—Allá irás, mentecato, trovador de Júdas, que pulgas te coman los ojos; y ¿quién diablos te enseñó á cantar á una fregona cosas de esferas y de cielos, llamándola lúnes, mártes y ruedas de fortuna? Dijérasla, noramala para tí y para quien le hubiera parecido bien tu trova, que es tiesa como un espárrago, entonada como un plumaje, blanca como una leche, honesta como un fraile novicio, melindrosa y zahareña como una mula de alquiler, y mas dura que un pedazo de argamasa; que como esto le dijeras, ella lo entendiera, y se holgara; pero llamarla embajador, y red, y moble, y alteza, y bajeza, mas es para decirlo á un niño de la doctrina, que á una fregona: verdaderamente que hay poetas en el mundo, que escriben trovas que no hay diablo que las entienda; yo á lo ménos aunque soy Barrabas, estas que ha cantado este músico, de ninguna manera las entiendo: miren qué hará Costancica; pero ella lo hace mejor, que se está en su cama haciendo burla del mismo Preste Juan de las Indias: este músico á lo ménos no es de los del hijo del corregidor, que aquellos son muchos, y una vez que otra se dejan entender; pero este, voto á tal, que me deja mohino.
Todos los que escucharon á Barrabas recibieron gran gusto, y tuvieron su censura y parecer por muy acertado.
Con esto se acostaron todos, y apénas estaba sosegada la gente, cuando sintió Lope que llamaban á la puerta de su aposento muy paso; y preguntando quién llama, fuéle respondido con voz baja:
—La Argüello y la gallega somos, ábranos, que nos morimos de frio.
—Pues en verdad, respondió Lope, que estamos en la mitad de los caniculares.
—Déjate de gracias, Lope, replicó la gallega, levántate y abre, que venimos hechas unas archiduquesas.
—¿Archiduquesas, y á tal hora? respondió Lope: no creo en ellas, ántes entiendo que sois brujas, ó unas grandísimas bellacas: idos de ahí luego, si no, por vida de... hago juramento, que si me levanto, que con los hierros de mi pretina os tengo de poner las posaderas como unas amapolas.
Ellas que se vieron responder tan acerbamente y tan fuera de aquello que primero se imaginaron, temieron la furia del asturiano, y defraudadas sus esperanzas y borrados sus designios se volvieron tristes y malaventuradas á sus lechos: aunque ántes de apartarse de la puerta, dijo la Argüello, poniendo los hocicos por el agujero de la llave:
—No es la miel para la boca del asno.
Y con esto, como si hubiera dicho una gran sentencia, y tomado una justa venganza, se volvió como se ha dicho á su triste cama.