Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del cual se volvieron á Búrgos D. Diego de Carriazo y su mujer, su padre y Costanza con su marido D. Tomas, y el hijo del corregidor, que quiso ir á ver á su parienta y esposa. Quedó el Sevillano rico con los mil escudos, y con muchas joyas que Costanza dió á su señora, que siempre con este nombre llamaba á la que la habia criado. Dió ocasion la historia de la Fregona ilustre, á que los poetas del dorado Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza, la cual aun vive en compañía de su buen mozo de meson; y Carriazo ni mas ni ménos, con tres hijos, que sin tomar el estilo del padre, ni acordarse si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca y su padre apénas ve algun asno de aguador, cuando se le representa y viene á la memoria el que tuvo en Toledo, y teme que cuando ménos se cate ha de remanecer en alguna sátira el daca la cola, asturiano; asturiano, daca la cola.


LAS DOS DONCELLAS.


Cinco leguas de la ciudad de Sevilla está un lugar que se llama Castilblanco, y en uno de muchos mesones que tiene, á la hora que anochecia entró un caminante sobre un hermoso cuartago estranjero: no traia criado alguno, y sin esperar que le tuviesen el estribo, se arrojó de la silla con gran lijereza.

Acudió luego el huésped (que era hombre diligente y de recato), mas no fué tan presto que no estuviese ya el caminante sentado en un poyo que en el portal habia, desabrochándose muy apriesa los botones del pecho, y luego dejó caer los brazos á una y á otra parte, dando manifiesto indicio de desmayarse. La huéspeda, que era caritativa, se llegó á él, y rociándole con agua el rostro, le hizo volver en su acuerdo; y él dando muestras que le habia pesado de que así le hubiesen visto, se volvió á abrochar, pidiendo que le diesen luego un aposento donde se recogiese, y que si fuese posible, fuese solo.

Díjole la huéspeda que no habia mas de una en toda la casa, y que tenia dos camas, y que era forzoso si algun huésped acudiese, acomodarle en la una. Á lo cual respondió el caminante que él pagaria los dos lechos, viniese ó no huésped alguno; y sacando un escudo de oro, se le dió á la huéspeda con condicion que á nadie diese el lecho vacío.

No se descontentó la huéspeda de la paga, ántes se ofreció de hacer lo que le pedia, aunque el mismo dean de Sevilla llegase aquella noche á su casa. Preguntóle si queria cenar, y respondió que no; mas que solo queria que se tuviese gran cuidado con su cuartago: pidió la llave del aposento, y llevando consigo unas bolsas grandes de cuero, se entró en él y cerró tras sí la puerta con llave, y aun á lo que despues pareció arrimó á ella dos sillas.

Apénas se hubo encerrado, cuando se juntaron á consejo el huésped, y el mozo que daba la cebada, y otros dos vecinos que acaso allí se hallaron, y todos trataron de la grande hermosura y gallarda disposicion del nuevo huésped, concluyendo que jamas tal belleza habian visto: tanteáronle la edad, y se resolvieron que tendria de diez y seis á diez y siete años; fueron y vinieron, y dieron y tomaron, como suele decirse, sobre qué podia haber sido la causa del desmayo que le dió; pero como no la alcanzaron, quedáronse con la admiracion de su gentileza. Fuéronse los vecinos á sus casas, y el huésped á pensar el cuartago, y la huéspeda á aderezar algo de cenar por si otros huéspedes viniesen. Y no tardó mucho cuando entró otro de poca mas edad que el primero, y no de ménos gallardía; y apénas le hubo oido la huéspeda, cuando dijo:

—¡Válame Dios, y qué es esto! ¿vienen por ventura esta noche á posar ángeles á mi casa?