y aquella que ahora se usa, que dice:
Á los hierros de una reja
La turbada mano asida.
—Todas esas son aire, dijo Loaysa, para las que yo os podria enseñar; porque sé todas las del moro Abindarraez, con las de su dama Jarifa, y todas las que se cantan de la historia del gran Sofí Tomunibeyo, con las de la zarabanda á lo divino, que son tales, que hacen pasmar á los mismos portugueses; y esto enseño con tales modos y con tanta facilidad, que aunque no os deis priesa á aprender, apénas habréis comido tres ó cuatro moyos de sal, cuando ya os veais músico corriente y moliente en todo género de guitarra.
Á esto suspiró el negro, y dijo:
—¿Qué aprovecha todo eso, si no sé cómo meteros en casa?
—Buen remedio, dijo Loaysa; procurad vos tomar las llaves á vuestro amo, y yo os daré un pedazo de cera, donde las imprimiréis de manera que queden señaladas las guardas en la cera, que por la aficion que os he tomado, yo haré que un cerrajero, amigo mio, haga las llaves, y así podré entrar dentro de noche y enseñaros mejor que al Preste Juan de las Indias; porque veo ser gran lástima que se pierda una tal voz como la vuestra, faltándole el arrimo de la guitarra: que quiero que sepais, hermano Luis, que la mejor voz del mundo pierde de sus quilates, cuando no se acompaña con el instrumento, ahora sea de guitarra, ó clavicímbano, de órganos ó de arpa; pero el que mas á vuestra voz le conviene, es el instrumento de la guitarra, por ser el mas mañero y ménos costoso de los instrumentos.
—Bien me parece eso, replicó el negro; pero no puede ser, pues jamas entran las llaves en mi poder, ni mi amo las suelta de la mano: de dia y de noche duermen debajo de su almohada.
—Pues haced otra cosa, Luis, dijo Loaysa, si es que teneis gana de ser músico consumado; que si no la teneis, no hay para qué cansarme en aconsejaros.
—Y ¿cómo si tengo gana? replicó Luis, y tanta que ninguna cosa dejaré de hacer, como sea posible salir con ella, á trueco de salir con ser músico.