—Andad, dijo el negro, que lo oiréis y lo veréis algun dia.
—No puede ser eso, dijo otra doncella, porque no tenemos ventanas á la calle para poder ver ni oir á nadie.
—Bien está, dijo el negro, que para todo hay remedio, si no es para escusar la muerte; y mas si vosotras sabeis ó quereis callar.
—Y ¿cómo que callaremos? hermano Luis, dijo una de las esclavas: callaremos mas que si fuésemos mudas, porque te prometo, amigo, que me muero por oir una buena voz, que despues que aquí nos emparedaron, ni aun el canto de los pájaros habemos oido.
Todas estas pláticas estaba escuchando Loaysa con grandísimo contento, pareciéndole que todas se encaminaban á la consecucion de su gusto, y que la buena suerte habia tomado la mano en guiarlas á la medida de su voluntad.
Despidiéronse las criadas con prometerles el negro que cuando ménos se pensasen las llamaria á oir una muy buena voz; y con temor que su amo volviese y le hallase hablando con ellas, las dejó y se recogió á su estancia y clausura. Quisiera tomar licion, pero no se atrevió á tocar de dia, porque su amo no le oyese; el cual vino de allí á poco espacio, y cerrando las puertas, segun su costumbre, se encerró en casa. Y al dar aquel dia de comer por el torno al negro, dijo Luis á una negra que se lo daba, que aquella noche despues de dormido su amo bajasen todas al torno á oir la voz que les habia prometido, sin falta alguna: verdad es que ántes que dijese esto habia pedido con muchos ruegos á su maestro fuese contento de cantar y tañer aquella noche al torno, porque él pudiese cumplir la palabra que habia dado de hacer oir á las criadas una voz estremada, asegurándole que seria en estremo regalado de todas ellas. Algo se hizo de rogar el maestro de hacer lo que él mas deseaba; pero al fin dijo que haria lo que su buen discípulo pedia, solo por darle gusto, sin otro interes alguno.
Abrazóle el negro, y dióle un beso en el carrillo en señal del contento que le habia causado la merced prometida, y aquel dia dió de comer á Loaysa tan bien como si comiera en su casa, y aun quizá mejor, pues pudiera ser que en su casa le faltara.
Llegóse la noche, y en la mitad della ó poco ménos comenzaron á cecear en el torno, y luego entendió Luis que era la cáfila que habia llegado; y llamando á su maestro, bajaron del pajar con la guitarra bien encordada y mejor templada. Preguntó Luis quién y cuántas eran las que escuchaban. Respondiéronle que todas, si no su señora, que quedaba durmiendo con su marido, de que le pesó á Loaysa; pero con todo eso quiso dar principio á su designio y contentar á su discípulo, y tocando mansamente la guitarra, tales sones hizo que dejó admirado al negro, y suspenso el rebaño de las mujeres que le escuchaba.
Pues ¿qué diré de lo que ellas sintieron, cuando le oyeron tocar el Pésame de ello, y acabar con el endemoniado son de la zarabanda, nuevo entónces en España? No quedó vieja por bailar, ni moza que no se hiciese pedazos, todo con silencio estraño, poniendo centinelas y espías que avisasen si el viejo despertaba.
Cantó asimismo Loaysa coplillas de la Seguida, con que acabó de echar el sello al gusto de los escuchantes, que ahincadamente pidieron al negro les dijese quién era tan milagroso músico. El negro les dijo que era un pobre mendigante, el mas galan y gentil hombre que habia en toda la pobrería de Sevilla.