Con esto veréis, señora,
Que envidian vuestra fortuna
Las soberbias por linaje,
Las grandes por hermosura.
Si quereis ahorrar camino,
La mas rica y la mas pura
Voluntad en mí os ofrezco,
Que vió amor en alma alguna.
El acabar estos últimos versos y el llegar volando dos medios ladrillos, fué todo uno, que si como dieron junto á los piés del músico, le dieran en mitad de la cabeza, con facilidad le sacaran de los cascos la música y la poesía. Asombróse el pobre, y dió á correr por aquella cuesta arriba con tanta priesa, que no alcanzara un galgo: ¡infelice estado de los músicos, murciélagos y lechuzos, siempre sujetos á semejantes lluvias y desmanes! Á todos los que escuchado habian la voz del apedreado, les pareció bien; pero á quien mejor, fué á Tomas Pedro, que admiró la voz y el romance: mas quisiera él que de otra que Costanza naciera la ocasion de tantas músicas, puesto que á sus oidos jamas llegó ninguna.
Contrario deste parecer fué Barrabas, el mozo de mulas, que tambien estuvo atento á la música, porque así como vió huir al músico, dijo: