Encendió luego Luis un torzal de cera, y sin mas aguardar sacó su guitarra Loaysa, y tocándola baja y suavemente, suspendió al pobre negro de manera, que estaba fuera de sí escuchándole. Habiendo tañido un poco, sacó de nuevo colacion, y dióla á su discípulo, y aunque con dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó mas fuera de sentido que la música. Pasado esto, ordenó que luego tomase licion Luis, y como el pobre negro tenia cuatro dedos de vino sobre los sesos, no acertaba traste, y con todo eso le hizo creer Loaysa que ya sabia por lo ménos dos tonadas; y era lo bueno que el negro se lo creia, y en toda la noche no hizo otra cosa que tañer con la guitarra destemplada y sin las cuerdas necesarias.

Durmieron lo poco que de la noche les quedaba; y á obra de las seis de la mañana bajó Carrizales, y abrió la puerta de en medio, y tambien la de la calle, y estuvo esperando al despensero, el cual vino de allí á un poco, y dando por el torno la comida, se volvió á ir, y llamó al negro que bajase á tomar cebada para la mula y su racion; y en tomándola se fué el viejo Carrizales, dejando cerradas ambas puertas, sin echar de ver lo que en la de la calle se habia hecho, de que no poco se alegraron maestro y discípulo.

Apénas salió el amo de casa, cuando el negro arrebató la guitarra, y comenzó á tocar de tal manera, que todas las criadas le oyeron, y por el torno le preguntaron:

—¿Qué es esto, Luis, de cuándo acá tienes tú guitarra, ó quién te la ha dado?

—¿Quién me la ha dado? respondió Luis, el mejor músico que hay en el mundo, y el que me ha de enseñar en ménos de seis dias mas de seis mil sones.

—Y ¿dónde está ese músico? preguntó la dueña.

—No está muy léjos de aquí, respondió el negro, y si no fuera por vergüenza y por el temor que tengo á mi señor, quizá os le enseñara luego, y á fe que os holgásedes de verle.

—Y ¿adónde puede él estar que nosotras no le podamos ver, replicó la dueña, si en esta casa jamas entró otro hombre que nuestro dueño?

—Ahora bien, dijo el negro, no os quiero decir nada hasta que veais lo que yo sé y él me ha enseñado en el breve tiempo que he dicho.

—Por cierto, dijo la dueña, que si no es algun demonio el que te ha de enseñar, que yo no sé quién te pueda sacar músico con tanta brevedad.