—Huésped, esta no es joya para estar en el bajo engaste de un meson; desde aquí digo que mi hijo Periquito es discreto, pues tan bien ha sabido emplear sus pensamientos: digo, doncella, que no solamente os pueden y deben llamar ilustre, sino ilustrísima; pero estos títulos no habian de caer sobre el nombre de Fregona, sino sobre el de una duquesa.

—No es fregona, señor, dijo el huésped; que no sirve de otra cosa en casa que de traer las llaves de la plata, que por la bondad de Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes honrados que á esta posada vienen.

—Con todo eso, dijo el corregidor, digo, huésped, que ni es decente ni conviene que esta doncella esté en un meson: ¿es parienta vuestra, por ventura?

—Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa merced gustare de saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced cosas que juntamente con darle gusto le admiren.

—Sí gustaré, dijo el corregidor, y sálgase Costancica allá fuera, y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera prometerse, que su mucha honestidad y hermosura obligan á que todos los que la vieren se ofrezcan á su servicio.

No respondió palabra Costanza, sino con mucha mesura hizo una profunda reverencia al corregidor, y salióse de la sala, y halló á su ama desalada esperándola para saber della qué era lo que el corregidor la queria. Ella le contó lo que habia pasado, y cómo su señor quedaba con él para contalle no sé qué cosas que no queria que ella las oyese. No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo rezando hasta que se fué el corregidor, y vió salir libre á su marido, el cual en tanto que estuvo con el corregidor, le dijo:

—Hoy hacen, señor, segun mi cuenta quince años, un mes y cuatro dias que llegó á esta posada una señora en hábito de peregrina, en una litera, acompañada de cuatro criados de á caballo y de dos dueñas y una doncella, que en un coche venian: traia asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina: finalmente, el aparato era principal, y la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad mostraba ser de cuarenta ó pocos mas años, no por eso dejaba de parecer hermosa en todo estremo: venia enferma y descolorida, y tan fatigada, que mandó que luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Preguntáronme cuál era el médico de mas fama desta ciudad. Díjeles que el doctor de la Fuente. Fueron luego por él, y él vino luego: comunicó á solas con él su enfermedad; y lo que de su plática resultó fué que mandó el médico que se le hiciese la cama en otra parte, y en lugar donde no le diesen ningun ruido. Al momento la mudaron á otro aposento, que está aquí arriba apartado y con la comodidad que el doctor pedia. Ninguno de los criados entraba donde su señora, y solas las dos dueñas y la doncella la servian. Yo y mi mujer preguntamos á los criados quién era la tal señora y cómo se llamaba, y de dónde venia y dónde iba, si era casada, viuda ó doncella, y por qué causa se vestia aquel hábito de peregrina. Á todas estas preguntas que les hicimos una y muchas veces, no hubo alguno que nos respondiese otra cosa, sino que aquella peregrina era una señora principal y rica de Castilla la Vieja, y que no tenia hijos que la heredasen; y que porque habia algunos meses que estaba enferma de hidropesía, habia ofrecido de ir á Nuestra Señora de Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel hábito. En cuanto á decir su nombre, traian órden de no llamarla sino la señora peregrina. Esto supimos por entónces; pero á cabo de tres dias que por enferma la señora peregrina se estaba en casa, una de las dueñas nos llamó á mí y á mi mujer de su parte: fuimos á ver lo que queria, y á puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas en los ojos nos dijo creo que estas mismas razones:

—Señores mios, los cielos me son testigos que sin culpa mia me hallo en el riguroso trance que ahora os diré; yo estoy preñada, y tan cerca del parto, que ya los dolores me van apretando: ninguno de los criados que vienen conmigo saben mi necesidad y desgracia: á estas mis mujeres, ni he podido, ni he querido encubrírselo: por huir de los maliciosos ojos de mi tierra, y porque esta hora no me tomase en ella, hice voto de ir á Nuestra Señora de Guadalupe: ella debe de haber sido servida que en esta vuestra casa me tome el parto: á vosotros está ahora el remediarme y acudirme con el secreto que merece la que su honra pone en vuestras manos: la paga de la merced que me hiciéredes, que así quiero llamarla, si no respondiere al gran beneficio que espero, responderá á lo ménos á dar muestra de una voluntad muy agradecida, y quiero que comiencen á dar muestras de mi voluntad estos doscientos escudos de oro que van en este bolsillo.

Y sacando debajo de la almohada de la cama un bolsillo de aguja de oro y verde, se le puso en las manos de mi mujer, la cual como simple, y sin mirar lo que hacia, porque estaba suspensa y colgada de la peregrina, tomó el bolsillo sin responderle palabra de agradecimiento ni de comedimiento alguno: yo me acuerdo que le dije que no era menester nada de aquello, que no éramos personas que por interes mas que por caridad nos movíamos á hacer bien cuando se ofrecia. Ella prosiguió diciendo:

—Es menester, amigos, que busqueis donde llevar lo que pariere luego luego, buscando tambien mentiras que decir á quien lo entregáredes, que por ahora será en la ciudad, y despues quiero que se lleve á una aldea: de lo que despues se hubiere de hacer, siendo Dios servido de alumbrarme y de llevarme á cumplir mi voto, cuando de Guadalupe vuelva, lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga: partera no la he menester ni la quiero, que otros partos mas honrados que he tenido, me aseguran que con sola la ayuda destas mis criadas facilitaré sus dificultades, y ahorraré un testigo mas de mis sucesos.