—Así es la verdad, respondió Avendaño, y aun tan imposible será apartarme de ver el rostro desta doncella, como no es posible ir al cielo sin buenas obras.
—¡Gallardo encarecimiento, dijo Carriazo, y determinacion digna de un tan generoso pecho como el vuestro! ¡Bien cuadra un D. Tomas de Avendaño, hijo de D. Juan de Avendaño, caballero lo que es bueno, rico lo que basta, mozo lo que alegra, discreto lo que admira, con enamorado y perdido por una fregona que sirve en el meson del Sevillano!
—Lo mismo me parece á mí que es, respondió Avendaño, considerar un D. Diego de Carriazo, hijo del mismo, caballero del hábito de Alcántara el padre, y el hijo á pique de heredarle con su mayorazgo, no ménos gentil en el cuerpo que en el ánimo, y con todos estos generosos atributos verle enamorado, ¿de quién, si pensais? ¿De la reina Ginebra? no por cierto, sino de la almadraba de Zahara, que es mas fea á lo que creo que un miedo de Santo Anton.
—Pata es la traviesa, amigo, respondió Carriazo, por los filos que te herí me has muerto, quédese aquí nuestra pendencia, y vamos á dormir, y amanecerá Dios y medraremos.
—Mira, Carriazo, hasta ahora no has visto á Costanza; en viéndola te doy licencia para que me digas todas las injurias ó reprensiones que quisieres.
—Ya sé yo en qué ha de parar esto, dijo Carriazo.
—¿En qué? replicó Avendaño.
—En que yo me iré con mi almadraba, y tú te quedarás con tu fregona, dijo Carriazo.
—No seré yo tan venturoso, dijo Avendaño.
—Ni yo tan necio, respondió Carriazo, que por seguir tu mal gusto deje de conseguir el bueno mio.