Aquí dió fin á su razonamiento la lastimada peregrina, y principio á un copioso llanto, que en parte fué consolado por las muchas y buenas razones que mi mujer, ya vuelta en mas acuerdo, le dijo: finalmente, yo salí luego á buscar donde llevar lo que pariese á cualquier hora que fuese; y entre las doce y la una de aquella misma noche, cuando toda la gente de casa estaba entregada al sueño, la buena señora parió una niña, la mas hermosa que mis ojos hasta entónces habian visto, que es esta misma que vuesa merced acaba de ver ahora: ni la madre se quejó en el parto, ni la hija nació llorando: en todos habia sosiego y silencio maravilloso, y tal, cual convenia para el secreto de aquel estraño caso. Otros seis dias estuvo en la cama, y en todos ellos venia el médico á visitarla; pero no porque ella le hubiese declarado de qué procedia su mal; y las medicinas que le ordenaba, nunca las puso en ejecucion, porque solo pretendió engañar á sus criados con la visita del médico. Todo esto me dijo ella misma despues que se vió fuera de peligro, y á los ocho dias se levantó con el mismo bulto, ó con otro que se parecia á aquel con que se habia echado.

Fué á su romería, y volvió de allí á veinte dias ya casi sana, porque poco á poco se iba quitando del artificio, con que despues de parida se mostraba hidrópica. Cuando volvió estaba ya la niña dada á criar por mi órden con nombre de mi sobrina, en una aldea dos leguas de aquí: en el bautismo se le puso por nombre Costanza, que así lo dejó ordenado su madre, la cual contenta de lo que yo habia hecho, al tiempo de despedirse me dió una cadena de oro que hasta ahora tengo, de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que traeria la persona que por la niña viniese: tambien cortó un blanco pergamino á vueltas y á ondas, á la traza y manera como cuando se enclavijan las manos, y en los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se puede leer, y despues de apartadas las manos queda dividida la razon, porque se dividen las letras, que en volviendo á enclavijar los dedos se juntan y corresponden de manera que se pueden leer continuadamente: digo que el un pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán, y divididos no es posible, si no es adivinando la mitad del pergamino; y casi toda la cadena quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora; puesto que ella me dijo que dentro de dos años enviaria por su hija, encargándome que la criase no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una labradora. Encargóme tambien que si por algun suceso no le fuese posible enviar tan presto por su hija, que aunque creciese y llegase á tener entendimiento, no la dijese del modo que habia nacido; y que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que lo guardaba para otra ocasion mas importante. En resolucion, dándome otros cuatrocientos escudos de oro, y abrazando á mi mujer con tiernas lágrimas, se partió, dejándonos admirados de su discrecion, valor, hermosura y recato. Costanza se crió en el aldea dos años, y luego la truje conmigo, y siempre la he traido en hábito de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y cuatro dias ha que aguardo á quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me ha consumido la esperanza de ver esta venida, y si en este año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla, y darle toda mi hacienda, que vale mas de seis mil ducados, Dios sea bendito.

Resta ahora, señor corregidor, decir á vuesa merced, si es posible que yo sepa decir las bondades y las virtudes de Costancica. Ella, lo primero y principal es devotísima de Nuestra Señora: confiesa y comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en Toledo; canta á la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien la iguale, pues en lo que toca á ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto. El señor D. Pedro, hijo de vuesa merced, en su vida la ha hablado; bien es verdad que de cuando en cuando le da alguna música, que ella jamas escucha. Muchos señores, y de título, han posado en esta posada, y aposta por hartarse de verla han detenido su camino muchos dias; pero yo sé bien que no habrá ninguno que con verdad se pueda alabar que ella le haya dado lugar de decirle una palabra sola, ni acompañada. Esta es, señor, la verdadera historia de la ilustre Fregona, que no friega, en la cual no he salido de la verdad un punto.

Calló el huésped, y tardó un gran rato el corregidor en hablarle: tan suspenso le tenia el suceso que el huésped le habia contado; en fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que queria verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como le habia dicho: la cadena era de trozos, curiosamente labrada: en el pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que habia de henchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. Por las cuales letras vió ser forzoso que se juntasen con las de la mitad del otro pergamino, para poder ser entendidas. Tuvo por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica á la señora peregrina, que tal cadena habia dejado al huésped; y teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada á la hermosa muchacha, cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entónces se contentó de llevar solo el pergamino, encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el que por ella venia, ántes que le mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la Ilustre Fregona, como de su incomparable hermosura.

Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el corregidor, y el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomas fuera de sí, combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamas con ninguno de su gusto; pero cuando vió que el corregidor se iba y que Costanza se quedaba, respiró su espíritu, volviéronle los pulsos, que ya casi desamparado le tenian: no osó preguntar al huésped lo que el corregidor queria, ni el huésped lo dijo á nadie, sino á su mujer, con que ella tambien volvió en sí, dando gracias á Dios, que de tan grande sobresalto la habia librado.

El dia siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro hombres de á caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias, habiendo primero preguntado uno de los mozos que á pié con ellos venian si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro, y fueron á apear los dos ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza á ver los nuevos huéspedes; y apénas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo al otro:

—Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos á buscar.

Tomas, que acudió á dar recado á las cabalgaduras, conoció luego á dos criados de su padre, y luego conoció á su padre y al padre de Carriazo, que eran los dos ancianos á quien los demas respetaban; y aunque se admiró de su venida, consideró que debian de ir á buscar á él y á Carriazo á las almadrabas, que no habria faltado quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flándes, los hallarian; pero no se atrevió á dejarse conocer en aquel traje, ántes, aventurándolo todo, puesta la mano en el rostro pasó por delante dellos, y fué á buscar á Costanza, y quiso la buena suerte que la hallase sola, y apriesa y con lengua turbada, temeroso que ella no le daria lugar para decirle nada, le dijo:

—Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar D. Juan de Avendaño; infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama D. Tomas de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando que te he dicho verdad en cuanto á la calidad de mi persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate adios, que hasta que ellos se vayan no pienso volver á esta casa.

No le respondió nada Costanza, ni él aguardó á que le respondiese, sino volviéndose á salir cubierto como habia entrado, se fué á dar cuenta á Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped á Tomas que viniese á dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte á una de las dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habian visto, y que si era hija ó parienta del huésped ó huéspeda de casa. La gallega le respondió: