—¿Por qué dice eso la señora huéspeda? dijo el caballero.

—No lo digo por nada, señor, respondió la mesonera, solo digo que vuesa merced no se apee, porque no tengo cama que darle, que dos que tenia las ha tomado un caballero que está en aquel aposento, y me las ha pagado entrambas, aunque no habia menester mas de la una sola, porque nadie le entre en el aposento, y es que debe de gustar de la soledad; y en Dios y en mi ánima que no sé yo por qué, que no tiene él cara ni disposicion para esconderse, sino para que todo el mundo le vea y le bendiga.

—¿Tan lindo es, señora huéspeda? replicó el caballero.

—Y ¡cómo si es lindo! dijo ella, y aun mas que relindo.

—Ten aquí, mozo, dijo á esta razon el caballero, que aunque duerma en el suelo, tengo de ver hombre tan alabado.

Y dando el estribo á un mozo de mulas que con él venia, se apeó, y hizo que le diesen luego de cenar, y así fué hecho. Y estando cenando, entró un alguacil del pueblo (como de ordinario en los lugares pequeños se usa), y sentóse á conversacion con el caballero en tanto que cenaba, y no dejó entre razon y razon de echar abajo tres cubiletes de vino, y de roer una pechuga y una cadera de perdiz que le dió el caballero, y todo se lo pagó el alguacil con preguntarle nuevas de la corte, y de las guerras de Flándes y bajada del turco, no olvidándose de los sucesos del transilvano, que nuestro Señor guarde.

El caballero cenaba y callaba, porque no venia de parte que le pudiese satisfacer á sus preguntas. Ya en esto habia acabado el mesonero de dar recado al cuartago, y sentóse á hacer tercio en la conversacion, y á probar de su mismo vino no ménos tragos que el alguacil; y á cada trago que envasaba, volvia y derribaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, y alababa el vino, que le ponia en las nubes, aunque no se atrevia á dejarle mucho en ellas, porque no se aguase. De lance en lance volvieron á las alabanzas del huésped encerrado, y contaron de su desmayo y encerramiento, y de que no habia querido cenar cosa alguna: ponderaron el aparato de las bolsas, y la bondad del cuartago y del vestido vistoso que de camino traia: todo lo cual requeria no venir sin mozo que le sirviese. Todas estas exageraciones pusieron nuevo deseo de verle, y rogó al mesonero hiciese de modo como él entrase á dormir en la otra cama, y le daria un escudo de oro; y puesto que la codicia del dinero acabó con la voluntad del mesonero de dársela, halló ser imposible á causa que estaba cerrado por de dentro, y no se atrevia á despertar al que dentro dormia, y que tan bien tenia pagados los dos lechos. Todo lo cual facilitó el alguacil, diciendo:

—Lo que se podrá hacer, es que yo llamaré á la puerta, diciendo que soy la justicia, que por mandado del señor alcalde traigo á aposentar á este caballero á este meson, y que no habiendo otra cama, se le manda dar aquella: á lo cual ha de replicar el huésped que se le hace agravio, porque ya está alquilada, y no es razon quitarla al que la tiene: con esto quedará el mesonero disculpado, y vuesa merced conseguirá su intento.

Á todos les pareció bien la traza del alguacil, y por ella le dió el deseoso cuatro reales.

Púsose luego por obra: y en resolucion, mostrando gran sentimiento el primer huésped abrió á la justicia, y el segundo pidiéndole perdon del agravio que al parecer se le habia hecho, se fué á acostar en el lecho desocupado; pero ni el otro le respondió palabra, ni ménos se dejó ver el rostro, porque apénas hubo abierto, cuando se fué á su cama, y vuelta la cara á la pared, por no responder hizo que dormia. El otro se acostó, esperando cumplir por la mañana su deseo, cuando se levantasen.