Avendaño, su amigo, viéndole muchas veces melancólico é imaginativo, fiado en su amistad se atrevió á preguntarle la causa, y se obligó á remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre misma. No quiso Carriazo tenérsela encubierta, por no agraviar á la grande amistad que le profesaba; y así le contó punto por punto la vida de la jábega, y cómo todas sus tristezas y pensamientos nacian del deseo que tenia de volver á ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le acabó de oir, ántes alabó que vituperó su gusto.

En fin, el de la plática fué disponer Carriazo la voluntad de Avendaño de manera, que determinó de irse con él á gozar un verano de aquella felicísima vida que le habia descrito, de lo cual quedó sobre modo contento Carriazo, por parecerle que habia ganado un testigo de abono que calificase su baja determinacion: trazaron ansimismo de juntar todo el dinero que pudiesen, y el mejor modo que hallaron fué que de allí á dos meses habia de ir Avendaño á Salamanca, donde por su gusto tres años habia estado estudiando las lenguas griega y latina, y su padre queria que pasase adelante y estudiase la facultad que él quisiese; y que del dinero que le diese habria para lo que deseaban.

En este tiempo propuso Carriazo á su padre que tenia voluntad de irse con Avendaño á estudiar á Salamanca. Vino su padre con tanto gusto en ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles juntos casa en Salamanca, con todos los requisitos que pedian ser hijos suyos.

Llegóse el tiempo de la partida: proveyéronles de dinero, y enviaron con ellos un ayo que los gobernase, que tenia mas de hombre de bien que de discreto. Los padres dieron documentos á sus hijos de lo que habian de hacer, y de cómo se habian de gobernar para salir aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el fruto que todo estudiante debe pretender sacar de sus trabajos y vigilias, principalmente los bien nacidos. Mostráronse los hijos humildes y obedientes, lloraron las madres, recebieron la bendicion de todos, pusiéronse en camino con mulas propias y con dos criados de casa, amen del ayo, que se habia dejado crecer la barba porque diese autoridad á su cargo.

En llegando á la ciudad de Valladolid, dijeron al ayo que querian estarse en aquel lugar dos dias para verle, porque nunca le habian visto ni estado en él. Reprendióles mucho el ayo severa y ásperamente la estada, diciéndoles que los que iban á estudiar con tanta priesa como ellos, no se habian de detener una hora á mirar niñerías, cuanto mas dos dias, y que él formaria escrúpulo si los dejaba detener un solo punto, y que se partiesen luego, y si no, que sobre eso morena.

Hasta aquí se estendia la habilidad del señor ayo ó mayordomo, como mas nos diere gusto llamarle. Los mancebitos, que tenian ya hecho su agosto y su vendimia, pues habian ya sacado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su mayordomo, dijeron que solos los dejase aquel dia, en el cual querian ir á ver la fuente de Argales, que la comenzaban á conducir á la ciudad por grandes y espaciosos acueductos. En efecto, aunque con dolor de su ánima, les dió licencia, porque él quisiera escusar el gasto de aquella noche, y hacerle en Valdeastillas, y repartir las diez y ocho leguas que hay desde Valdeastillas á Salamanca en dos dias, y no las veinte y dos que hay desde Valladolid; pero como uno piensa el bayo y otro el que le ensilla, todo le sucedió al reves de lo que él quisiera.

Los mancebos, con solo un criado, y á caballo en dos muy buenas y caseras mulas, salieron á ver la fuente de Argales, famosa por su antigüedad y sus aguas, á despecho del caño dorado y de la reverenda priora, con paz sea dicho, de Leganitos, y de la estremadísima fuente Castellana, en cuya competencia pueden callar Corpa y la Pizarra de la Mancha. Llegaron á Argales, y cuando creyó el criado que sacaba Avendaño de las bolsas del cojin alguna cosa con que beber, vió que sacó una carta cerrada, diciéndole que luego al punto volviese á la ciudad, y se la diese á su ayo, y que en dándola les esperase en la puerta del Campo.

Obedeció el criado, tomó la carta, volvió á la ciudad, y ellos volvieron las riendas, y aquella noche durmieron en Mojados, y de allí á dos dias en Madrid, y en otros cuatro se vendieron las mulas en pública plaza, y hubo quien les fiase por seis escudos de prometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales. Vistiéronse á lo payo, con capotillos de dos haldas, zahones ó zaragüelles y medias de paño pardo. Ropero hubo que por la mañana les compró sus vestidos, y á la noche los habia mudado de manera, que no los conociera la propia madre que los habia parido.

Puestos pues á la lijera y del modo que Avendaño quiso y supo, se pusieron en camino de Toledo ad pedem litteræ y sin espadas, que tambien el ropero, aunque no atañian á su menester, se las habia comprado.

Dejémoslos ir por ahora, pues van contentos y alegres, y volvamos á contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el criado le llevó, y halló que decia desta manera: