—Bien seguro estoy, padres y señores mios, que no será menester traeros testigos para que me creais una verdad que quiero deciros: bien se os debe acordar (que no es posible se os haya caido de la memoria) con cuánto amor, con cuán buenas entrañas hace hoy un año, un mes, cinco dias y nueve horas, que me entregasteis á vuestra querida hija por legítima mujer mia: tambien sabeis con cuánta liberalidad la doté, pues fué tal la dote, que mas de tres de su misma calidad pudieran casar con opinion de ricas: asimismo se os debe acordar la diligencia que puse en vestirla y adornarla de todo aquello que ella se acertó á desear y yo alcanzé á saber que le convenia: ni mas ni ménos habeis visto, señores, cómo llevado de mi natural condicion, y temeroso del mal de que sin duda he de morir, y esperimentado por mi mucha edad en los estraños y varios acaecimientos del mundo, quise guardar esta joya que yo escogí y vosotros me disteis, con el mayor recato que me fué posible; alcé las murallas desta casa, quité la vista á las ventanas de la calle, doblé las cerraduras de las puertas, púsele torno como á monasterio de monjas, desterré perpetuamente della todo aquello que sombra ó nombre de varon tuviese; dile criadas y esclavas que la sirviesen, ni les negué á ellas ni á ella cuanto quisieron pedirme; hícela mi igual, comuniquéle mis mas secretos pensamientos, y entreguéla toda mi hacienda: todas estas eran obras para que, si bien lo considerara, yo viviera seguro de gozar sin sobresalto lo que tanto me habia costado, y ella procurara no darme ocasion á que ningun género de temor celoso entrara en mi pensamiento; mas como no se puede prevenir con diligencia humana el castigo que la voluntad divina quiere dar á los que en ella no ponen del todo en todo sus deseos y esperanzas, no es mucho que yo quede defraudado en las mias, y que yo mismo haya sido el fabricador del veneno que me va quitando la vida; pero porque veo la suspension en que todos estais, colgados de las palabras de mi boca, quiero concluir los largos preámbulos desta plática con deciros en una palabra lo que no es posible decirse en millares dellas: digo pues, señores, que todo lo que he dicho y hecho ha parado en que esta madrugada hallé á esta, nacida en el mundo para perdicion de mi sosiego y fin de mi vida (y esto señalando á su esposa) en los brazos de un gallardo mancebo, que en la estancia desta pestífera dueña ahora está encerrado.

Apénas acabó estas últimas palabras Carrizales, cuando á Leonora se le cubrió el corazon, y en las mismas rodillas de su marido se cayó desmayada. Perdió la color Marialonso, y á las gargantas de los padres de Leonora se les atravesó un ñudo que no les dejaba hablar palabra. Pero prosiguiendo adelante Carrizales, dijo:

—La venganza que pienso tomar desta afrenta no es ni ha de ser de las que ordinariamente suelen tomarse; pues quiero que así como yo fuí estremado en lo que hice, así sea la venganza que tomare, tomándola de mí mismo como del mas culpado en este delito, que debiera considerar que mal podian estar ni compadecerse en uno los quince años desta muchacha con los casi ochenta mios, y yo fuí el que como el gusano de seda me fabriqué la casa donde muriese; y á tí no te culpo, ¡oh niña mal aconsejada! (Y diciendo esto se inclinó y besó el rostro de la desmayada Leonora.) No te culpo, digo, porque persuasiones de viejas taimadas, y requiebros de mozos enamorados, fácilmente vencen y triunfan del poco ingenio que los pocos años encierran; mas porque todo el mundo vea el valor de los quilates de la voluntad y fe con que te quise, en este último trance de mi vida quiero mostrarlo de modo que quede en el mundo por ejemplo, si no de bondad, al ménos de simplicidad jamas oida ni vista: y así quiero que se traiga luego aquí un escribano para hacer de nuevo mi testamento, en el cual mandaré doblar la dote á Leonora, y le rogaré que despues de mis dias, que serán bien breves, disponga su voluntad, pues lo podrá hacer sin fuerza, á casarse con aquel mozo, á quien nunca ofendieron las canas deste lastimado viejo; y así verá que si viviendo jamas salí un punto de lo que pude pensar ser su gusto, en la muerte hago lo mismo, y quiero que le tenga con el que ella debe de querer tanto: la demas hacienda mandaré á otras obras pias, y á vosotros, señores mios, dejaré con que podais vivir honradamente lo que de la vida os queda: la venida del escribano sea luego, porque la pasion que tengo me aprieta de manera, que á mas andar me va acortando los pasos de la vida.

Esto dicho, le sobrevino un terrible desmayo, y se dejó caer tan junto de Leonora, que se juntaron los rostros: ¡estraño y triste espectáculo para los padres, que á su querida hija y á su amado yerno miraban! No quiso la mala dueña esperar á las reprensiones que pensó le darian los padres de su señora; y así se salió del aposento, y fué á decir á Loaysa todo lo que pasaba, aconsejándole que luego al punto se fuese de aquella casa, que ella tendria cuidado de avisarle con el negro lo que sucediese, pues ya no habia puertas ni llaves que lo impidiesen. Admiróse Loaysa con tales nuevas, y tomando el consejo, volvió á vestirse como pobre, y fuese á dar cuenta á sus amigos del estraño y nunca visto suceso de sus amores.

En tanto pues que los dos estaban transportados, el padre de Leonora envió á llamar á un escribano amigo suyo, el cual vino á tiempo que ya habian vuelto hija y yerno en su acuerdo. Hizo Carrizales su testamento en la manera que habia dicho, sin declarar el yerro de Leonora, mas de que por buenos respetos le pedia y rogaba se casase, si acaso él muriese, con aquel mancebo que él la habia dicho en secreto. Cuando esto oyó Leonora se arrojó á los piés de su marido, y saltándole el corazon en el pecho, le dijo:

—Vivid vos muchos años, mi señor y mi bien todo, que puesto caso que no estais obligado á creerme ninguna cosa de las que os dijere, sabed que no os he ofendido sino con el pensamiento.

Y comenzando á disculparse y á contar por estenso la verdad del caso, no pudo mover la lengua, y volvió á desmayarse. Abrazóla así desmayada el lastimado viejo, abrazáronla sus padres, lloraron todos tan amargamente, que obligaron y aun forzaron á que en ellas les acompañase el escribano que hacia el testamento, en el cual dejó de comer á todas las criadas de casa, horras las esclavas y negro, y á la falsa de Marialonso no le mandó otra cosa que la paga de su salario; mas sea lo que fuere, el dolor le apretó de manera, que al seteno dia le llevaron á la sepultura.

Quedó Leonora viuda, llorosa y rica; y cuando Loaysa esperaba que cumpliese lo que ya él sabia que su marido en su testamento dejaba mandado, vió que dentro de una semana se entró monja en uno de los mas recogidos monasterios de la ciudad: él despechado y casi corrido se pasó á las Indias. Quedaron los padres de Leonora tristísimos, aunque se consolaron con lo que su yerno les habia dejado y mandado por su testamento. Las criadas se consolaron con lo mismo, y las esclavas y esclavo con la libertad, y la malvada de la dueña, pobre y defraudada de todos sus malos pensamientos.

Y yo quedé con el deseo de llegar al fin deste suceso, ejemplo y espejo de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes, cuando queda la voluntad libre; y de lo ménos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oido eshortaciones destas dueñas de monjil negro y tendido, y tocas blancas y luengas. Solo no sé qué fué la causa que Leonora no puso mas ahinco en disculparse y dar á entender á su celoso marido cuán limpia y sin ofensa habia quedado en aquel suceso; pero la turbacion le ató la lengua, y la priesa que se dió á morir su marido no dió lugar á su disculpa.