Lope, que sintió que se habian vuelto, dijo á Tomas Pedro que estaba despierto:

—Mirad, Tomas, ponedme vos á pelear con dos gigantes, y en ocasion que me sea forzoso desquijarar por vuestro servicio media docena ó una de leones, que yo lo haré con mas facilidad que beber una taza de vino; pero que me pongais en necesidad, que me tome á brazo partido con la Argüello, no lo consentiré si me asaetean: mirad qué doncellas de Dinamarca nos habia ofrecido la suerte esta noche. Ahora bien, amanecerá Dios, y medraremos.

—Ya te he dicho, amigo, respondió Tomas, que puedes hacer tu gusto, ó ya en irte á tu romería, ó ya en comprar el asno, y hacerte aguador como tienes determinado.

—En lo de ser aguador me afirmo, respondió Lope, y durmamos lo poco que queda hasta venir el dia, que tengo esta cabeza mayor que una cuba, y no estoy para ponerme ahora á departir contigo.

Durmiéronse, vino el dia, levantáronse, y acudió Tomas á dar cebada, y Lope se fué al mercado de las bestias, que es allí junto, á comprar un asno que fuese tal como bueno.

Sucedió pues que Tomas, llevado de sus pensamientos, y de la comodidad que le daba la soledad de las fiestas, habia compuesto en algunas unos versos amorosos, y escrítolos en el mismo libro do tenia la cuenta de la cebada, con intencion de sacarlos aparte en limpio, y romper ó borrar aquellas hojas; pero ántes que esto hiciese, estando él fuera de casa, habiéndose dejado el libro sobre el cajon de la cebada, le tomó su amo, y abriéndole para ver cómo estaba la cuenta, dió con los versos, que leidos le turbaron y sobresaltaron.

Fuése con ellos á su mujer, y ántes que se los leyese, llamó á Costanza, y con grandes encarecimientos mezclados con amenazas, le dijo le dijese si Tomas Pedro el mozo de la cebada le habia dicho algun requiebro, ó alguna palabra descompuesta ó que diese indicio de tenerla aficion. Costanza juró que la primera palabra en aquella ó en otra materia alguna estaba aun por hablarla, y que jamas ni aun con los ojos le habia dado muestras de pensamiento malo alguno.

Creyéronla sus amos por estar acostumbrados á oirla siempre decir verdad en todo cuanto le preguntaban. Dijéronla que se fuese de allí, y el huésped dijo á su mujer:

—No sé qué me diga desto; habréis de saber, señora, que Tomas tiene escritas en este libro de la cebada unas coplas, que me ponen mala espina que está enamorado de Costancica.

—Veamos las coplas, respondió la mujer, que yo os diré lo que en eso debe de haber.