En esto llegó toda la caterva junta, y el músico en medio, alumbrándolos el negro y Guiomar la negra. Y viendo Loaysa á Leonora, hizo muestras de arrojársele á los piés para besarle las manos. Ella, callando y por señas, le hizo levantar, y todas estaban como mudas sin osar hablar, temerosas que su señor las oyese: lo cual considerado por Loaysa, les dijo que bien podian hablar alto, porque el ungüento con que estaba untado su señor tenia tal virtud, que fuera de quitar la vida, ponia á un hombre como muerto.
—Así lo creo yo, dijo Leonora; que si así no fuera, ya él hubiera despertado veinte veces, segun le hacen de sueño lijero sus muchas indisposiciones; pero despues que le unté, ronca como un animal.
—Pues eso es así, dijo la dueña, vámonos á aquella sala frontera, donde podremos oir cantar aquí al señor, y regocijarnos un poco.
—Vamos, dijo Leonora; pero quédese aquí Guiomar por guarda, que nos avise si Carrizales despierta.
Á lo cual respondió Guiomar:
—Yo, negra, quedo, blancas van, Dios perdone á todas.
Quedóse la negra, fuéronse á la sala, donde habia un rico estrado, y cogiendo al señor en medio, se sentaron todas. Y tomando la buena Marialonso una vela, comenzó á mirar de arriba abajo al bueno del músico, y una decia: ¡Ay qué copete que tiene tan lindo y tan rizado! otra: ¡Ay qué blancura de dientes! ¡mal año para piñones mondados, que mas blancos ni mas lindos sean! otra: ¡Ay qué ojos tan grandes y tan rasgados; y por el siglo de mi madre, que son verdes, que no parecen sino que son de esmeraldas! Esta alababa la boca, aquella los piés, y todas juntas hicieron del una menuda anatomía y pepitoria. Sola Leonora callaba, y le miraba, y le iba pareciendo de mejor talle que su velado. En esto la dueña tomó la guitarra que tenia el negro, y se la puso en las manos de Loaysa, rogándole que la tocase, y que cantase unas coplillas que entónces andaban muy validas en Sevilla, que decian:
Madre, la mi madre,
Guardas me poneis.
Cumplióle Loaysa su deseo. Levantáronse todas, y se comenzaron á hacer pedazos bailando. Sabia la dueña las coplas, y cantólas con mas gusto que buena voz, y fueron estas: