—No reparo en eso, dijo Loaysa, que segun yo os enseñare, así me pagaréis; y por ahora escuchad esta tonadilla, que cuando esté dentro veréis milagros.

—Sea en buen hora, respondió el negro.

Y acabado este largo coloquio, cantó Loaysa un romancito agudo, con que dejó al negro tan contento y satisfecho, que ya no veia la hora de abrir la puerta.

Apénas se quitó Loaysa de la puerta, cuando con mas lijereza que el traer de sus muletas prometia, se fué á dar cuenta á sus consejeros de su buen comienzo, adivino del buen fin que por él esperaba: hallólos, y contó lo que con el negro dejaba concertado, y otro dia hallaron los instrumentos, tales que rompian cualquier clavo como si fuera de palo.

No se descuidó el virote de volver á dar música al negro, ni ménos tuvo descuido el negro en hacer el agujero por donde cupiese lo que su maestro le diese, cubriéndolo de manera, que á no ser mirado con malicia y sospechosamente, no se podia caer en el agujero.

La segunda noche le dió los instrumentos Loaysa, y Luis probó sus fuerzas, y casi sin poner alguna se halló rompidos los clavos y con la chapa de la cerradura en las manos: abrió la puerta, y recogió dentro á su Orfeo y maestro; y cuando le vió con sus dos muletas y tan andrajoso, y tan fajada su pierna quedó admirado. No llevaba Loaysa el parche en el ojo, por no ser necesario, y así como entró, abrazó á su buen discípulo, y le besó en el rostro, y luego le puso una gran bota de vino en las manos, y una caja de conserva y otras cosas dulces, de que llevaba unas alforjas bien proveidas: y dejando las muletas, como si no tuviera mal alguno, comenzó á hacer cabriolas; de lo cual se admiró mas el negro, á quien Loaysa dijo:

—Sabed, hermano Luis, que mi cojera y estropeamiento no nace de enfermedad, sino de industria, con la cual gano de comer pidiendo por amor de Dios, y ayudándome della y de mi música paso la mejor vida del mundo, en el cual todos aquellos que no fuesen industriosos y tracistas morirán de hambre, y esto lo veréis en el discurso de nuestra amistad.

—Ello dirá, respondió el negro; pero demos órden de volver esta chapa á su lugar, de modo que no se eche de ver su mudanza.

—En buen hora, dijo Loaysa.

Y sacando clavos de sus alforjas asentaron la cerradura de suerte, que estaba tan bien como de ántes: de lo cual quedó contentísimo el negro, y subiéndose Loaysa al aposento que en el pajar tenia el negro, se acomodó lo mejor que pudo.