—Pues si ansí es, dijo el virote, yo os daré por entre estas puertas, haciendo vos lugar, quitando alguna tierra del quicio, digo que os daré unas tenazas y un martillo, con que podais de noche quitar los clavos de la cerradura de loba con mucha facilidad, y con la misma volveremos á poner la chapa, de modo que no se eche de ver que ha sido desclavada; y estando yo dentro encerrado con vos en vuestro pajar, ó donde dormís, me daré tal priesa á lo que tengo de hacer, que vos veais aun mas de lo que os he dicho, con aprovechamiento de mi persona y aumento de vuestra suficencia; y de lo que hubiéremos de comer no tengais cuidado, que yo llevaré matalotaje para entrambos y para mas de ocho dias, que discípulos tengo yo y amigos que no me dejarán mal pasar.
—De la comida, replicó el negro, no habrá que temer, que con la racion que me da mi amo, y con los relieves que me dan las esclavas, sobrará comida para otros dos: venga ese martillo que decís y tenazas, que yo haré por junto á este quicio lugar por donde quepa, y le volveré á cubrir y tapar con barro, que puesto que dé algunos golpes en quitar la chapa, mi amo duerme tan léjos desta puerta, que será milagro ó gran desgracia nuestra si los oye.
—Pues á la mano de Dios, dijo Loaysa, que de aquí á dos dias tendréis, Luis, todo lo necesario para poner en ejecucion vuestro virtuoso propósito: y advertid en no comer cosas flemosas, porque no hacen ningun provecho, sino mucho daño á la voz.
—Ninguna cosa me enronquece tanto, respondió el negro, como el vino; pero no me lo quitaré yo por cuantas voces tiene el suelo.
—No digo tal, dijo Loaysa, ni Dios tal permita: bebed, hijo Luis, bebed, y buen provecho os haga, que el vino que se bebe con medida jamas fué causa de daño alguno.
—Con medida lo bebo, replicó el negro; aquí tengo un jarro que cabe una azumbre justa y cabal, este me llenan las esclavas sin que mi amo lo sepa, y el despensero á solapo me trae una botilla, que tambien cabe dos azumbres, con que se suplen las faltas del jarro.
—Digo, dijo Loaysa, que tal sea mi vida como eso me parece, porque la seca garganta ni gruñe ni canta.
—Andad con Dios, dijo el negro; pero mirad que no dejeis de venir á cantar aquí las noches que tardáredes en traer lo que habeis de hacer para entrar acá dentro, que ya me como los dedos por verlos puestos en la guitarra.
—Y cómo si vendré, replicó Loaysa, y aun con tonadicas nuevas.
—Eso pido, dijo Luis, y ahora no me dejeis de cantar algo, porque me vaya á acostar con gusto, y en lo de la paga entienda el señor pobre que le he de pagar mejor que un rico.