—En estas pláticas llegaron á la posada, y aun se las pasó en otras semejantes la mitad de la noche; y habiendo dormido á su parecer poco mas de una hora, los despertó el son de muchas chirimías que en la calle sonaban. Sentáronse en la cama, y estuvieron atentos, y dijo Carriazo:
—Apostaré que es ya de dia, y que debe hacerse alguna fiesta en un monasterio de Nuestra Señora del Cármen que está aquí cerca, y por eso tocan estas chirimías.
—No es eso, respondió Avendaño, porque no ha tanto que dormimos que pueda ser ya de dia.
Estando en esto sintieron llamar á la puerta de su aposento, y preguntando quién llamaba, respondieron de fuera, diciendo:
—Mancebos, si quereis oir una brava música, levantáos y asomáos á una reja que sale á la calle, que está en aquella sala frontera, que no hay nadie en ella.
Levantáronse los dos, y cuando abrieron no hallaron persona ni supieron quién les habia dado el aviso; mas porque oyeron el son de una arpa, creyeron ser verdad la música, y así en camisa como se hallaron, se fueron á la sala donde ya estaban otros tres ó cuatro huéspedes puestos á las rejas; hallaron lugar, y de allí á poco, al son de la arpa y de una vihuela, con maravillosa voz oyeron cantar este soneto, que no se le pasó de la memoria á Avendaño.
Raro humilde sugeto, que levantas
Á tan escelsa cumbre la belleza,
Que en ella se escedió naturaleza
Á sí misma, y al cielo la adelantas.