—Costancica, dí á la Argüello que lleve á estos dos galanes al aposento del rincon, y que les eche sábanas limpias.
—Sí haré, señor, respondió Costanza, que así se llamaba la doncella.
Y haciendo una reverencia á su amo, se les quitó delante, cuya ausencia fué para Avendaño lo que suele ser al caminante ponerse el sol y sobrevenir la noche lóbrega y escura: con todo esto salió á dar cuenta á Carriazo de lo que habia visto y de lo que dejaba negociado. El cual por mil señales conoció cómo su amigo venia herido de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir nada por entónces, hasta ver si lo merecia la causa de quien nacian las estraordinarias alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza sobre los mismos cielos levantaba.
Entraron en fin en la posada, y la Argüello, que era una mujer de hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y aderezo de los aposentos, los llevó á uno que ni era de caballeros ni de criados, sino de gente que podia hacer medio entre los dos estremos. Pidieron de cenar, respondióles la Argüello que en aquella posada no daban de comer á nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traian de fuera comprado; pero que bodegones y casas de estado habia cerca, donde sin escrúpulo de conciencia podian ir á cenar lo que quisiesen. Tomaron los dos el consejo de la Argüello, y dieron con sus cuerpos en un bodegon, donde Carriazo cenó lo que le dieron, y Avendaño lo que con él llevaba, que fueron pensamientos y imaginaciones.
Lo poco ó nada que Avendaño comia admiraba á Carriazo. Por enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse á la posada, le dijo:
—Conviene que mañana madruguemos, porque ántes que entre la calor estemos ya en Orgaz.
—No estoy en eso, respondió Avendaño, porque pienso, ántes que desta ciudad me parta, ver lo que dicen que hay famoso en ella, como es el Sagrario, el artificio de Juanelo, las vistillas de San Agustin, la huerta del Rey y la Vega.
—Norabuena, respondió Carriazo, eso en dos dias se podrá ver.
—En verdad que lo he de tomar despacio, que no vamos á Roma á alcanzar alguna vacante.
—Ta, ta, replicó Carriazo, á mí me maten, amigo, si no estais vos con mas deseo de quedaros en Toledo que de seguir nuestra comenzada romería.