Oyó la voz de la dulce enemiga suya el desdichado viejo, y abriendo los ojos desencajadamente, como atónito y embelesado, los puso en ella, y con grande ahinco, sin mover pestaña la estuvo mirando una gran pieza, al cabo de la cual le dijo:

—Hacedme placer, señora, que luego luego envieis á llamar á vuestros padres de mi parte, porque siento no sé qué en el corazon, que me da grandísima fatiga, y temo que brevemente me ha de quitar la vida, y querríalos ver ántes que me muriese.

Sin duda creyó Leonora ser verdad lo que su marido le decia, pensando ántes que la fortaleza del ungüento, y no lo que habia visto, le tenia en aquel trance; y respondiéndole que haria lo que la mandaba, mandó al negro que luego al punto fuese á llamar á sus padres; y abrazándose con su esposo, le hacia las mayores caricias que jamas le habia hecho, preguntándole qué era lo que sentia, con tan tiernas y amorosas palabras, como si fuera la cosa del mundo que mas amaba. Él la miraba con el embelesamiento que se ha dicho, siéndole cada palabra ó caricia que le hacia, una lanzada que le atravesaba el alma.

Ya la dueña habia dicho á la gente de casa y á Loaysa la enfermedad de su amo, encareciéndoles que debia de ser de momento, pues se le habia olvidado de mandar cerrar las puertas de la calle cuando el negro salió á llamar á los padres de su señora: de la cual embajada asimismo se admiraron, por no haber entrado ninguno dellos en aquella casa despues que casaron á su hija.

En fin, todos andaban callados y suspensos, no dando en la verdad de la causa de la indisposicion de su amo, el cual de rato en rato tan profunda y dolorosamente suspiraba, que con cada suspiro parecia arrancársele el alma.

Lloraba Leonora por verle de aquella suerte, y reíase él con una risa de persona que estaba fuera de sí, considerando la falsedad de sus lágrimas.

En esto llegaron los padres de Leonora, y como hallaron la puerta de la calle y la del patio abiertas, y la casa sepultada en silencio y sola, quedaron admirados y con no pequeño sobresalto. Fueron al aposento de su yerno, y halláronle, como se ha dicho, siempre clavados los ojos en su esposa, á la cual tenia asida de las manos, derramando los dos muchas lágrimas, ella con no mas ocasion de verlas derramar á su esposo: él por ver cuán fingidamente ella las derramaba.

Así como sus padres entraron, habló Carrizales, y dijo:

—Siéntense aquí vuesas mercedes, y todos los demas dejen desocupado el aposento, y solo quede la señora Marialonso.

Hiciéronlo así, y quedando solos los cinco, sin esperar que otro hablase, con sosegada voz, limpiándose los ojos, desta manera dijo Carrizales: