Esto hecho, dijo otra de las doncellas:

—Mire, señor, que no se le olvide aquello de los polvos, que es el tuautem de todo.

Con esto cesó la plática de aquella noche, quedando todos muy contentos del concierto. Y la suerte, que de bien en mejor encaminaba los negocios de Loaysa, trujo á aquellas horas, que eran dos despues de la media noche, por la calle á sus amigos, los cuales haciendo la señal acostumbrada, que era tocar una trompa de Paris, Loaysa les habló, y les dió cuenta del término en que estaba su pretension, y les pidió si traian los polvos, ó otra cosa como se la habia pedido, para que Carrizales durmiese; díjoles asimismo lo de la llave maestra. Ellos le dijeron que los polvos, ó un ungüento, vendria la siguiente noche, de tal virtud, que untados los pulsos y las sienes con él, causaba un sueño profundo, sin que dél se pudiese despertar en dos dias, si no era lavándose con vinagre todas las partes que se habian untado; y que se les diese la llave en cera, que asimismo la harian hacer con facilidad.

Con esto se despidieron, y Loaysa y su discípulo durmieron lo poco que de la noche les quedaba, esperando Loaysa con gran deseo la venidera, por ver si se le cumplia la palabra prometida de la llave. Y puesto que el tiempo parece tardío y perezoso á los que en él esperan, en fin corre á las parejas con el mismo pensamiento, y llega el término que quieren, porque nunca para ni sosiega.

Vino pues la noche, y la hora acostumbrada de acudir al torno, donde vinieron todas las criadas de casa, grandes y chicas, negras y blancas, porque todas estaban deseosas de ver dentro de su serrallo al señor músico; pero no vino Leonora, y preguntando Loaysa por ella, le respondieron que estaba acostada con su velado, el cual tenia cerrada la puerta del aposento donde dormia con llave, y despues de haber cerrado, se la ponia debajo de la almohada, y que su señora les habia dicho que en durmiéndose el viejo, haria por tomarle la llave maestra, y sacarla en cera, que ya llevaba preparada y blanda, y que de allí á un poco habian de ir á requerirla por una gatera.

Maravillado quedó Loaysa del recato del viejo; pero no por esto se le desmayó el deseo, y estando en esto oyó la trompa de Paris: acudió al puesto, halló á sus amigos que le dieron un botecico de ungüento de la propiedad que le habian significado: tomólo Loaysa y díjoles que esperasen un poco, que les daria la muestra de la llave: volvióse al torno, y dijo á la dueña, que era la que con mas ahinco mostraba desear su entrada, que se lo llevase á la señora Leonora, diciéndole la propiedad que tenia, y que procurase untar á su marido con tal tiento que no lo sintiese, y que veria maravillas. Hízolo así la dueña, y llegándose á la gatera, halló que estaba Leonora esperando tendida en el suelo de largo á largo, puesto el rostro en la gatera. Llegó la dueña, y tendiéndose de la misma manera, puso la boca en el oido de su señora, y con voz baja le dijo que traia el ungüento, y de la manera que habia de probar su virtud. Ella tomó el ungüento, y respondió á la dueña como en ninguna manera podia tomar la llave á su marido, porque no la tenia debajo de la almohada como solia, sino entre los dos colchones y casi debajo de la mitad de su cuerpo; pero que dijese al maese que si el ungüento obraba como él decia, con facilidad sacarian la llave todas las veces que quisiesen, y ansí no seria necesario sacarla en cera: dijo que fuese á decirlo luego, y volviese á ver lo que el ungüento obraba, porque luego le pensaba untar á su velado.

Bajó la dueña á decirlo al maese Loaysa, y él despidió á sus amigos que esperando la llave estaban. Temblando y pasito, y casi sin osar despedir el aliento de la boca, llegó Leonora á untar los pulsos del celoso marido, y asimismo le untó las ventanas de las narices, y cuando á ellas le llegó, le parecia que se estremecia, y ella quedó mortal, pareciéndole que la habia cogido en el hurto. En efeto, como mejor pudo le acabó de untar todos los lugares que le dijeron ser necesarios, que fué lo mismo que haberle embalsamado para la sepultura.

Poco espacio tardó el alopiado ungüento en dar manifiestas señales de su virtud, porque luego comenzó á dar el viejo tan grandes ronquidos, que se pudieran oir en la calle: música á los oidos de su esposa mas acordada que la del maese de su negro; y aun mal segura de lo que veia, se llegó á él, y le estremeció un poco, y luego mas, y luego otro poquito mas por ver si despertaba; y á tanto se atrevió que le volvió de una parte á otra sin que despertase: como vió esto, se fué á la gatera de la puerta, y con voz tan baja como la primera llamó á la dueña que allí la estaba esperando, y le dijo:

—Dáme albricias, hermana, que Carrizales duerme mas que un muerto.

—Pues ¿á qué aguardas á tomar la llave, señora? dijo la dueña; mira que está el músico aguardándola mas ha de una hora.