresalto de estar tan apartadas de su señor, que podia cogerlas de sobresalto y con el hurto en las manos, lo cual no sucederia ansí, si le tuviesen escondido dentro.
Á esto contradijo su señora con muchas veras, diciendo que no se hiciese la tal cosa ni la tal entrada, porque le pesaria en el alma, pues desde allí le podian ver y oir á su salvo, y sin peligro de su honra.
—¿Qué honra? dijo la dueña: el rey tiene harta: estése vuesa merced encerrada con su Matusalen, y déjenos á nosotras holgar como pudiéremos: cuanto mas, que parece este señor tan honrado, que no querrá otra cosa de nosotras mas de lo que nosotras quisiéremos.