Lo cual oido por D. Rafael, determinó pasar adelante; y no anduvieron mucho, cuando dieron en los atados, que pasaban de cuarenta, que los estaba desatando el que dejaron suelto. Era estraño espectáculo el verlos: unos desnudos del todo: otros vestidos con los vestidos astrosos de los bandoleros: unos llorando de verse robados, otros riendo de ver los estraños trajes de los otros: este contaba por menudo lo que le llevaban: aquel decia que le pesaba mas de una caja de agnus que de Roma traia, que de otras infinitas cosas que llevaba. En fin, todo cuanto allí pasaban eran llantos y gemidos de los miserables despojados. Todo lo cual miraban, no sin mucho dolor, los dos hermanos, dando gracias al cielo que de tan grande y tan cercano peligro los habia librado. Pero lo que mas compasion les puso, especialmente á Teodoro, fué ver al tronco de una encina atado un muchacho de edad, al parecer, de diez y seis años, con sola la camisa y unos calzones de lienzo; pero tan hermoso de rostro, que forzaba y movia á todos que le mirasen.
Apeóse Teodoro á desatarle, y él le agradeció con muy corteses razones el beneficio; y por hacérsele mayor, pidió á Calvete, el mozo de mulas, le prestase su capa hasta que en el primer lugar comprasen otra para aquel gentil mancebo. Dióla Calvete, y Teodoro cubrió con ella al mozo, preguntándole de dónde era, de dónde venia y adónde caminaba.
Á todo esto estaba presente D. Rafael, y el mozo respondió que era de Andalucía, y de un lugar, que en nombrándole, vieron que no distaba del suyo sino dos leguas: dijo que venia de Sevilla, y que su designio era pasar á Italia á probar ventura en el ejercicio de las armas, como otros muchos españoles acostumbraban; pero que la suerte suya habia salido azar con el mal encuentro de los bandoleros, que le llevaban una buena cantidad de dineros, y tales vestidos, que no se compraran tan buenos con trecientos escudos; pero que con todo eso pensaba proseguir su camino, porque no venia de casta que se le habia de helar al primer mal suceso el calor de su fervoroso deseo.
Las buenas razones del mozo (junto con haber oido que era tan cerca de su lugar, y mas con la carta de recomendacion que en su hermosura traia) pusieron voluntad en los dos hermanos de favorecerle en cuanto pudiesen, y repartiendo entre los que mas necesidad á su parecer tenian, algunos dineros, especialmente entre frailes y clérigos, que habia mas de ocho, hicieron que subiese el mancebo en la mula de Calvete, y sin detenerse mas, en poco espacio se pusieron en Igualada, donde supieron que las galeras, el dia ántes, habian llegado á Barcelona, y que de allí á dos dias se partirian, si ántes no les forzaba la poca seguridad de la playa.
Estas nuevas hicieron que la mañana siguiente madrugasen ántes que el sol, puesto que aquella noche no la durmieron toda, sino con mas sobresalto de los hermanos que ellos se pensaron, causado de que estando á la mesa, y con ellos el mancebo que habian desatado, Teodoro puso ahincadamente los ojos en su rostro, y mirándole algo curiosamente, le pareció que tenia las orejas horadadas, y en esto y en un mirar vergonzoso que tenia, sospechó que debia de ser mujer, y deseaba acabar de cenar para certificarse á solas de su sospecha; y entre la cena le preguntó D. Rafael que cúyo hijo era, porque él conocia toda la gente principal de su lugar, si era aquel que habia dicho. Á lo cual respondió el mancebo que era hijo de D. Enrique de Cárdenas, caballero bien conocido. Á esto dijo D. Rafael que él conocia bien á D. Enrique de Cárdenas; pero que sabia y tenia por cierto que no tenia hijo alguno; mas que si lo habia dicho por no descubrir sus padres, que no importaba, y que nunca mas se lo preguntaria.
—Verdad es, replicó el mozo, que D. Enrique no tiene hijos; pero tiénelos un hermano suyo, que se llama don Sancho.
—Ese tampoco, respondió D. Rafael, tiene hijos, sino una hija sola, y aun dicen que es de las mas hermosas doncellas que hay en la Andalucía, y esto no lo sé mas de por fama; que aunque muchas veces he estado en su lugar, jamas la he visto.
—Todo lo que, señor, decís es verdad, respondió el mancebo, que D. Sancho no tiene mas de una hija, pero no tan hermosa como su fama dice; y si yo dije que era hijo de D. Enrique, fué porque me tuviésedes, señores, en algo, pues no lo soy sino de un mayordomo de D. Sancho, que ha muchos años que le sirve, y yo nací en su casa, y por cierto enojo que di á mi padre, habiéndole tomado buena cantidad de dineros, quise venirme á Italia, como os he dicho, y seguir el camino de la guerra, por quien vienen, segun he visto, á hacerse ilustres aun los de oscuro linaje.
Todas estas razones y el modo con que las decia, notaba atentamente Teodoro, y siempre se iba confirmando en su sospecha.
Acabóse la cena, alzáronse los manteles, y en tanto que D. Rafael se desnudaba, habiéndole dicho lo que del mancebo sospechaba, con su parecer y licencia se apartó con el mancebo á un balcon de una ancha ventana que á la calle salia, y en él puestos los dos de pechos, Teodoro así comenzó á hablar con el mozo.