«Vuesa merced será servido, señor Pedro Alonso, de tener paciencia y dar la vuelta á Búrgos, donde dirá á nuestros padres que habiendo nosotros sus hijos con madura consideracion considerado cuán mas propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos determinado de trocar á Salamanca por Bruselas y á España por Flándes; los cuatrocientos escudos llevamos, las mulas pensamos vender; nuestra hidalga intencion y el largo camino es bastante disculpa de nuestro yerro, aunque nadie le juzgará por tal, si no es cobarde; nuestra partida es ahora, la vuelta será cuando Dios fuere servido, el cual guarde á vuesa merced como puede y estos sus menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pié en el estribo para caminar á Flándes. — Carriazo y Avendaño.»
Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola, y acudió presto á su balija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la verdad de la carta, y luego al punto en la mula que le habia quedado se partió á Búrgos á dar las nuevas á sus amos con toda presteza, porque con ella pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar á sus hijos; pero destas cosas no dice nada el autor desta novela, porque así como dejó puesto á caballo á Pedro Alonso, volvió á contar lo que les sucedió á Avendaño y á Carriazo á la entrada de Illescas, diciendo: que al entrar de la puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al parecer andaluces, en calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de anjeo, sus coletos de ante, dagas de gancho y espadas sin tiros; al parecer el uno venia de Sevilla, y el otro iba á ella: el que iba estaba diciendo al otro:
—Si no fueran mis amos tan adelante, todavía me detuviera algo mas á preguntar mil cosas que deseo saber, porque me has maravillado mucho con lo que has contado de que el conde ha ahorcado á Alonso Gines y á Ribera, sin querer otorgarles la apelacion.
—¡Oh pecador de mí! replicó el sevillano, armóles el conde zancadilla, y cogiólos debajo de su jurisdicion, que eran soldados, y por contrabando se aprovechó dellos, sin que la audiencia se los pudiese quitar: sábete, amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros: no para ladron en sus contornos: todos le temen como al fuego, aunque ya se suena que dejará presto el cargo de asistente, porque no tiene condicion para verse á cada paso en dímes ni dirétes con los señores de la audiencia.
—Vivan ellos mil años, dijo el que iba á Sevilla, que son padres de los miserables y amparo de los desdichados: ¡cuántos pobretes están mascando barro, no mas de por la cólera de un juez absoluto, de un corregidor ó mal informado ó bien apasionado! Mas ven muchos ojos que dos: no se apodera tan presto el veneno de la injusticia de muchos corazones, como se apodera de uno solo.
—Predicador te has vuelto, dijo el de Sevilla, y segun llevas la retahila, no acabarás tan presto, y yo no te puedo aguardar; y esta noche no vayas á posar donde sueles, sino en la posada del Sevillano, porque verás en ella la mas hermosa fregona que se sabe: Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparacion; no te digo mas sino que hay fama que el hijo del corregidor bebe los vientos por ella: uno desos mis amos que allá van, jura que al volver que vuelva al Andalucía, se ha de estar dos meses en Toledo y en la misma posada solo por hartarse de mirarla: ya le dejo yo en señal un pellizco, y me llevo en contracambio un gran torniscon; es dura como un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en entrambas hay tambien azucenas y jazmines; no te digo mas sino que la veas, y verás que no te he dicho nada, segun lo que te pudiera decir acerca de su hermosura: en las dos mulas rucias que sabes que tengo mias, la dotara de buena gana, si me la quisieran dar por mujer; pero yo sé que no me la darán, que es joya para un arcipreste ó para un conde; y otra vez torno á decir que allá lo verás, y adios, que me mudo.
Con esto se despidieron los dos mozos de mulas, cuya plática y conversacion dejó mudos á los dos amigos que escuchado la habian, especialmente Avendaño, en quien la simple relacion que el mozo de mulas habia hecho de la hermosura de la fregona, despertó en él un intenso deseo de verla: tambien le despertó en Carriazo; pero no de manera que no desease mas llegar á sus almadrabas, que detenerse á ver las pirámides de Egipto, ó otra de las siete maravillas, ó todas juntas.
En repetir las palabras de los mozos y en remedar y contrahacer el modo y los ademanes con que las decian, entretuvieron el camino hasta Toledo, y luego siendo la guia Carriazo, que ya otra vez habia estado en aquella ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la posada del Sevillano; pero no se atrevieron á pedirla allí, porque su traje no lo pedia.
Era ya anochecido, y aunque Carriazo importunaba á Avendaño que fuesen á otra parte á buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecia la tan celebrada fregona. Entrábase la noche, y la fregona no salia: desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo, el cual por salir con su intencion, con escusa de preguntar por unos caballeros de Búrgos que iban á la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada, y apénas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vió salir una moza, al parecer de quince años poco mas ó ménos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero. No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecia ver en él los que suelen pintar de los ángeles: quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó á preguntarle nada: tal era su suspension y embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:
—¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los huéspedes de casa?