No fué menester que nadie les dijese á los dos que aquella música se daba por Costanza, pues bien claro lo habia descubierto el soneto, que sonó de tal manera en los oidos de Avendaño, que diera por bien empleado por no haberle oido haber nacido sordo y estarlo todos los dias de la vida que le quedaba, á causa que desde aquel punto la comenzó á tener tan mala, como quien se halló traspasado el corazon de la rigurosa lanza de los celos, y era lo peor que no sabia de quién debia ó podia tenerlos. Pero presto le sacó deste cuidado uno de los que á la reja estaban, diciendo:

—¡Que tan simple sea este hijo del corregidor, que se ande dando músicas á una fregona! Verdad es que ella es de las mas hermosas muchachas que yo he visto, y he visto muchas, mas no por esto habia de solicitarla con tanta publicidad.

Á lo cual añadió otro de los de la reja:

—Pues en verdad que he oido yo decir por cosa muy cierta que así hace ella cuenta dél, como si no fuese nadie: apostaré que se está ella agora durmiendo á sueño suelto detras de la cama de su ama, donde dicen que duerme, sin acordársele de músicas ni canciones.

—Así es la verdad, replicó el otro, porque es la mas honesta doncella que se sabe, y es maravilla que con estar en esta casa de tanto tráfago, y donde hay cada dia gente nueva, y andar por todos los aposentos, no se sabe della el menor desman del mundo.

Con esto que oyó Avendaño tornó á revivir y á cobrar aliento para poder escuchar otras muchas cosas que al son de diversos instrumentos los músicos cantaron, todas encaminadas á Costanza, la cual, como dijo el huésped, se estaba durmiendo sin ningun cuidado.

Por venir el dia se fueron los músicos, despidiéndose con las chirimías. Avendaño y Carriazo se volvieron á su aposento, donde durmió el que pudo hasta la mañana. La cual venida, se levantaron los dos, entrambos con deseo de ver á Costanza; pero el deseo del uno era deseo curioso, y el del otro deseo enamorado. Pero á entrambos se los cumplió Costanza, saliendo de la sala de su amo tan hermosa, que á los dos les pareció que todas cuantas alabanzas le habia dado el mozo de mulas, eran cortas y de ningun encarecimiento.

Su vestido era una saya y corpiños de paño verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños eran bajos, pero la camisa alta, plegado el cuello con un cabezon labrado de seda negra, puesta una gargantilla de estrellas de azabache sobre un pedazo de una coluna de alabastro, que no era ménos blanca su garganta: ceñida con un cordon de S. Francisco, y de una cinta pendiente al lado derecho un gran manojo de llaves: no traia chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con unas calzas que no se le parecian, sino cuanto por un perfil mostraban tambien ser coloradas: traia trenzados los cabellos con unas cintas blancas de hiladillo, pero tan largo el trenzado, que por las espaldas le pasaba de la cintura: el color salia de castaño, y tocaba en rubio; pero al parecer tan limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera de hebras de oro, se le pudiera comparar: pendíanle de las orejas dos calabacillas de vidrio que parecian perlas; los mismos cabellos le servian de garbin y de tocas.

Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y con mucha devocion y sosiego hizo una profunda reverencia á una imágen de nuestra Señora que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando los ojos vió á los dos que mirándola estaban, y apénas los hubo visto, cuando se retiró y volvió á entrar en la sala, desde la cual dió voces á la Argüello, que se levantase.

Resta ahora por decir qué es lo que le pareció á Carriazo de la hermosura de Costanza, que de lo que le pareció á Avendaño, ya está dicho, cuando la vió la vez primera. No digo mas sino que á Carriazo le pareció tan bien como á su compañero; pero enamoróle mucho ménos, y tan ménos, que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego para sus almadrabas.